El día que calló la Callas

Anuncian que en muy poco tiempo la Callas, doña María Callas, la más grande en lo suyo, volverá a ser noticia. Dos cuestiones la harán posible: una, una nueva película interpretada por una actriz italiana que se le parece mucho, solo físicamente, pero que no canta ni en la ducha como todo el mundo hace, menos yo, que ni en la ducha de plato canto. Y otra, un libro en el que dicen que se cuenta toda la verdad, aún no conocida, sobre la muerte y la vida de esta extraordinaria dama a la que tuve a un palmo de mi nariz, durante un rato, pero a la que no me atreví a decirle nada.

Les contare porqué. Porque ella estaba allí, pero en compañía solemne y casi caníbal de aquel ser excepcional que fue Aristóteles Onassis. Fue en el hall del hotel Hilton de Nueva York. Yo estaba en el hotel invitado, claro, por un amigo que me llevaba con él como maleta y como confesor al mismo tiempo, Julio Iglesias, que tenía concierto en la ciudad de los rascacielos. Llenó hasta la bandera como siempre.

Mariacallas

Pero en aquel hall impresionante del Waldorf -era formidable sentarse a ver pasar a la gente que pasaba por allí porque tenía la suerte de vivir allí, aunque fuera de paso y por unos días, o los que por las cuatro esquinas del hotel podían cruzar y sentarse un rato cuando el Waldorf era el corazón del mundo- yo esperaba sencillamente aprendiendo, viendo, observando. Porque cada persona tiene una historia y en aquel hotel, cada ser humano tenía dos.

Así que allí estaba aquella mañana, cuando de pronto, revuelo abajo. Porque ni más ni menos, Onassis aparecía, el pelo blanco, teatral, feo pero rico, más que rico, sus grandes gafas de culo de vaso oscuras, para ocultar sus ojos gordos, no grandes, vestido de impecable azul grisáceo, con raya el traje impresionante, arrastrando él personalmente una especie de cubierta de palos de golf, pero con una distinta personalidad a los nunca vistos por mí, pero que me sirvieron para entablar el dialogo o lo que fuera.

A una corta distancia y no como guardaespaldas que esos iban más lejos, con la mano en el bolsillo, una mujer soberanamente única: María Callas, sin duda, de negro, como de reina viuda, sin nada en la cabeza, más que su propia diadema de excepcional resplandor, como a veces digo. La raya partida en medio de un pelo negro sureño, gruesos los labios, sensuales, los ojos negros, con un mar dentro lleno de caballitos de mar.

Así apunté en el a veces diario urgente de mi metáfora.

Se sentaron en el sillón redondo del centro. Los guardias ocuparon las esquinas, igualmente vestidos, capaces sin embargo de pasar desapercibidos y no como ahora, que además de ser calvos totales como una seña de identidad, van vestidos con el uniforme de los dragones de acero de los nuevos emperadores del dinero.

Vale.

Onassis1

Bueno, pues se sentaron juntos en aquel sillón circular. Esperaban algo, no sé si a pagar la cuenta -que sería inmensa- o a que llegaran los coches de la comitiva. Pero yo era entonces un intrépido reportero, casi suicida, que hacía lo que debía hacer. Preguntar, saber.

Le dije en mi español sureño al millonario de la onda platino en el pelo:

-Señor Onassis, si no me equivoco, donde lleva usted los palos de golf es en la funda de un pene de ballena.

Abrió mucho la mirada, enarcó las cejas y me alargó una mano sin sortijas. A su lado, María Callas, se había sentado en silencio.

-Siéntese joven. -me dijo Onassis en francés- ¿Es que le interesa el mundo de las ballenas?

-Mucho, soy andaluz, granadino…

Suspiró mirando a María, que continuaba de perfil como una diosa egipcia, tal vez el mismo aire de Nefertiti.

Y él entonces dijo, en francés también, la palabra mágica que no necesitaba traducción: “¡Oh, Granadaaaaaaa!”

Las ballenas, las orcas, todo el mundo de los cetáceos, que algún día, siempre junto al mar nuestro, me harán contar la historia que me acompaña…

Y ella callaba. Recuerdo que saqué a colación, cada uno tiene sus armas que usar, una frase suya que yo había recogido, era un hombre de frases, cuando dijo:

-A veces, si es que quieres decir que eres una persona importante, con dinero digo, debes vivir en un gran hotel como este, que tenga un buen hall donde te vean, aunque vivas en la habitación más pequeña del último piso donde no llega ni el ascensor.

– Como la mía señor Onassis, que me hospedo en el piso de los hispanos.

Estuve a punto de que nos miráramos a los ojos y no yo, que andaba escoltado de los hombres antena, porque María Callas, la inmensa, la tenía allí y debía preguntarle algo aunque me suicidara allí mismo.

onassis2

Pero no fue posible, Onassis se fue de mi lado, huyendo solemnemente con su equipaje fantástico de millonario ballenero, ahora petrolero. Y ella le siguió a dos pasos, sin bajar la cabeza, como una moneda, distinta y distante. Me atrevo a decir que como una perrita de raza, tras el último emperador…

Hasta que conocí su muerte, la de María digo. El día que más cantó María Callas, después de aquel largo silencio. Porque cuando Onassis se casó con la viuda de Kennedy, María dicen que intentó suicidarse, pero no pudo hacerlo. La encontraron a tiempo sumida en una enorme depresión, que es, siempre lo digo, el cáncer del alma.

Siempre había luchado contra ese mal durante media vida, desde que era una niña gordita nacida en Nueva York pero de familia griega, pero que era dueña de una de las voces más hermosas de la historia de la ópera, y por si fuera poco, había perdido cuarenta kilos con una dieta milagrosa que estuvo a punto de costarle la vida.

Onassis se fue con Jacqueline, y ella intentó cantar en la ópera con su compañero Di Stefano, de bellísima voz, pero no fue posible. María Callas ya no estaba en este mundo y se escondió en aquella casa hermosa de la rue George Mandel de París, siempre con las ventanas cerradas y las pesadas cortinas hasta el suelo. Los visitantes turísticos recibían al paso por la hermosa casa silenciosa, donde ella tenía toda una planta, la siguiente lección.

-Aquí, al otro lado de esas ventanas, María Callas sigue muriendo de amor cada día.

Y así era. Y así un día, aquella diosa griega, tendida y a oscuras, tomó el desayuno como siempre en su alcoba y se fue hacia el baño descalza. De pronto sintió una fuerte punzada, como una puñalada en el pecho izquierdo, se fue hacia la alcoba, casi sin poder respirar y volvió a pedir que el mayordomo le sirviera un café solo, doble, muy cargado…

Cuando lo traía, vio que María ya no estaba. Había muerto. El mayordomo llamó al médico de María, que no estaba. Entonces marcó el teléfono de su médico particular. Solo pudo certificar la muerte, “por un ataque cardíaco”.

mariacallas2

Era septiembre del setenta y siete y al morir, la diosa, tenía cincuenta y tres años, si bien los que tenían la suerte de tenerla cerca, sus pocos amigos, ya decían que la Callas estaba muerta, aunque respiraba.

Incluso se contó que había perdido la vida porque había  puesto en macha la última disciplina para adelgazar. Se había bebido un agua especial con una Taenia dentro. Una lombriz, que por dentro se comía todo lo que comieras. Un desastre, la tragedia para la trágica. Más aún después de muerta y enterrada, en aquel cementerio de París, una noche destrozaron su tumba y se llevaron la urna con sus cenizas.

Poco después, con toda la policía de París alertada, apareció la urna, solamente una vez abierta. Fue entonces cuando parece ser que por una gestión de Meneghini, aquel hombre que fue para ella, antes de Onassis, como guardián, su representante y más que su marido que también lo fue, como su padre, tenía veinte o treinta años más que ella. Con él a su lado la tuvimos cerca alguna vez que cantó ópera en Madrid. Total, que las cenizas, las que quedarán después de la violación de su tumba, fueron arrojadas al mar, eso sí, al mar Egeo, el mar que la vio reír y llorar tanto tiempo.

Yo, a veces, cuando escribí de ella, siempre titulaba jugando a las palabras como hoy hago, el día que calló, con acento en la o, la Callas. Yo, cuando tengo el ramalazo de la tristeza, que cada vez me sacude con más fuerza, busco la Callas en La traviata y la escucho… y le veo allí, como una bella gitana de Julio Romero de Torres en el museo de junto a la plaza del potro de Córdoba.

Deja un comentario

Tu correo electrónico no será publicado.

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer