Con Charlot en la playa de Formentor

Acaba de aparecer un libro documento, uno más, en el que se cuenta que Oona O’Neill, la hija del gran autor teatral, esposa de Charlie Chaplin, Charlot, genial entre los geniales, siempre estuvo enamorada de aquel escritor mítico, misterioso y desconocido que escribió El guardián entre centeno.

Todos los caminos, dice el refrán y lleva la razón, conducen a Roma, o sea, esta nueva actualización de una vieja historia con más de cincuenta años, me pone en pie aquel día memorable, verdaderamente inolvidable, en el que pocos podrán decirlo de esta manera, me bañé en el Mediterráneo mallorquín, año cincuenta y nueve, y verano, en las aguas tranquilas y azules de Formentor. Hace ya muchos años, pero no para olvidar esa fecha.

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No estábamos solos. Charlot iba con su enamorada esposa. Los dos parecían dos niños enamorados, y el cronista había acudido a uno de los hoteles más fabulosos del mundo donde habían sido noticia jeques árabes, millonarios excéntricos, escritores famosos, príncipes y princesas, como por ejemplo, Grace Kelly, y nosotros dos, mi esposa y yo, ella entonces preñada creo de mi hijo mayor Tico, que es el subdirector de ¡HOLA! Mi esposa Mayni, preciosa pelirroja nacida en Madrid, que llevamos más de medio siglo casados por la Iglesia Católica.

Es por identificar a los protagonistas, que además pueden dar fe de lo que digo, ya solo el matrimonio Medina, porque tanto Oona como su esposo Charlot descansan, nunca mejor dicho, en Suiza bajo dos piedras cuadradas que guardan sus restos, al pie de las cuales servidor mucho tiempo después, depositó flores frescas y humildes, y que se vendían a la puerta del lugar donde durante los últimos años de su vida disfrutaron de su amor, aquellos dos enamorados que un día hace tanto tiempo, nos dieron la oportunidad de contar esta historia.

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Lástima que como casi siempre no haya fotos, entre otras razones, porque nosotros no nos dimos a conocer como del oficio de periodistas, mi mujer no lo es, de carnet, aunque ha vivido las escasas glorias y los muchos sacrificios de la profesión. O sea, nosotros éramos un joven matrimonio, que aun sin haber traído al mundo su primer hijo, sí que podían permitirse el lujo de vivir un fin de semana en uno de los hoteles más bellos e históricos, más de cinco estrellas, desde luego, de la moderna historia del mundo.

Largo es el prólogo, pero merece la pena contarlo. Sí, por ahí venían, Oona y Charlot, la hija del autor teatral y uno de los hombres más grandes de su tiempo. Charlie Chaplin, aquel, este Charlot que había sido el asombro, el talento y la alegría de toda una época. Cosa que sigue siendo.

Los dos con albornoz. El del actor, pelo blanco, risa contenida, de rayas negras sobre fondo blanco. Zapatillas las del hotel a pie de cama en la suite real. Oona, levemente más alta que él, con otro vaporoso albornoz, fuertemente atado a la cintura, la madre de Geraldine Chaplin, que tanto se parece a ella, aunque aquella Oona tenía el raro resplandor del hombre que le acompañaba.

Les seguimos con cuidado, la pareja española, a una breve distancia, pero la justa para no causar molestia. Los fotógrafos y reporteros de la isla esperaban fuera, había prohibición absoluta de molestar a la inmortal pareja. Pasaron cerca de nosotros, muy cerca, y nos sonrieron. Tan cerca que Charlot hizo de Charlot mostrando su sorpresa ante la parejita, la muchacha casi con su cigüeña dentro de aquella blusa de rayas, de cuello alto, que llevaba mi esposa.

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Suavemente como quien lleva un pájaro en la mano, posó sus dedos a la altura de la promesa. Yo mismo sentí una sacudida inesperada. Después de marcharon los dos, dando saltos, Charlot como cuando se comía su propia bota en un tiempo de hambre, con su bombín y su bastón ya famosos en todo el mundo.

Hasta la playa que estaba allí abajo. Les haré el cuento más rápido, que a veces se me va la olla, y me alargo en demasía, menos mal que luego no me regañan, a los viejos y a los niños hay que dejarles hacer siempre que no hagan daño lo que quieran.

Hicieron su número solo para nosotros. Estábamos solos, el cielo azul y el agua como de piscina. Bajo los pinos que casi llegaban a la orilla de aquella bahía maravillosa, lejos de la piscina, cinematográfica, el matrimonio se divirtió de lo lindo. Charlot se echó al agua con su calzón corto, mientras su esposa le vigilaba desde la misma orilla. Nosotros, de la mano, estábamos cerca. No llevábamos bañador, fue todo inesperado.

El primero, y cuando ya había avanzado unos pasos, hizo como que se ahogaba, como les cuento, gritaba help help y agitaba las manos con los ojos desorbitados. En ese instante, Oona, tan actriz como él, se lanzó a salvarle la vida, riendo a carcajadas, pero interpretando el papel de la salvadora del náufrago.

Lo sacó poco menos que en brazos. Era larga, fuerte, hermosa, pienso que quizá como debía ser Virginia Woolf, que se quitó la vida en el río cercano a su casa llevando los bolsillos llenos de piedras, una de ellas del río de Granada, que pasaba cerca de la casa de Gerard Brenan, el escritor que buscó en La Alpujarra granadina la paz de su espíritu de aventurero de las letras.

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¡Qué lástima no tener cerca una de esas cámaras de hoy! Pero así ocurrió y así he querido contárselo. A la noche nos saludamos, o al menos yo lo hice en el elegante comedor del hotel Formentor, joya de la hospitalidad española en el mundo. Creo que lo he contado alguna vez, yo que lo contado casi todo. Pero lo que sí les puedo decir es que mi hijo ha salido, como saben, buen periodista. No sé si él sabrá lo que les cuento. Lo hago incluso sin su permiso, pero bueno, como él no lee las cosas que escribe su padre…

Menos mal, ya les digo. Pero no podía pasar una historia como esta. Luego conocí a los hijos de Charlot, mucho tiempo después, a Sidney, a Geraldine… Y hoy Oona, la que que su madre vuelve a ser noticia por una historia de amor, desconocido y lejano antes de conocer a su padre. El escritor se llamaba Salinger, y es un raro icono en la historia de la literatura mundial…

Lo he leído en su libro de El guardián entre centeno un par de veces. Y no hay dos sin tres. Lo estoy buscando para volver esta misma noche a ver si se notaba algo, en su historia, de aquel amor inmenso que sentía por una mujer entonces desconocida…

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