Muñecos de nieve

Cae la nieve, esta noche no vendrá…

Me la cantó Manzanero, don Armando, en aquel avión que nos trasladaba desde Perú hasta México, donde los dos vivíamos. En la primera clase de aquel Iberia, el músico bebía pisco, la bebida oficial de su país, y al mismo tiempo escribía, estaba creando. No obstante, tuvo tiempo. Yo estaba en Televisión Española haciendo Trescientos Millones, y él vivía en una casa con zócalo en el barrio de San Ángel. Y me cantó el triste bolero del amor.

Sin embargo, mientras cae la nieve, generalmente, si es que estás bien cubierto y bajo techo, el sentimiento además de melancólico, es positivo. Amable. La nieve cae y no se la siente. No tiene un sonido determinado. A mí, personalmente, me gusta verla. Otra cosa es disfrutarla, que nunca usé unos esquíes, aunque nací a la sombra -o mejor dicho a la luz- de Sierra Nevada. Y en mi pueblo, cuando nevaba, decían los campesinos el viejo refrán aunque la tierra fuera, entonces, de otros: “Año de nieves, año de bienes”.

nieve2

Así que esta noche abrí la ventana y miré a lo alto. Azul. Frío. Estaba helando. Sin embargo abajo, en el pequeño jardín comunal, había nieve. Nieve no pisada, que es la más bella, con tiempo para “cuajar”. Ni una huella de pájaro siquiera. Eso que se llama inmaculada. Así que como no me dormía, me hice con el lápiz, Johann Faber Sindel, que siempre usé en mi niñez de pupitre y sobre la vuelta de un papel, en un folio casi tan blanco como la nieve, escribí: “La nieve y yo. Escribiré de la nieve, que mañana Dios y la actualidad dirán”

He vivido muchas nieves. Como aquellas primeras de mi pueblo cuando los chuzos de cristal espejeaban colgando de los tejados. Pero aquellos niños andaluces no hacían muñecos de nieve. No. En Granada hice alguno que otro, pero en mi terraza, al fondo la Alhambra, blanca de nieve. Única. Incluso, creo que apunté, escribí algún nombre de niña en la nieve de mi torre. Una historia de amor de chiquillo anotada en un folio de la naturaleza.

La nieve de aquel largo día en la Alta Saboya, con los herederos de la casa del Rey de Italia. Una nieve de vestirse mucho, con grandes trajes, abrigos hermosos, chimeneas prodigiosas, decorativa nieve de la Suiza alta.

Ahora cuando hay nieve cerca de Madrid vienen mis nietos, los hijos de dos de mis hijos, y suben al trastero donde están los esquíes que un día echaron los Reyes Magos y la ropa gorda. Todos los años les pido lo mismo: “A ver niños si tenéis la suerte de encontrar el jersey de lana aquel que me traje de Finlandia cuando fui a unas maniobras del frío en la frontera con Rusia. Es de cuello alto, de cordero puro, áspero, pero bueno”. No lo encontramos. Pero recuerdo siempre aquellas maniobras militares, vestidos de blanco, en las que llegábamos hasta San Petesburgo, que entonces se llamaba Leningrado. Preciosas, precisas, bellas. Como aquella ermita en la nieve del arquitecto de la nieve. El río de nieve en el que se suicidó por amor el escritor y diplomático Ganivet.

En el folio, escrito a mano esa misma noche, con la actualidad de la nieve, -“la tele incluso da frío” – dice, lo recojo con fidelidad, -“cuando hay sol sobre el paisaje”-.

Nieve1

La nieve de los Andes, tantas veces trepados para contar historias, como la de aquellos chilenos que se comieron unos a otros, lo que les marcó para siempre. La nieve de Groenlandia, con los pescadores de salmón, hijo de las nieves hechas aguas en los ríos que no cesan. La perdiz blanca que tenía en su colección de pájaros disecados el Duque de Arión. Bella de verdad. La nieve de los Alpes, que siendo la misma, es distinta.

La nieve hecha agua que sale por los caños del balneario de Lanjarón, en la Alpujarra alta. La nieve en los libros de Lobsang Rampa, que engañó a medio mundo diciendo que era un lama del Tíbet y se demostró más tarde que era un fontanero inglés que había leído mucho sobre el Alto Nepal. Tanto me gustó que pedí permiso para subir hasta la capital del Tíbet, allá a lo alto, pero los chinos de entonces no me lo dieron. Conocí y entrevisté al pequeño lama de la Alpujarra granadina, que fue elegido desde lejos y que llegó a ser noticia mundial. Últimamente ha sido visto en California, claro, donde vive el sol, en una moto grande como la de Rocky Balboa.

La nieve, a la que llaman nieve pero que es la nieve que mata, la otra, la nieve de la planta sagrada de los incas: la cocaína maldita. Un día me dieron en Bolivia té de la planta coca, buena para masticar y sobrevivir. Fue en el mejor hotel de La Paz, donde además, con la llave de la habitación, te dan una botella, pero de oxígeno para que respires mejor: “Que sepa, señor, que se lo dimos también a sus reyes, Juan Carlos y Sofía, cuando vinieron en visita oficial a nuestro país”. Claro, para aguantar los más de dos mil metros de altura. Era la otra nieve, ya saben. En la serie de Pablo Escobar de Caracol, que estoy viendo estos días por Movistar, hay mucha nieve, pero de la que mata.

Y aquel poeta de la nieve, que conocí en la mina del cobre de Chile. Escribía versos de la nieve en la boca de la mina de la plata.

La nieve nueva. El oso de la nieve disecado que tenía aquel viejo cazador español en la puerta de su casa de campo. Era dos veces más grandes de pie y, si no te avisaban, te daba miedo verlo. Solo le faltaba rugir. Los grandes osos que uno ha visto en las nieves de Canadá. La nieve atravesando la madre Rusia, en el transiberiano. Inolvidable. Lo conté en su tiempo. Aquella margarita blanca, la flor de la nieve del Edelweiss, de lo más alto del Mulhacén y el Veleta. Nieves Herrero, que me ha llamado ayer, para decirme que va muy bien su última novela. No para.

nieve3

Las islas de nieve, montañas de hielo, que se desprenden de ese gran iceberg turístico chileno donde la nieve suena al desprenderse. Incluso la nieve falsa que hacíamos en nuestro Belén de niños, a base de bolitas de algodón en rama. La Virgencita de las Nieves, en escultura que un día llevó hasta lo más alto, el escultor López Burgos, y de la que me dio una maquetita que conservo entre mis libros, en mi biblioteca.

El gorro de piel de zorro rojo de aquel día que fui a Rusia para ver jugar al tenis a Samaranch, entonces jefe olímpico, con el premier soviético bajo el palio de plástico de un campo en el que no nevaba. Aquí está el gorro, en mi árbol de los sombreros del mundo, que si lo hueles aún huele a la estepa. La nieve tardía que cubría aquella colina turca donde decían que habían visto al último Yeti, el hombre de las nieves, el gigante oculto que solo comía fresas según la leyenda. Nunca lo encontramos, claro, pero fue una aventura estupenda, si bien también buscamos el Arca de Noé (lo que de ella quedara) sin encontrarla. Aquel cristo de las nieves de las altas montañas de Ecuador. El ciego que sabía que el jamón era bueno solo por el oído. El jamón estaba enterrado en nieve, que era por lo visto uno de los mejores secaderos naturales. Fue en Trevelez, el bello pueblo tan alto, y el ciego escuchaba el sonido del jamón, apretando las carnes, acariciándoles, como si fuera un Stradivarius…

Cuando entrevisté arriba de Helsinki al viejo vestido de Papá Noel, con su pequeño rebaño de renos arbolados y su garaje de trineos para alquilar a los niños que llegaban en peregrinación con los ojos muy abiertos. La barba blanca, claro, no era postiza. La nieve, que además de hermosa, hacía crecer los sabañones de las manos de aquellas mujeres rubias que vivían en donde se hacían los quesos más ricos de la tierra…

papanoel1

Y termino. Ha salido el sol  frío de la mañana. Ya se han ido los pájaros negros de mi balcón. Este año por lo que me dicen, va a subir el turrón, se han helado los almendros de mi pueblo. También en el paladar último los sabores de la nieve, los dulces de la abuela, la matanza del cerdo.

Y un  dato: ¿Saben ustedes lo que dijo Gabriel García Márquez cuando siendo reportero en París vio la nieve por vez primera? Dijo: “¡Mierda!”. Como dicen los cómicos cuando se desean suerte antes del estreno en el teatro. Y ¿quieren saber también lo que dijo Gabriel García Márquez cuando supo oficialmente que le habían dado el premio Nobel de literatura? Pues dijo lo mismo también. La misma palabra. Suelta, es más, me aseguró: “Da mucha suerte decirla”.

Y acabo. Sin embargo, no hay cosa más fea en el mundo, es como basura húmeda, que la nieve sucia, la nieve pisada durante mucho tiempo. La nieve barro, la otra nieve. También para ella tengo cuatro letras para decir que quizá la huella en la nieve que más me gustó fue aquella en la alta montaña de Palencia, la huella del lobo a saltos en la Penagueira. Con la trampa de hierro con la que se cazó al lobo asesino, tuerto, blanco como la nieve, me hice un pie de lámpara feroz, único. Por cierto, ¿dónde estará? Lo que sí recuerdo es que cantaban villancicos cuando lo atrapamos. Los villancicos, que no serían tales si no tuvieran blanca nieve de fondo. Esta es mi postal de hoy, llena como han podido comprobar de muñecos de nieve. Por cierto, si pueden vean la película Palmeras en la Nieve. El libro, sobre nuestra Guinea, me ha parecido admirable.

Deja un comentario

Tu correo electrónico no será publicado.

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer