Cayetano, duque de Arjona, caballero a caballo

Hace poco les contaba, o mejor dicho, os contaba, que los andaluces tenemos esa costumbre de hablar de tú o de usted, según, que el nuevo Duque de Alba, Carlos, al que por cierto acaban de concederle la cruz merecida de Isabel la Católica -¡enhorabuena, Duque!-, me había comentado en el AVE que nos llevaba a Sevilla, que su hermano Cayetano, por el que yo le preguntaba, “estaba atravesando un momento muy delicado, serio de salud, ya que le habían tenido que operar varias veces”.

Así ha sido y parece que mejora. Me alegro mucho, porque a veces nos encontramos, siempre en el AVE, yendo o viniendo del sur, y siempre nos saludamos con respeto. Además, yo he tenido la suerte de entrevistarle varias veces para ¡HOLA!, por supuesto, y desde luego ante las cámaras de televisión, para la radio en distintos momentos de su vida, y desde hace muchos años, sobre todo yo, ya no somos unos niños. Siempre atendió mis deseos, y por otro lado, como le entrevisté siempre, a veces en muy delicados momentos, yo diría aquí, ahora mismo, que la verdad es que no tiene la suerte que merece, y la vida, al menos hasta ahora, ha sido muy dura, durísima para él.

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Sé de su existencia. Soltero, solterón, o casado, o separado, siempre me pareció como un niño grande que ponía, aunque a veces se ha dicho lo contrario, su corazón a su cabeza, si bien he descubierto últimamente que las dos cosas, el cuerpo y el alma, están en el mismo sitio, esto es en el cerebro.

Cayetano es un excelente jinete, de los mejores del mundo, y siempre representó a España en lo suyo de forma honorable y decidida. Es un campeón, sin género de dudas, por eso es bueno y es verdad que digamos que es este hijo de la duquesa de Alba al que le puso su nombre, jinete estupendo, olímpico, y además caballero de a pie, sin espuelas, capaz de aguantar aquel verso inolvidable de Federico cuando decía de Ignacio Sánchez Mejías, su torero bien amado:

– ¡Qué gran señor en la plaza! ¡Qué gran serrano en la sierra!

Y así lo debo decir. Le conocí. Buen padre, buen hijo, capaz de aguantar y de dar fe de aquello que su madre Cayetana, duquesa de Alba, me dijo un día en el palacio de Liria:

– No lo digo con frecuencia, pero a ti puedo decírtelo. Guárdame el secreto. Mi hijo más querido es Cayetano, -y añadió- aunque como madre a todos los quiero mucho.

Lo que sí es cierto es que Cayetano ha querido mucho a su madre y que le sigue guardando el recuerdo, con fuerza, que además se le nota y mucho, incluso en la cercanía con Alfonso, el último y gran amor de su madre, al que cultiva y con frecuencia se encuentra.

Hace unas horas tan solo, su hermana la duquesa de Montoro, Eugenia, a la que enseñó a montar a caballo, acaba de confirmar desde su sonrisa aún no perdida de niña que “mi hermano Cayetano ha mejorado mucho de lo suyo, pero aún debe seguir cuidándose”.

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Y es verdad. Cayetano, duque de Arjona y conde de Salvatierra, grande de España, grande de estatura, y grande porque a mí me da la gana, aunque a veces parezca áspero y fugitivo, tiene que cuidarse. Se le nota en la cara que lo ha pasado mal, ha adelgazado bastante, y está pálido, el que siempre tiene el buen color del sol de la tierra, porque además, y lo demuestra, gusta más del campo que del mar.

Tanto es así que ha atravesado momentos difíciles con los labradores de su geografía, y de todos ha salido, como debe ser, con el ejemplo y sobre todo dialogando, porque hablando se entiende la gente. Los productos de su campo, sus fincas, los ha lanzado incluso a los más difíciles mercados con el sello de su casa. Ahora está preparando nuevos y valientes, modernos, frutos de su cosecha. Sobre el surco sé que se siente mejor que a bordo de ningún yate y que en sus casas de campo siempre prevalece el buen gusto y una cierta campesina y noble querencia de eso que da la tierra, a la que yo también pertenezco desde que vine al mundo hará ponto, de seguir así, un siglo, más o menos.

A la que fue su esposa, Genoveva, la conocí un día en una cena inolvidable en la casa de ¡HOLA! y me gustó. Una dulce mexicana, adorable, casi una niña a la que a veces saludo en la estación. Tiene muchos deseos de que la conozcan de verdad, y me da la sensación que está buscando un hombro definitivo donde descansar su dorada cabeza.

Siempre está ahí en la cresta de la ola, aunque a veces me da la sensación de que prefiere escapar de la fama. A mí me gusta mucho verla llevando de la mano a alguno de sus hijos. Escribe con gracia, y estos días se ha ocupado con amor de su ex, Cayetano, al que ha ido a visitarle incluso a alguno de los hospitales -es un peregrino del dolor- en los que ha sido internado, para combatir en directo y con urgencia de su intestino averiado.

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También hubo en la vida sentimental de Cayetano más de un amor sin fortuna. No sé lo que pasa con él, porque en el fondo es un gran tipo, aunque a veces en la forma parezca altanero y distante. ¡Ese sí que tiene un buen libro que escribir!

Cuando viene a Madrid, generalmente desde el sur, aunque es un viajero de Europa y del mundo, se hospeda, creo, en Liria, que se va abriendo poco a poco a los visitantes. Le veo mucho, con su pantalón vaquero, a veces con un chaleco de lana verde, pocas veces, muy pocas, con el sombrero cordobés, y eso sí, con sus votos de jinete. Le gusta leer, escuchar el flamenco bueno y hablar con sus labradores, sus capataces, sus compañeros del huevo frito con pan de pueblo. Es aún joven, le deseo toda la suerte del mundo. Se la merece.

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