Alejandro Sanz sigue siendo Alejandro Magno

Si ustedes consultan la biografía apasionante de Alejandro Magno, aquel rey lejano, poderoso, legendario, podrán comprobar que era también llamado “El Grande”.

Así que es cierto lo del titular. Primero, porque nuestro Alejandro Sanz, nada más romper a cantar, casi de niño, se llamó Alejandro Magno, según me cuentan los más cercanos, y segundo, por una razón fundamental. Porque después de lo del otro día en México, cuando se bajó, guitarra en mano de única arma, al patio de butacas a protestar ante un bárbaro, y que perdonen los bárbaros, que estaba agrediendo a una mujer, la suya, entre el público, nuestro Alejandro Sanz, valor y amor al mismo tiempo, se convirtió por otra vez más “en el más grande” sin lugar a dudas.

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Eso le ha actualizado de nuevo, aunque sigue vendiendo millones de discos. Lo que haga es pan tierno y caliente, enseguida se acaba. Además Alejandro Sanz canta cosas que te emocionan, que tienen una buena letra, una música grata y lo que es mejor, que salen de su alma de artista.

Como su padre, andaluz total, él lo es en gran parte, nacido en Algeciras, como su madre, que era ni más ni menos que de uno de los pueblos del nombre más bello de España. De Alcalá de los Gazules, en la ruta de los pueblos blancos de la serranía de Cádiz. Les quiero decir que cuando aún vivía don Pablo Neruda, el poeta premio Nobel, al sur de Chile, en su casa de Isla Negra, yo le visitaba por ver si se me pegaba algo, y le llevaba algunas cosas, a saber. Una botella de anís, de Rute, de las que tenían forma de torero, algo de chorizo, jamón incluso, que me costaba gran trabajo pasarlo por la aduana. Como cuando a Sofía Loren estuvieron, a punto de meterla en la cárcel cuando en el aeropuerto de Nueva York, creo, la detuvieron porque llevaba sobrasada italiana en la maleta. Perdón, era mortadela.

Y además, eso siempre, le llevaba a don Pablo hasta allí al fin del mundo una lista de pueblos españoles con nombres lindos. Y así,  una vez le hablé de aquel blanco, blanquísimo, que se llamaba Alcalá de los Gazules.

Y Neruda, envuelto en su poncho de lana de vicuña de los andes cercanos, me respondió sin necesidad de consultar su agenda:

– Lo tengo, ese lo tengo, joven.

Porque yo era joven entonces.

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Bueno, pues de ese pueblo de nombre tan poético, aparte de bello en su paisaje y su paisanaje, era la madre de Alejandro Sanz. Valiente don Alejandro, porque hizo lo que tenía que hacer, y recibió la más grande ovación de los tiempos que lleva asomándose al público siempre, siempre con el éxito en el bolsillo de la camisa o del chaleco. Porque de chaqueta pocas veces va, y hace bien, que para eso tiene creo que cuarenta y cinco años. Él ha nacido en Madrid, chico de barrio popular, y es cantautor desde el vientre de su madre. A mí, entre todas sus canciones, la que me gusta más que ninguna otra es Corazón partío, quizá porque corresponde a una forma de vivir que me es habitual.

Tiene a estas alturas, no sé si casi 20 premios Grammy, millones, pero millones de discos vendidos en todo el mundo, y goza de una popularidad distinta al famoseo, otra cosa bien distinta. La gente le quiere mucho, y de frente, ha tenido de distintos amores cuatro hijos, y uno de ellos ha nacido en el corazón del reino de la cereza, que es Jaraíz de la Vera, donde tiene casa y tierra, y donde a veces se esconde para hacer música en un viejo almacén de tabaco que en su día convirtió en magnífico estudio de grabación. Sé que le gusta mucho vivir allí, cerca del pueblo donde nació don Juan de Austria, el hijo del Gran Rey, que ahora tanto sale en la televisión, si bien en series históricas de mucho tirón.

También está su casa de campo, cerca de Yuste, el castillo monasterio, donde vivió y murió el emperador Carlos V, y donde un día, servidor, y tengo que recordarlo, forzosamente, recibí el título inmerecido de Caballero, que conservo en lugar de privilegio aunque ahora mismo no sepa dónde está.

Lo que sí es cierto es que don Alejandro Magno, el nuestro, de vez en cuando visita a su cercana amiga, Ana Rosa, que tiene también campo en el hermoso valle de las cerezas, donde además hace un aceite excepcional, y de eso sé un poco por mi nacimiento en los montes orientales de Granada.

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Ha viajado por todo el mundo, siempre buscando nuevos sonidos con su alma de vagabundo y la guitarra a mano. Canta con quien se lo pide, y tiene un hilo directo con el personal. Un día me dijeron:

– Canta para las mujeres, pero los hombres le adoran.

Cierto. Me apunto a la definición. No le conozco personalmente, si bien mucho a través de gentes cercanas, aparte de que en mi casa, que es la suya, está en toda la familia. Se le escucha con veneración. La verdad es que siempre hay en él un punto de discrepancia, de rebeldía, que me gusta mucho, porque cuando hay algo que le gusta, protesta con la guitarra sonando o con la guitarra como un kalasnikov de la música como ha ocurrido en México, o también en Venezuela, donde discrepar te puede costar un disgusto.

Bien por Alejandro. Cantautor. Poeta. Guerrillero del sonido. Su disco último, por ahora, se llama Sirope, que es para que ustedes lo sepan, un dulce vital, hecho a base del zumo de un viejo árbol americano, que se llama así, sirope. También ha vuelto a grabar en el viejo vinilo. A ver si tengo uno de cuando aquel de muchacho hizo no sé si Más. Gracias por tu valor reconocido, héroe, que eres un héroe…

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