Sabina, ese gran poeta que canta su propia poesía

Y la mejora. No somos siquiera amigos, porque nos conocemos poco. Pero él sabe que yo soy uno de los seguidores de casi toda su vida, porque cuando él vino al mundo, aunque pudo caer del cielo, o quizá del purgatorio, yo ya tenía quince años más que él y ya sabía quiénes eran, por ejemplo, Federico García Lorca, Luis de Góngora y Argote, don Francisco de Quevedo y Villegas, los versos del capitán de don Pablo Neruda, y desde luego, San Juan de la Cruz, casi paisano suyo y gran poeta místico como es él, Sabina, lo que pasa es que su mística parece distinta siendo la misma.

Porque él es también, y sobre todo, un poeta del amor. Porque en su derredor se mueven las palabras, las hermosas, en ocasiones tristes, desoladoras palabras del amor. Así que alegría grande al saber que de pronto, de entre la oscuridad de la vida, emerge el raro resplandor de este orfebre del barro de la vida que se llama don Joaquín Ramón Matías Sabina, nacido en una de las más hermosas ciudades del planeta tierra que es Úbeda, donde los cerros.

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Úbeda, tan cerca de Granada, que es la mía, Úbeda de los hermanos Titos que me hicieron una cuervera con mi nombre para beber los vinos fuertes de los montes, la rica carne del lagarto del cercano pueblo de Jódar, con acento en la o, a la vera de Baeza, donde vivió aquel maestro con los hombros cubiertos con caspa de luna, don Antonio Machado, uno de los poetas más grandes de la cristiandad…

Como lo es este flaco, cargado de hombros, hermosamente feo, o quizá feamente bello, que ha vuelto a salir a la superficie de mundo en el que vivimos. A veces se le parte el corazón, a ratos se va de esta geografía, pero lo cierto es que Sabina se puede considerar, aunque él se parta de risa cuando lea esto, que lo va a leer, porque yo me voy a encargar que se lo lleve la paloma torcaz de este blog de cada hora, este mensaje en la botella de náufrago, que es lo que soy, el help nuestro de cada día, dánosle hoy.

Hoy es para el maestro Sabina ¡que ha resucitado! ¡Y cómo! ¿Será tal vez por los sesenta y seis que va a cumplir estos días, ya mismo? ¿Será porque acaba de dar a luz, acaba de dar a sombra, un libro genial en todos los aspectos? Porque se llama, creo, Garagatos, o algo así, y lo importante es que podría ser instalado en esa plaza que hay delante del parador nacional de Úbeda, delante de esa catedral, en ese aire sólo habitado por los zorzales de los olivos que cercan ese sitio para quedarse hasta el fin de la vida.

Sabina, poeta inmenso, trabajado en el surco y la distancia, pero no quiero escribir por Sabina, que es una forma de contar, de cantar, de vivir, de sobrevivir incluso.

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El libro, que está saliendo ya, es un disparate y una gloria al mismo tiempo. Resulta que ya llevaba el tío Sabina digamos que cerca de trescientas canciones, que son trescientos poemas, tan para ser leídos como para ser cantados, desde esa voz suya que tiene una mezcla del aguardiente de rute, o de la voz de Paco Toronjo, con César Vallejo, que tanto, encandila a este último juglar, que siempre enamora a las princesas, y a las que pescan en barca…

Grande este Sabina, con el que un día me retraté en Granada, y que como atesoró el momento, he contado ya mil veces, y con esta van mil uno. Un día, él no lo sabe, le vi cantando en México con su bombín chapliniano, su levita zarzuelera, sus zapatos con espuelas invisibles, alguna tumbaga en la mano, gitanito flaco, fascinador de marquesas, etc.

Que si un día el corazón, claro, de tanto usarlo. Que si otro día la cabeza, siempre hirviendo como un puchero gitano, que si aquella noche que se le fue la mano y el cuerpo entero… y la voz, cuanto menos voz, más verso. En aquella cueva, del viejo Madrid, había un verso de Vallejo en la pared que avisaba:

– Moriré en París, con aguacero.

Un jueves que ya tengo en la memoria…

Y cumplió su palabra. Acertó. ¿Para cuándo, viejo amigo, sin abrazos, ese libro con todo los poemas dentro? Los tuyos, digo. Yo me puse muy triste y muy contento a la vez cuando me enteré de que te habías hecho de una casa. Miguel Ríos, el otro, te había ayudado a encontrarla, cerca de la suya, en el lugar donde Falla, don Manuel, enterrado en Cádiz, escribió lo mejor de su historia con su mesilla de noche llena de medicinas y su túnica de boticario, genio genial sin duda.

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Como usted, maestro. Creo que al final no hubo ciprés para usted, ni alberca con jazmines recién cortados. Nacido en el sesenta y seis, ayer como quien dice, ubérrimo ubedense, con la bendición del idioma que todo lo admite… Un día leí aquel libro, Sabina en carne viva, que yo había escrito otro antes con el mismo título, pero sobre Lola Flores, Sabina en su casa del viejo Madrid, entre libros antiguos, coleccionista de libros, lector infatigable, pintor, estilo Sabina, barroco, capillas del estilo andaluz, taracea de madera de olivo, “delicada salud de hierro”…

Maestro Joaquín, nombre antiguo, bíblico Sabina… en fin, me callo que se me van los tiros. Cuando te necesito leo la letra de sus canciones, al mismo tiempo que muerdo la breva dura y roja de ese nuevo Miguel Hernández que es usted, don Joaquín, que tanto me ayuda sintiéndolo… Y lo que usted dice en aquel poema suyo. Joaquín Sabina, paisano, en carne viva, en hueso entero, Sabina punto y seguido.

Por cierto, JS, ¿se puede comprar tu libro, que vale más de 2000 euros, a plazos en algún sitio?

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