El eco de Umberto Eco

Se nos fue Umberto Eco, escritor prodigioso, hace unos días en su tierra italiana. Le conocí en Oviedo durante aquel hermoso día, inolvidable, como a veces digo, de la entrega de los Premios Nobel del año dos mil exactamente. Mucho más que eso que se llama un escritor, yo diría que era un escritor de escritores. No bastará, o quizá será suficiente, con que les advierta que se trata del que escribió el prodigioso libro El nombre de la rosa, que luego se hizo cine y que aunque la película fue bastante buena, con Sean Connery en uno de los mejores papeles, de fraile, que uno a visto en su vida, y ha visto muchos, la verdad es que el libro era inmenso, mucho mejor.

El libro vendió, más o menos, quince millones de volúmenes. Yo lo tengo firmado. Porque lo llevé ese año dos mil, cuando yo iba casi todos los años a la cada día más hermosa ciudad de Oviedo, conmigo, fue lo primero que eché en la maletilla de urgencia. Me llevé conmigo El nombre de la rosa, y me lo firmó en los bajos del hotel Reconquista, donde uno ha acudido tantas veces, incluso cuando no nos invitaban a los Premios, y visitábamos Asturias en temporada.

Me firmó:

-A Escolástico, de Umberto Eco.

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De su puño y letra. Lo heredarán, espero, mis nietos, que los tengo de letras y muy buenos. Por ejemplo, ahora mismo llega mi nieta Lola Medina, que estudia en un buen colegio y que me quiere hacer una entrevista para que el agüelo le hable de aquel veintitrés de febrero, cuando lo del asalto el Congreso.

Se lo contaré, aunque no estaba aquí, aprovecho para decirles que yo vi a Tejero entrar en el Palacio de los congresistas, pero a través de la televisión, en blanco y negro, desde Santiago de Chile, donde estaba con Julio Iglesias que iba a cantar al Festival de Viña del Mar como invitado especial, y le cuento a mi nieta lo que aprovecho para contarles a ustedes, ya que el veintitrés, o sea mañana, es la fecha histórica.

Lo vimos en el hotel, lo estaba presentando en el telediario un viejo amigo español y gran comunicador, Raúl Matas, ídolo de la radio española entonces, en su telediario chileno y les puedo decir que sentí un escalofrió al ver lo que estaba viendo, en directo, desde la lejanísima España.

Termino. Le pregunté a Julio:

-¿Tú que harás?

– Yo -me respondió- tengo que volar esta misma noche a Paraguay donde tengo un recital mañana. ¿Y tú Tico?

-Yo vuelvo a España esta misma noche. Ya. Y perdona si no te veo cantar.

-Ya me has visto muchas veces. Mira a ver si puedes salir en Iberia, que vuela a partir de las doce y llega por la mañana.

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Más o menos. Salí en cuanto pude. Volví solo a España en un avión de Iberia y solo, yo, en el viaje. Servidor y la tripulación. Pude dormir poco, pero poco a mis anchas. Cuando llegué a Barajas, los civiles, entonces creo que carabineros del aeropuerto, no me miraron las maletas, solo me dijeron saludándome:

-Nosotros no hemos sido, señor Medina. Ahora mismo los asaltantes están saliendo del Congreso.

Vale, perdonen por el paréntesis, que creo que ha valido la pena. Y no olviden el nombre de mi nieta Lola. Va a ser grande. En lo nuestro digo.

Bueno, pues me firmó Umberto Eco lo de Escolástico, porque así le dije que me llamaba.

-¿Escolástico dice usted?

-Escolástico soy yo, pero de los de Santo Tomás de Aquino, ya sabe.

-Sé, maestro.

Y hablamos, en seco, en el hall, un ratito. Estaba conmigo, o mejor yo con él,  mi compadre, el formidable periodista Faustino Jiménez, que ya no está, tan joven, con nosotros, con su perro grande y su pipa chica.

¡Cuántos recuerdos! Lo que sí quiero decirles es que se ha ido un maestro de maestros. Escribía como pocos lo han hecho y no soy yo solo el que lo dice, todo el mundo lo ha reconocido, públicamente, estos días. Se nos fue en Milán, su tierra de nacimiento, ya con la barba blanca, sonriente casi siempre,  por encima de todo y de todos.

Sabía de todo y coleccionaba huevos de avestruz. Yo también lo hago, desde hace mucho tiempo, y libros buenos. Es más, en cuanto fue posible se compró una vieja ermita cerca de donde vino al mundo, y la llenó de miles y miles de libros. Era un intelectual puro y duro, estudioso, crítico de los críticos, gigante total, eso que se ha llamado “hombre del Renacimiento”, una enciclopedia viviente, como se le llamaba también, queriendo definir su talante y su talento. Todo le interesaba y cuanto tocaba, o leía, con las gafas arriba de las arrugas de la frente, ya calvo por el cáncer, últimamente lo hacía interesante. Le gustaba venir a España porque como él decía:

– Soy medievalista y no hay nada más medieval que España. En todos los sentidos.

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Le hice un chiste urgente, que no hubo que traducir.

-Y además es Escolástico de nombre, de ahí lo de Tico, hoy con usted sería en lugar de Medina, como es mi apellido, medinavelista.

Estaba casado. Acabo de ver a su esposa con su hija saliendo del funeral. Uno de sus últimos libros lo dedicó a su nieto, Leo, que le aconsejaba que acudiera a internet siempre que necesitara saber, si bien no siempre, ya que “la memoria es el alma de cada uno”.

Es verdad. Sabio y fácil. Humilde, a su manera. Cada frase de las suyas era un titular. Acababa de publicar El número cero. Gustaba de los mapas, debo advertir, que en alguna otra ocasión, aseguró: “las redes sociales mal usadas hacen también ejércitos de tontos y de imbéciles”.

A veces, si tenía tiempo, acudía a las raras bibliotecas o a las tiendas de libros antiguos, buscando extraños pergaminos de otras épocas. Hoy, aquí y ahora, le envió este abrazo dentro de esta página que lleva, aunque no se vea, la orla de luto, por una razón fundamental, porque ha muerto un pensamiento universal. Que no descanse en paz nunca el maestro, que siga viviendo siempre, entre nosotros, como la luz de un faro en la niebla del océano de la tempestad.

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