Bien por la noche de los Goya pero, ¿donde está su cabeza?

La de Goya, digo. Sí, porque el genio aragonés está enterrado, como deben saber, en la iglesia de la Florida bajo los frescos que él mismo pintó, en Madrid, capital de España, pero que el cuerpo que guarda el gran secreto está decapitado. O dicho de otra manera, a poco de morir, en Burdeos donde vivía, abrieron su tumba y robaron del agujero, en una noche misteriosa, su hermosa cabeza, porque su cráneo era muy grande. Exagerado de tamaño, hasta el punto que hoy quizá con algo no diría yo que de desprecio sino de familiaridad se llama “el cabezón” al premio deseado que adorna alguna de las vitrinas de los casi siempre mejores de nuestro cine, cada vez mejor, y con más proyección en todo  el mundo.

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La historia, sorprendente, es esta que les cuento y que durante muchos años, desde hace otros muchos también, a la altura, no ya de la entrega de nuestros ya deseado Goya, sino cuando llegaba el aniversario de su muerte, el reportero que esto les cuenta se echaba al camino a recorrer siempre el último capítulo de la historia de este maño formidable que por fin encontró el pobre, después de mucho deambular por el mundo, eso sí, la manera de descansar del todo, aunque fuera sin cabeza.

Don Francisco de Goya y Lucientes, nacido en  Fuendetodos, cerca de Zaragoza, donde yo aparecía siempre por la misma fecha en el invierno, ya que murió en Burdeos, como digo más arriba, exactamente en la noche del día quince al dieciséis de abril de del año de gracia, o de desgracia del 1828.

Conocí a sus herederos, paseé por aquella casa fría, que creo será monumento nacional, y desde allí subía siempre hasta Burdeos, donde pasó los últimos días de su vida, hasta el final, con el pincel mágico en la mano y aquel sombrero que han querido inmortalizar los que llevaron al cine la apasionante historia de su vida, aquel sombrero digo, coronado de velas encendidas, porque al final de su existencia, además de estar completamente sordo, don Francisco solo veía sombras luminosas, se estaba quedando ciego de tanto pintar.

La historia más o menos es la siguiente, y abreviando por mi parte.

Años más tarde de su muerte, exactamente el 16 de noviembre de 1888, sesenta años después de su muerte, se removió su tumba, porque España, tan ajetreada entonces con tantos problemas interiores, pidió sus restos al gobierno francés para que de una forma final, se pensaba, descansaran sus restos en su patria de origen.

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Pero, ¡asombro y misterio a la vez cuando se mueve su tumba y se abre el féretro y aparece lo que aun resta del cuerpo del genio aragonés….!

¡Pero sin cabeza! Los correos, entonces a caballo, de las dos cercanas geografías de Burdeos a Madrid, traen la sorprendente verdad. El del cónsul de España en Burdeos avisa textualmente:

– El esqueleto de Goya no tiene cráneo.

Cierto, se tiene constancia de los dos documentos decisivos. El gobierno español envía la contestación a correo seguido:

– Envíelo urgente, ya. Con el cráneo o sin el cráneo. España lo está esperando.

La última vez que el cronista escribió del hecho increíble, fue en ABC hace no sé cuántos años. Se comprobó, pude saber, que el montón de huesos que llegaba de lejos, de Burdeos, en efecto venía sin cabeza, y se le dio sitio, desde aquel 1899, primero en la sacramental de San Isidro de Madrid, y finalmente, donde ahora está, desde finales del 1919.

Siempre sin cabeza, aunque había una tesis que de alguna manera arrojaba luz sobre aquel hecho del que se escribió mucho en su tiempo. Ya siendo, este que les cuenta, más que muchachito, en el mil novecientos cincuenta, los papeles hoy amarillos, a ver sabe Dios donde estarán, cuentan que de Burdeos no llegó solo, sino acompañado de otro esqueleto, este entero, un tal Martín Goicoechea, que además de amigo del pintor, era su consuegro. Cada uno en su urna de plomo y debidamente sellados por la justicia francesa y española.

Contaban en la mitad del siglo que se fue, que junto a las dos cajas duras, había un documento también sellado en el que se hacía constar, lamento no ofrecérselo exactamente, “que en el esqueleto del pintor no estaba su calavera ya que como se sabía y se reconocía por su obra, que debía estar dotado de una cabeza especial, un médico quiso estudiar si en la calavera había algo que la hiciera distinta de la de los demás seres humanos, y que de esta manera, su decapitación obedecía a un deseo de estudiar lo que podría encontrarse en ella, más aun la frenología, era la ciencia que en estas preguntas andaba, y había muchos sabios de investigadores interesados en ella.

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Cuando yo hice el primer reportaje, ya había frenólogos muy interesados en la materia. Con ellos hablé primero para informaciones, a toda página, después para Pueblo y finalmente en ABC. Era sin duda un tema que me inquietaba, y que aún me continúa emocionando.

Esta es la prueba, aquí me tienen contando la historia que hoy más que nunca tiene la actualidad y el misterio de su personaje. Sí les puedo decir que muy ayudado en Aragón, porque gracias a aquel gran médico, escritor y amigo Santiago Loren, pude saber más cosas.

Por ejemplo, que en el museo de Zaragoza se conservaba un cuadro, que representaba una calavera con los ojos vacios, sin la mandíbula inferior, grande, que había sido pintada veintidós años despues de la muerte del pintor, por Dionisio Fierros, y que demostraba que alguien había tenido escondida aquella pieza de indudable valor en esta historia.

Por lo que pude comprobar, no solo estaba firmado el cuadro por Fierros, sino que había sido avalada la autoría con otra firma autorizada, de gran prestigio entonces, el marqués de San Adrián.

Ya se había puesto en marcha el comentario, no autorizado, de que Goya había pedido, personalmente antes de morir, en su agonía, que deseaba que  “luego de exhalar el último suspiro, se desprendiera de su cuerpo la cabeza, y que fuera enviada en secreto a Madrid, y que encontrara reposo al lado de la mujer a la que tanto amó, la entonces Duquesa de Alba.

Más de una vez, cuando escribíamos juntos su primer libro de memorias, que contó con su “bendición”, pregunté a Cayetana si sabía algo de aquello que ya era una leyenda. La Duquesa, la Gran Duquesa, me contó más de una vez, en la playa del sur, junto a su casa hoy de Eugenia o en su estudio de Madrid donde me pintó el cuadro del caballo y el caballero, que conservó como una pieza única y querida que no se podía demostrar ni siquiera que el cuerpo de la famosa Maja Desnuda, fuera de su bisabuela -sí, el rostro-, y que incluso a ella personalmente, que había estudiado a fondo “el posible romance de Goya y Cayetana a lo largo de los años”, le parecía que el cuadro que más le gustaba a su antecesora era el de la Duquesa en pie y vestida de blanco riguroso. El nuevo duque de Alba, Carlos, aseguraba ayer mismo en el periódico que ese era sin duda el cuadro que más le impresionaba de cuantos tenía en su casa. En lo que es en Liria la colección de los Alba. Eso sí, Cayetana, valiente siempre, respondía así entonces a mi pregunta:

– Cayetana, ¿te habría gustado que te pintara a ti Goya?

– Vestida y desnuda, lo habría hecho con mucho gusto.

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Como les cuento. Sí, les pudo decir, añadiendo lo que son los últimos datos sobre este misterio, que incluso llegué a conocer personalmente a un descendiente directo del pintor Fierros, quien amablemente me descubrió que quizá un  hijo del pintor se llevara la calavera auténtica, que había servido de modelo a su antecesor, a Salamanca donde estudiaba medicina. ¿Hasta dónde el mito, hasta dónde la realidad de esta historia apasionante?

Sí les puedo decir que entrevisté en su día al que era el último descendiente por ahora de Goya, creo que en su casa de Zaragoza. Todos aseguran que Goya no está entero desde poco despues de morir. Aunque una señora ya muy mayor me contó en Aragón, en algún lugar de las Cinco Villas, que ella sabía que don Paco, así me dijo, había sido enterrado con su cabeza en su sitio y añadió que era la anciana muy grata, “que donde de verdad el pintor perdió la cabeza, la suya, fue en su amor por aquella duquesa fascinante. La de Alba”.

También se ha sabido que al hijo del pintor una noche de Salamanca, le robaron algo que llevaba en los bolsillos de su chaqueta. Un puñado de huesos humanos muy repartidos. Por lo que dicen el joven, había ido regalando o vendiendo aquella rara y cara mercancía, asegurando que eran huesos de la calavera de Goya.

Hasta aquí la historia. Creo que ya se ha hecho una película sobre el tema, en blanco y negro. Creo, también, que podría ser una serie de televisión única, aunque ya se hizo algo parecido en Italia, con Rabal de protagonista. Y también que el año que viene por su trabajo bien hecho, mereciera una de las cabezas de Goya de la noche grande del cine español.

Aunque cada una de estas galas, de alguna manera, brillante eso sí, recupera para la historia de aquel genio ni más ni menos que su cabeza. Su corazón, en cambio, es imposible recuperarlo. Estaba en otro sitio, probablemente al sur donde vivía su gran amor, aquel que sordo como estaba, y ciego, conocía cuando llegaba a su estudio sevillano, que lo tenía, por el sonido de las ruedas del carruaje de la Alba, y su perfume de jazmín, según cuenta la leyenda.

Y Cayetana, la gran Duquesa, se atrevió el día que la premiaron en la Academia de Bellas Artes de Sevilla con el título merecido de académica, dio su lección “magistral” sobre el tema. Yo estaba allí, junto a mi compadre Curro Romero y su esposa Carmen. Fue la última vez que besé la mano, que tan bien se elevaba al aire bailando las sevillanas, a la dama española que tenía más títulos que la Reina de Inglaterra.

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