Doña Margarita, infanta de España

Hace años, cuando yo escribía una página en la revista de los invidentes Perfiles, conté que la Infanta doña Margarita, hermana muy querida del rey emérito Juan Carlos, veía con los ojos del alma. Me sirvió para una larga serie que duró no sé cuántos años.

Hoy, doña Margarita, que pronto cumplirá setenta y siete años, vuelve a la actualidad por unas recientes declaraciones en un retrato que la televisión francesa ha hecho de don Juan Carlos, su hermano, y en el que ha desvelado algunos secretos de la infancia del que ha sido nuestro monarca durante tantos años, y con eficacia, dicho sea de paso y ahora que tanto se le ningunea, nadie sabe por qué, aunque quizá se explique en la escasa memoria de este pueblo nuestro, tan fácil para olvidar, sobre todo lo que se quiere olvidar.

Así que doña Margarita, duquesa de Soria, de Hernani, Grande de España, además de como hermana de Rey, Infanta de España de por vida, es mucho más que eso, pero que mucho más , porque es inteligente, rápida en la forma de pensar, campechana, que aunque es virtud de la casa, sí que en ella adquiere una especial relevancia, porque no solo dice lo que quiere sino que sabe lo que dice, que no es poco.

Tiene un nombre largo que no quiero dejar de ofrecerles, porque en sí es una joya, también marca de la Casa Real.

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Verán.

Se llama, ya lo saben, Margarita de Borbón Dos Sicilias, así a primera vista, si bien está inscrita en el protocolo Real como Margarita María de la Victoria Esperanza Jacoba Felicidad Perpetua de Todos los Santos…

Y nació en Roma, en el treinta y nueve un día de marzo, así que tiene setenta y seis años de vida, y de gracia natural como demuestra siempre que quiere. También debo decir que puede, porque se sabe que a veces de niña había que tirarle de las orejas, perdón de las “reales” orejas, porque a veces decía cosas que no debía decir, dado su rango, aunque como hacía lo que le daba la real gana, nunca mejor dicho, las decía, pase lo que pase. Algunos de sus chistes sobre Franco, el jefe del Estado entonces, merecieron de su hermano, don Juan Carlos, una tierna reprimenda.

– A ver si tienes cuidado con lo que dices, hija… ¡por Dios!

Se hace querer. Habla varias lenguas, aparte de la suya que a veces es viperina, y sé que se va a reír, mucho, a carcajadas como ella acostumbra a reírse, cuando le lean esto, si es que se lo leen.

Nació ciega, en Roma, ya les digo, y se casó con un joven doctor, Zurita, que siempre, siempre, fue muy amable con nosotros los periodistas, y más conmigo, que siempre tengo que agradecérselo.

Mi recuerdo de aquella noche, en casa de Fina de Calderón, cerca de su casa, y de la mía, en la calle Martínez Campos, es francamente hermoso. Fina fue una dama española, españolísima, culta, generosa, mecenas de muchos artistas que en un momento la necesitaron y si no también tenía un guapo cigarral en Toledo, que era de su marido, al que a veces nos invitaba. Una delicia.

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Nos daba de comer de dulce, de bien, y además nos llenaba la tarde de versos y de arpas. Doña Margarita acudía siempre que podía a las tertulias de Fina, que por si fuera poco, quiero decirles que era la protagonista de uno de los poemas más lindos de mi paisano Federico García Lorca, La niña de las muletas.

Recibía siempre en su casa grande, noble, muy bien vestida siempre, del barrio de Chamberí, rodeada de cuadros buenos, y dedicados incluso, como aquella hermosa colección de gallos, veletas, barcos y toreros, que le pintaba, Rafael Alberty, el gran andaluz, tanto en el exilio como en su vida última, escribiendo poemas y ángeles en su sillón de mimbre de la bahía fulgurante de Cádiz, de donde era felizmente nacido.

Un día, o mejor, una noche, nos invitó a cenar a mi esposa y a mí a su casa, doña Fina, porque íbamos a tener una sorpresa.

– Además de la Infanta doña Margarita, vais a tener el gusto de conocer a una mujer especial, que es María Teresa León, la mujer con el corazón a la izquierda, que fue no solo el talante, sino el talante de Alberti, su esposa, su musa muchos años.

Daba mucho de sí aquella reunión, como a veces digo, inolvidable, que menos mal que me funciona la memoria en este momento tan desacreditada como palabra incluso.

Y así fue. Los Zurita, doña Margarita hermana del rey Juan Carlos, y su esposo, el gran doctor de Soria, y aquella mujer que había hecho importante al pintor, poeta Rafael Alberti, escritor al que por cierto yo conocí en sus dos exilios, uno en Buenos Aires, frente al río de la piel de León, y otra en Roma, en aquella trattoria famosa donde había acudido a entrevistarle.

Siempre la León, cerca, dentro. Escritora muy buena, leyenda incluso. Y todos juntos, aquella noche en la casa de Fina, que por cierto le regaló a mi esposa un relojito dentro de un corazón de plata, pequeño pero bueno, que Dios sabe en qué vertedero estará ya que se habrá ido entre las toneladas de muebles que cada semana echamos a la basura. Que si no sería imposible sobrevivir.

Aquella noche se habló mucho de todo o de casi todo, y recuerdo bien la sonrisa de María Teresa, admirada ante lo que decía aquella otra mujer, que era la Infanta, tan lejos pero tan cerca, de lo que opinaba en voz alta. Bebíamos un buen vino, la mesa estaba divina, y entre otras cosas, me acuerdo bien de aquello que nos contó la Infanta:

– Sí,  me pasan, nos pasan, cosas increíbles, ¿te acuerdas Fina? Aquel día que me llevasteis a una exposición de pintura de no sé quién, muy famoso, y a la salida de la sala, te dije “pero vamos a ver, Fina, guapa, ¿cómo es que tú que estas coja, que tienes una pierna más corta que otra, me llevas, en aquella sala tan larga, a ver una serie de cuadros si soy ciega?”

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Grande, la Infanta, que hoy recordamos con todos los honores, y con todos los amores también. Una de las mujeres que además saben de música como muy pocas saben en la escasa corte hoy de su sobrino el Rey Felipe sexto. A veces la veo por mi barrio, apoyada en el brazo de su esposo, el doctor Zurita, a veces acuden a Soria, en primavera, donde en aquel antiguo convento, está la fundación que lleva su nombre.

Pasean por Chamberí, el barrio castizo de Madrid, del brazo, y reciben de aquellos que los descubren, como un  matrimonio anciano que han salido a dar un paseíto por uno de los más agradables barrios de la capitalidad. Siempre en mi recuerdo aquel día que en Estoril, don Juan padre, llevándome con su poderosa mano de patrón de barco sobre mi hombro, me dijo mientras paseábamos por el jardín de Villa Giralda, donde vivía su largo y duro exilio elegido, con aquel catalejo suyo en el balcón sobre el inmenso océano atlántico:

– Ahí está, para ver más cerca España.

Sin embargo España estaba al otro lado, pero de ilusión también se vive.

Me dijo el Conde de Barcelona:

– Y sobre todo, gracias por como tratas a mi hija Margarita. Es mucho más lista de lo que la gente cree. Sabe cómo eres por dentro, aunque no te vea…

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