José Luis y su guitarra se han ido para siempre

Ha sido en Córdoba, donde vivía, y donde tantas veces subí a verlo. Vivía en el barrio de El Brillante, que tanto me gusta visitar a mí, por encima de la Ruzafa, al pie de la alta sierra y más allá del camino de las ermitas donde aún las habitaban los frailes, en aquella hornacina junto a una calavera auténtica que decía la leyenda. Como me ves, yo me vi. Como me ves, te verás…

O algo así, que producía escalofrió. Y cerca, en una bonita casa que se había construido cantando, José Luis, al que yo le preguntaba:

-‘Y lo de y su guitarra, qué pasa, ¿es que es tu apellido? A ver si es que eres vasco…

Se reía, pequeño, pero genial y simpático, y respondía.

-Ah no. Ya sabes que soy de Jaén, lo que pasa es que me encontré con Córdoba y me quedé para siempre.

-¿Y tu guitarra, José Luis, dónde está?

-Cierto.

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Es la primera, y quizás la única vez, que vi una piscina, una alberca con la forma de una guitarra, preciosa, precisa, pequeña, fresca, con aquellos mosaicos mozárabes verdes, que me gustaban tanto… Como si fuera un estanque para un joven califa.

Y lo era. Porque José Luis era humilde, callado, silencioso, bueno de corazón, un andaluz del duende, que sin embargo, aunque llevaba la música dentro, había hecho una carrera. ¡Y una carrera difícil! Ingeniero de obras públicas o algo parecido.

Hablamos aquel día. Yo estaba escribiendo una serie de reportajes por toda España y aquel fue uno de los primeros, porque empecé por la calle de las Sierpes de Sevilla. Y la segunda, fue Córdoba, claro, incluso antes de Granada que era la mía, porque había nacido a su sombra, en este caso a su buena sombra.

Hablamos aquel día, en el que José Luis, aunque ejerciendo de ingeniero de las nuevas grandes obras de la ciudad de los Califas, ya había tenido un éxito musical, universal. Su canción Mariquilla, que me parece sonar dentro de mí ahora mismo, se había hecho popularísima, y no solo en toda España, sino, ¡atención!, en medio mundo y en Argentina casi casi era un himno del amor y la distancia.

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Un crack, como ahora se dice, aquel joven técnico, que me llevó a comer a la Judería junto a su joven y linda esposa, que además, se llamaba así, como su canción, María.

Nos retratamos juntos, comentamos lo grande y lo pequeño a la vez que es el mundo, y continuamos cada uno por nuestros caminos, que a veces convergían, sobre todo cuando yo bajaba a Córdoba buscando algo de reposo, salmorejo en vena, que me gusta tanto, y de vez en cuando un encuentro casual o forzado con los amigos.

José Luis hizo radio, mucha radio, hizo televisión, mucha televisión, siempre vestido con su traje de lucha, como aparecía: su corbata, su chaqueta, la raya a un lado, creo, en el pelo, de mediana estatura y triunfando. Siempre que salía a cantar, siempre con su guitarra al lado o dentro. Hizo discos a manta, fue primero en las listas de entonces, una figura en todos los aspectos, un ídolo, siempre escondido en su jardín de El brillante cordobés.

A veces un silencio, aunque seguía vendiendo discos, álbumes de aquellos de los grandes, los vinilos que son hoy  un tesoro….

Hasta que de pronto, José Luis rompe de nuevo a la calle con un disco entre patriótico y lírico, que se llamó, ni más ni menos, que Gibraltar. Reivindicando, desde su aire de cantante de la calle, de funcionario de la música. ¡Y tuvo también un gran éxito!

Era la canción de la protesta, de las primeras. Hace poco, cuando lo entrevistaba ya en el ocaso la excelente periodista cordobesa, Rosa Luque, en una sección para la memoria en el periódico Córdoba, nos ofrecía la imagen literaria y verdadera de aquel que poco después se nos iba, hace unos días, y en el flor de los ochenta, había nacido en  el treinta y siete.

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En la foto, se veía un José Luis de pelo blanco, en aquella vieja chimenea de ladrillo al fondo, y eso sí, la guitarra de siempre en brazos como una niña chica. Grande, grande este juglar que se nos acaba de marchar para siempre, aunque nos quede su obra. Por lo visto, el corazón no respetó su talento.

Ha tenido cinco hijos y era ya abuelo, más o menos de mi quinta. Hizo un par de películas, alguna de ellas como lo que fue, siempre, un muchacho de la tuna que tocaba una guitarra con cintas de los colores  de la bandera. Yo también fui tuno, como él, de la de la escuela de periodismo de Granada, si bien lo mío, era otra cosa.

Tocaba la pandereta delante del grupo, a veces dando unos asombrosos saltos en el vacío, casi como siempre ha sido mi vida. Yo, ahora mismo, recuerdo de José Luis Martínez Gordo, aquella canción suya que se llamaba: Tu cabecita en mi hombro.

Inolvidable. ¿Cómo decía aquella letra?

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