El Papa Francisco como un mariachi

Lo primero que hice cuando mi familia llegó a México D.F una vez tomé posesión de mi cargo  y mi responsabilidad como corresponsal de televisión española, el primero  después de la Transición, fue llevarles en la madrugada, con la ojera puesta, a un grupo de mariachis que había alquilado, como siempre se hace, en la plaza Garibaldi de Madrid, corazón de la música y la bohemia de un país único en el mundo.

Allí, en la plazuela, placeta como se dice en España, uno va a cualquier hora del día o de la noche, preferible lo segundo, y si quiere se alquila un mariachi. Depende de lo que uno quiera, que allí están para eso, para alegrarte o entristecerte la vida según lo desees. Que las coplas de los mariachis son como los boleros, o sea, que se empieza amando en la letra y al final, se remata, nunca mejor dicho, en la lágrima y la desesperanza.

A mí me han dicho, en esa plaza y cuando la noche daba paso al día:

-Usted elija. Estamos a su disposición, señor, caballero nuestro. Si quiere, estamos con usted por horas, y si lo desea, hasta el final de su vida o de la nuestra.

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Lo de la vida en México, que yo siempre escribiré este nombre con equis, como gusta a los mexicanos, aunque también puede hacerse según la historia de la conquista española con jota, que es una cosa bien distinta. La raya que separa la vida de la muerte es casi indeleble.

Por eso, además de por otro millón de cosas, me gusta, tanto, tantísimo, ese México fascinador en el que siempre quise quedarme, para siempre, hasta incluso después de lo último, cosa que no termino de retirar de mi memoria.

Así que en la plaza Garibaldi tú puedes contratar quedarte de por días, por minutos, o por media vida a tu vera a un grupo de mariachis. Que te canten desde las mañanitas que a mí me cantaron a mí y a los míos aquella mañana, madrugada, de la reforma, más arriba de la fuente de petróleos, en la llegada inolvidable.

Hay fotos de aquella hora triste y hermosa, la familia Medina, mi esposa, mis hijos, sobre la maqueta de aquella casa de piedras y agua que según supe después, había sido de Cantinflas, mi viejo amigo, al que quise tanto.

Estas son las mañanitas

que cantaba el rey David.

Que las pases bien bonitas

te lo deseamos aquí…

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Siempre me gustaron los mariachis, cantando las mañanitas, pero los mexicanos. Escribí mucho sobre ellos, me ayudaron mucho, he escuchado siempre con emoción sus músicas, sus letras, sobre todo sus letras, al mismo tiempo que el guitarrón, las trompetas, las guitarras, y sobre todo lo que dicen. En más de una ocasión he contado que he escuchado a los mejores cantando, los mejores, en los lugares inolvidables de México.

Porque es lo que decía el poeta español, traducido a la música del corrido: “A todos nos han contado, en una noche de mariachis, corridos que nos han matado”.

No hago más largo el prólogo. Imposible de escapar, de esa foto de nuestro Papa Francisco con su sombrero mexicano, como el que yo tengo desde hace no sé cuántos años. Me lo regalaron, incluso me lo impusieron, porque es una ceremonia, en aquella noche de Acapulco, que yo llamé: noche de la mandarina. Creo que fue Lola Beltrán, hace muchos años.

Pues decirles quiero, que no podía escapar a esa joya gráfica, que es nuestro Papa, que llega a México con la guitarra de la verdad, pase lo que pase. México es un gigante y cuando el gigante tiene fiebre, tiene la fiebre de un gigante. No sé dónde lo leí aquel día, en aquel grafiti de Puebla donde fui a saborear el mole poblano de diez o veinte sabores distintos.

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Pues bien, al Papa van y le ponen en el avión que le lleva de Cuba a México un sombrero blanco, más de turismo que de otra cosa. Brillante, poco habitual, pero hermoso, muy decorativo. Y cuando pisa México, tan cerca del cielo, a más de dos mil metros de altura, le colocan un sombrero charro, sí, pero negro. Uno de los colores más bellos de esa inmensa ciudad, la más poblada del mundo.

El sombrero mexicano. Como un planeta, como la plaza de San Pedro. Y una vez que sonriente se desprendió de él. Todos los caminos conducen a Cristo y el Papa, como si lo llevara puesto, cantó su corrido de la esperanza. Por encima de todo, de tanto, de lo que haya, de lo que hubo, de lo que tenga que venir, por encima de todo, “que yo no soy quien para cantároslo”, la luz, la cirugía, la cicatriz curada, hasta el fondo si acaso, el tatuaje arriba.

Me gusta ver al Papa sin chaleco antibalas, a veces las balas son las palabras en un sitio, pidiendo que por favor le dejen rezar ante la Guadalupana, donde uno ha rezado tantas veces en el rodillo que te pasa bajo su manto y aquí mismo en mi casa donde entre los libros la veo, con el indito en el fondo de sus ojos, que aguantaron el carbono catorce, incluso.

Así que gracias Santo Padre por recordarme tantas cosas, con sombrero y sin sombrero. Gracias porque es usted el más valiente de los mariachis de la palabra en esta plaza Garibaldi que es el mundo entero.

Nos vemos.

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