Memoria del Holocausto

Yo no estuve bajo las duchas de gas mortal del Holocausto, que estos días está teniendo tan inmensa y dramática actualidad. Pueden cambiar los números, pero no  los procedimientos. Criminales enormes, más que dramáticos. Millones de seres humanos, niños, ancianos, por el solo el hecho de ser judíos, de religión, fueron asesinados en inmensas cámaras de la muerte en distintos puntos de la geografía europea gobernados por los nazis. Una inmensa, terrible, maldición de Hitler en la mitad del siglo pasado.

Con frecuencia y lógica, la fecha se actualiza. Lo hacen todos los medios de comunicación, casi todos, desde hace mucho tiempo. A veces, es necesario, por no decir casi siempre, recordar. Activarla y no olvidar. Este periodista no ha podido resistirse a escribir hoy sobre esta inmensa e inhumana tragedia, que sigue aún hoy a muchos años vista, conmoviendo, asustando, al mundo entero.

Es por eso que reivindicando que no solo en la vida hay más sonrisas que lágrimas, como en el título de aquella inolvidable película que habla de las dos caras de la moneda de la vida, o mejor dicho, la cara y cruz, aunque aquí sea la cara, y el candelabro de los siete brazos, la Torá, con acento en la a, aquella dolorosa estrella sobre fondo amarillo de varias puntas, que hoy se recuerda, se debe hacer y además, se conmemora.

Yo he visitado Auschwitz, claro que sí, y muchas más de aquellas naves de la muerte en la mitad de cualquier parte donde fueron sacrificados, inhumanamente, familias enteras por el solo hecho de ser judíos de religión. Una religión que hoy tiene una fuerza poderosa, espiritual. En todo el mundo y en todos los aspectos.

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Ni he tenido siquiera que repasar mis libretillas negras, que de una forma fiel, directa, con la mano más o menos temblorosa, han ido anotando lo vivido. Así que a una línea a veces me remito para contar algo que podría ser una película o un libro. Casi una biblioteca de dolor y amor, al mismo tiempo. Por ejemplo, dice aquí que aquel día que después de ver el Museo del Dolor, del Holocausto, en Jerusalén, y también del horror, anoté:  “Sobre todos los números, los nombres, las fechas, el zapato de un niño, abandonado, en soledad en aquella cámara oscura dentro de una vitrina con una luz cenital, de quirófano que venía desde lo alto. Lo demás, solo sombras”.

Aquel libro, Mein Kampf, ahora de máxima actualidad porque ha vuelto a reeditarse, que fue el evangelio, con perdón, de Adolf Hitler, el Führer implacable. Con el siguiente pie: “Está fabricado entero, desde sus pastas, hasta la última letra, con piel de judío”. O la lámpara, con la tulipa dorada en la misma materia trabajada. O…

Pero continuemos. Las veces que entrevisté a Simon Westerdal, el cazador de nazis, en distintos lugares de Europa de América. Ha muerto hace poco, pero su vida ha sido la del investigador, durísimo, de aquellos que quebraron en los quemaderos en las sombrías cámaras de la muerte a casi todo un pueblo sin piedad y misericordia.

La historia aquella colosal que un día publiqué es la que se demuestra que no hay “novela más grande que la vida misma”. Iba yo buscando los últimos nazis escondidos, que había muchos, por la España de entonces. En Benidorm, donde siempre residieron buscadores del sol mágico de esta costa, encontré a un hombre de biografía trepidante, que había sido ni más ni menos que el ilusionista de Hitler, a quien le gustaba mucho leer el lenguaje de las estrellas. Es más, titulé en Pueblo de entonces: El único hombre que hacía mirar al cielo al asesino. Él fue quién me contó la enorme aventura del que de una forma directa había sido testigo:

Una muchacha alemana, bella y aún joven, se enamora de un capitán de las juventudes del III Reich. Más aun de los camisas negras, aquellos sobre -llevaban en el frente de la gorra militar una calavera de sello- los que de una forma directa, las SS en su mayoría, dirigían las operaciones de “limpieza de sangre” desde Polonia. Los dos vivían en Benidorm, alemanes los dos, después de la segunda Guerra Mundial lo que podía llamarse los flecos de la derrota, a su manera. Sin grandes alardes. Se conocieron en la playa de entonces, que de alguna manera llegué a conocer y a contar, siempre buscador de historias, esa virtud o pecado, del que no reniego. Vivirlas, y después escribirlas, o contarlas, para los demás.

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La pareja pronto intimidó a fondo, hasta el corazón mismo, si es que en el corazón está el amor. Decidieron por fin, después de unos días de respirar juntos, conocerse del todo, hasta el fondo. Y aquella noche de luna de verano, se encontraron por fin en aquella habitación del hotel del que no voy a dar su nombre, pero que aún existe, al pie del Mediterráneo.

Termino, que aún me queda mucha tela que contar, ¡a ver si no!

Cerraron aquella puerta, que aún tiene además de un número, un nombre: la de los alemanes. Sin embargo, es un nombre que no dice casi nada pero que esconde una verdad dramática, trágica, increíble. A la mañana siguiente, del primer día que se amaron, aparecieron juntos los cadáveres de los dos amantes. Los dos como su madre les parió. Desnudos. Y el uno al lado del otro. La mujer con un tiro en la cabeza, la sangre en la almohada y junto a ella, él, con otro disparo en el pecho, a la altura del corazón.

La historia es fácil de imaginar, aunque terrible, y sobre todo, cierta.

En la alta noche cálida, la ventana entreabierta, la cortina ligeramente ondulada por el viento marino, ella había descubierto que en el pecho aquel hombre llevaba un sello inconfundible. Un tatuaje con la calavera y las dos letras tremendas de su oficio en la guerra: SS.

Horrorizada, pero con mano segura, aquella mujer, cuando aquel hombre estaba dormido, le disparó con la propia pistola que aún conservaba, una Parabellum de reglamento. Y después, ella, -según todo parecía indicar para la policía española- volvió el arma contra su sien y disparo, sin que le temblara la muñeca. A la altura de su vientre, había un nombre y un número. Y una estrella de David. Era aquella seña de identidad con la que se sellaba a los judíos que iban a entrar en las duchas de cianuro de la muerte.

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Dos tatuajes que podría ser el título de un guion de una serie de televisión. El holocausto, su huella, su justicia, entre la venganza y el amor, que a veces son dos sentimientos hasta paralelos.

En Paraguay, busqué a Mengele, el doctor muerte, como le llamaron. Aquel que vivía e investigaba cerca de las cámaras de gas, sobre todo, en el ADN de los niños, sin olvidar su sonrisa diabólica. Por lo visto, llegamos tarde al sitio, cerca de las misione jesuíticas donde vivía camuflado, haciendo experimentos aún con el esperma de los habitantes de una orilla del Paraná. Podría ser el hombre más cruel de los últimos siglos, escondido con un cierto aire de científico no reconocido. Pero se perdió en el aire de tantas otras ocasiones y tantas veces. Lo tengo en la memoria, cerca, porque de la tierra del gran río me traje tres cosas.

Una, un trozo de ñanduti bordado, que es como una seda bordada tejida a mano, como las bolicheras manchegas, las mujeres artistas que trabajan el encaje de Almagro. La vasija de barro con el rostro ancho, de una guaraní, una verdadera obra maestra de la artesanía india, en el que hemos plantado un poto agradecido. Y la sensación de que Joseph Mengele sigue viejo y fugitivo en algún rincón de la tierra.

Como no olvidaré, aquella madrugada que detuvieron los investigadores judíos, a los que yo había conocido en un hotel de Buenos Aires, a Eichmann que fue noticia en todo el mundo, en su tiempo. Se llamaba Adolf Eichmann y después de juzgado en Israel, fue ajusticiado, creo que ahorcado, en Europa.

¡Cuántos recuerdos, mis blogueros! Tendría argumentos para escribir ese largo capitulaje que he reunido, datos perdidos, fieramente buscados, durante años para cualquier historia, interesante. ¡Cuántos días que subí hasta allí junto al faro, en Jandía, al sur de Fuerteventura, donde después me quedé un tiempo a vivir con mi mujer y mis dos hijos pequeños, junto al inmenso cadáver, ya calcinado, de una ballena que fue a morir a la inmensa playa de Corralejo!

Y es que durante tiempo, sabiendo como sabía que muchos alemanes, y algunos muy famosos, se habían ido a vivir a la isla con forma de lagarto, escapando, huyendo, porque allí abajo, había una casa en la que decían que se había escondido durante un tiempo, el Führer, que no había muerto en Berlín, como se aseguraba, sino que había logrado escapar, en un submarino con su último tesoro…

O aquel día buscando en la playa de San Juan, más arriba, en un pequeño pueblo, en aquel cementerio marino azul, si era cierto que habían sido enterrados, los cadáveres de los soldados alemanes ahogados en un submarino, que huía con los llamados también “tesoros de Rommel”, el mariscal del desierto.

De allí me traje, y está sobre mi cama, un cuadrito pequeño que guarda la devoción de un Cristo de cartón que había abandonado, sobre una tumba de mármol, donde se había trabajado un nombre en alemán… Me guarda.

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O aquel día que entrevisté a Otto Skorzeny, el capitán alemán que había salvado a Mussolini en lo alto de aquel monte donde estaba preso, obedeciendo a una orden de mando del propio Hitler. Tenía el rostro surcado por una poderosa cicatriz y vivía en el sur de España en una casa última, encima de un  monte abrupto. Siempre observando el horizonte, por si venían a por él. ¡Sabía tanto! Luego le entrevisté en Madrid, donde vivía en un piso de la avenida de Las Américas…

Es mi aportación al gran sacrificio, al Holocausto, que estos días se recuerda a todos los niveles. Un día viajé hasta la ciudad recordada donde murieron también muchos españoles, judíos, gitanos, cristianos… Todavía quedan supervivientes del horror que aún cuentan su historia. Muchos de ellos han llorado  sobre mi hombro.

Mi nieta, Lola, por cierto, acaba de escribir un relato emocionante, un sucedido de escalofrió. ¡Ha escuchado tanto sobre el sacrificio! Es la historia de una niña que antes de llegar a la horrible ducha final, va contando aquello que sufrió, junto a los suyos, paso a paso, camino de la muerte, y va escribiendo su diario de su mano para entregarlo a quien sobreviva, alguien habrá que lo recoja. Como una nueva niña Ana Frank, que todos recordamos, porque a veces hay historias que no se pueden olvidar, que no se deben abandonar en el olvido.

  • Hola Tico Medina, desde Fuerteventura y con el tiempo en perspectiva después de todo lo pasado por ti en esta isla, por contribuir a la aclaración del misterio Winter , me gustaría detallases mucho más esto de los nazis que pasarían a la isla con forma de lagarto.
    Tantas investigaciones reales se han dado contra la pared en este sentido y tantas otras tienen alternativas más lógicas en la cuestión de las huidas de los nazis que no pasan realmente por Fuerteventura.
    Por tu libro “El galeón de arena” sé que conociste al “alemán” y que pudo no convencerte de su asepsia en el conglomerado nazi. Querría tener la posibilidad de tratar más profundamente el tema. Intento recrear la biografía real de Gustav Winter , que no es poco en medio de tanto barullo y patrañas. Saludos. Gracias.

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