Tamara Falcó, mucho más que glamour

No tengo el gusto de conocerla personalmente, aunque creo que era aquella niña bonita que un día acompañaba a su padre, mi viejo amigo el marqués de Griñón, Fernando Falcó, en la vendimia de noche de su casa de la provincia de Toledo, cuando Fernando, al que yo respeto y admiro mucho, me confesó bajo su sombrero de cazador de estrellas siderales:

– Los franceses también vendimian como yo hago, por la noche, y no es por una estampa publicitaria romántica, sino porque a estas horas y bajo la luna, la uva esta más viva, menos angustiada que bajo el sol de mediodía, los mejores, los de Burdeos.

Era además de una definición poética, una certeza.  La culminación de una manera de hacer bien las cosas.

Sí, creo que era ella. No hay más que buscarla, seguro que sí, en las páginas de ¡HOLA!. Lo que sí les puedo decir es que de siempre he sentido por esta criatura, que está aquí bien cerca en su propio blog, visitadísimo, mucho más que el mío, una especial cercanía. Incluso sin haberle dado, que yo recuerde, siquiera la mano un día.

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Pero mi hijo, Nacho Medina, acaba de llevarla hace un par de días -el sábado pasado por la noche en Cuatro a la hora prime time, de las nueve y media en su primer programa Soy noticia-,  hasta ese convento juvenil, abierto, aunque es de clausura, y donde hasta boxeó con una de las monjitas que había sido además pugilista de cuadrilátero, de verdad, aunque la que le dejó K,O, fue esta sensacional muchacha que sonríe con timidez, pero que es más valiente que muchas de las que se creen dueñas del valor infinito.

Y que es Tamara, que sin maquillar o al menos maquillada solo para la sorpresa, estuvo de acuerdo en acompañar a Nacho, veterano ya en las tareas de lo sensacional, lo nunca visto en el mundo de la televisión. Por ejemplo, Callejeros, Callejeros por el mundo, Hola, ola, o la primera serie sorprendente de Frank de la Jungla, al que dirigió y acompañó durante seis meses difíciles, terribles, por las selvas de oriente, desde Tailandia, hasta Camboya…

Pero ahora está feliz, él, que busca sobre todo la historia que nadie contó, porque ha conocido a Tamara en su versión más íntima, más personal, más ver-da-de-ra. Porque el ser humano -y se lo dice a ustedes como ya saben un especialista en la materia- he hecho más de cincuenta mil entrevistas, sí, ¡50.000!-, es como aparece, sí, pero también como es de verdad.

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Por eso Tamara, a sus treinta y cuatro años, es una sorpresa. Ha vivido, y mucho, y ha aprendido más. Y todo porque bajo el oropel, sí el oropel, de lo que se ve, esconde el  espíritu formidable de una  tía, sí, una tía, hecha y derecha.

Su presencia el sábado pasado en Soy noticia, ha causado sensación. Estamos acostumbrados a verla en lo que parece su mundo, su universo, pero ya se definió en aquella gran entrevista en el país, en la que confesó.

– El mundo es un valle de lágrimas aunque vayas vestida de Dolce y Gabanna.

Más que una definición, es una declaración de fe, es talento puro elevado a la categoría de la verdad. Tiene talento, aparte lo que se ve, tiene talante, y se sobrepone a lo que le ocurra, porque su vida es mucho más poderosa que una “niña bien vestida que va por la vida fugitiva de sus propios deseos huyendo de la realidad que le rodea”. Es verdad. A mí me ha sorprendido y mucho. Y he querido saber de ella, mucho más que una princesa enjaulada en la cárcel de oro de una casa, en la que hay trece cuartos de baño, la casa de su madre Isabel Preysler, uno de los personajes más sorprendentes e importantes, del planeta en el que vivimos.

– Bueno, eso no es verdad- respondió al periodista que le preguntaba- no son trece, sino catorce los cuartos de baño que hay en la casa de mi madre.

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Experta en la comunicación, su forma de expresarse, ha merecido casi un tratado de maneras distintas. Lanza palabras de acero, dentro de la seda más exquisita. Parece que está llegando, pero la verdad es que está de vuelta. Ella misma ha confesado que conoce todo tipo de experiencias. Ha salido y entrado con un puñado de chicos, de tíos, que conocen el mundo como nadie. Viaja hasta la América de la moda, como la que va a la casa natal de Plasencia.  Ella misma cuenta que un día que le pidieron un currículum para no sé qué, y su padre, al que pidió consejo, le trajo dos tomos heráldicos de más de mil páginas, porque había raíces, ya en el año mil dos cientos. Escribe Tamara con gracia, y no tiene novio, como dicen en las ferias cuando se presenta a una miss bonita.

Habla inglés, francés y lo que le echen. Es curiosa y amorosa. Tiene el estilo natural de lo que ni siquiera se hereda, porque se tiene o no, cuando se viene al planeta. Es valiente, aunque parezca retraída, y estoy deseando, pero ya, conocerla. Aparte de que su madre, a la que quiero mucho, ha sido la única persona que me ha dado las gracias por lo que escribí en este mismo blog hace tiempo, donde ya han aparecido más de cien personajes importantes, brillantes, fa-bu-lo-sos.

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A las cinco de la tarde de un día de primavera sonó el teléfono y al otro lado, aquella voz inconfundible fue y me dijo:

– Soy Isabel, te llamo para darte las gracias…

Ni su apellido me acompañó. No hacía falta. Eso tiene esta mujer, que sabe de casi todo, y que ya es sabía del difícil y hermoso, mundo de lo que se lleva y lo que no se debe llevar, que son dos cosas distintas.

El día, que acompañó a mi hijo Ignacio, llevaba solo un bolso colgado del hombro, y ni una sola joya encima. Podía haber llevado una cruz, que es algo que está ahora muy de moda, como collar, como pendiente, como tatuaje incluso, y el que llevaba era por otra razón distinta. La cruz la llevaba dentro, y no sobre la piel del corazón -que se ha demostrado últimamente, que el corazón, no es más que un motorcillo que mueve la sangre, pero quien manda en el corazón, es el cerebro, la cabeza, ciertamente-. Por eso Tamara es tan importante, porque es bonita sin llamar la atención, pero también es inteligente,  viviendo sola, en compañía, en un baile o en un convento.

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Me gusta Tamara Falcó. Hasta hoy, o mejor dicho hasta ayer, era la nena que escribía cerca de donde el viejo druida recordaba en voz alta, sus combates, mostrando a veces, sus heridas, sus cicatrices. Desde este fin de semana, soy el viejo del visillo que mueve la ceniza de la chimenea de piedra donde ve que arden, y se consumen, sus álbumes de fotografías.

Gracias niña Tamara, que vales más por lo que callas que por lo que dices. Y gracias también por tu lección de fe viva,  joven, valiente, luminosa, en este mundo de sombras en el que estamos.

A ver si nos vemos un día de estos y nos tomamos unas copas. Estoy deseando conocerte, personalmente digo, porque ya sé quién eres, que no hay nada mejor para conocer a un ser humano que saber cómo escribe, cómo está, y cómo es…

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