Carlos, marqués de Griñón, ¡enhorabuena!

No todo el mundo puede decir lo mismo. A ver si no. He vendimiado en su casa de Malpica en una noche de luna i-nol-vi-da-ble.

Me había dicho el Marqués:

– Te aseguro que el vino sale más bueno, los franceses, no todos, lo hacen con frecuencia. La uva de la que se hace el vino se recoge con más frescura, está más buena, menos atormentada por el sol en ese instante. Y el vino lo agradece.

Lo que pasa es que Carlos no sólo sabe mucho de vino, sino también de aceite. Lo sabe desde que su bistatarabuelo, el gran capitán Gonzalo Fernández de Córdoba, estuvo a punto de cambiar la historia de España, ya que debo decir y lo escribo, para que las palabras no se las lleve el viento, que la reina doña Isabel, la católica, ahora personaje de la televisión, estuvo sin duda enamorada de aquel gran soldado cordobés al que el rey Fernando prefería tener luchando por la Corona lejos de su castillo.

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Tal vez, también debo decirlo, don Carlos Falcó haya heredado mucho de aquel soldado que conquistó el corazón de una reina. Tiene Carlos, que a poco cumplirá los ochenta, si bien no se le nota ni desde cerca ni desde lejos, en poco tiempo, eso que se llama el señorío de la sangre, que es cosa que se hereda, aparte su escudo, corona arriba, grande de España, dos espadas cruzadas y ese Ave María de la historia y de la fe.

Carlos, en su casa del campo de Toledo, esa casona grande, sencilla, señorial, divina casa de un hombre humano, con los muebles buenos y humildes, sus  libros formidables, “que hasta a la piscina hice que la pintaran con el color dorado de la espiga, para que se funda con el campo, que para azul ya está el color alberca de Marbella”.

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Escribe y bien, estudió y mucho, colecciona atardeceres y se nos ha casado por ahora tres veces. Cuando la boda con Isabel Preysler, creo que alguna vez hablamos, no sé si en su casa de María de Molina frente a la embajada de Francia. Luego, alguna vez hemos coincidido en Málaga, donde una noche cenamos juntos, hablando de las tres grandes cosas del sabio más sabio:

De vino.

De aceite.

Y de mujeres.

Y espero que no sea considerado este triple tratado como machista. Sonriente, trabajador a tope, sabio emprendedor, valiente, padre de unos hijos formidables, por ejemplo de Tamara, que escribe aquí en la casa de al lado, bloguera y fuerte, ejemplar en tantas cosas.

¡Qué hermoso su castillo de Griñón junto al gran río! ¡Qué antiguos sus olivos, siempre del uniforme de la siega! Lo ha contado más de una vez. Cuando mi antepasado me enseñó un día la bodega con las tinajas aquellas de barro, enormes, llenas del vino a granel, supe, como cuando Pablo el apóstol se cayó del caballo, que ese era mi camino.

Estudió en grandes colegios de Europa, fue más de cátedras de empresa que de safaris, que también lo fue, y ha escrito un libro que he perdido en alguna mudanza, y que tiene un nombre rotundo, antiguo, culto y eterno. OLEUM.  Ahora dicen los que más le tratan, que está feliz, renovado, contento, con el amor de Esther Doña a la que veo en la portada de ¡HOLA! esta semana. Dice “la bella y misteriosa mujer” como avisa en los titulares de la buenísima entrevista de Roseta del Valle: “Carlos es el hombre de mi vida y sé que él piensa lo mismo de mí…”.

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Se lo merece, Carlos, marqués de Griñón, grande de España, marqués de Castelmoncayo, descendiente del Gran Capitán, ingeniero agrónomo por la Universidad de Lovaina, graduado por la Universidad de California, cofundador del Club Siglo XXI, presidente del Círculo Fortuny, y de los Grandes Pagos de España…

Brindo por ti, mi antiguo amigo, que ya ves que no me atrevo a llamarte “viejo amigo”, siempre vestido de campo. ¡Ay…! Aquel libro  que se llamó Entender de vino, español total, gran catador, y ahora también poeta espontaneo, felizmente enamorado de nuevo… ¡suerte campeón, mucha suerte, maestro!

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