Rafa Nadal, olvidamos fácilmente

No hay derecho, mis queridos amigos. Ayer, arriba más que arriba, en lo alto, y hoy ya estamos rompiendo su retrato. Ajustándole las cuentas. La última derrota del mejor deportista español de todos los tiempos, según hemos dicho, porque él lo demostraba siempre, en Australia, frente a Verdasco, también español como saben, ha sido suficiente, bastante, para que de la noche a la mañana olvidemos cuanto ha representado, ¡ojo!, y representa, porque lo ha demostrado siempre, alguien que no ha hecho otra cosa que ofrecer a su país, a su sitio, a su geografía, una vida ejemplar, no solo en el deporte sino en sus propia intimidad.

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Siempre hemos sido así, ayer el trono de oro, hoy la negación del pan y la sal. No tenemos razón. Durante años, este excepcional español nos ha dado a su gente y al deporte en general más que razones para el orgullo legítimo, y lo que es más importante, ha hecho mucho más importante lo que se ha dado en llamar “la marca España”. No he querido, no tendría sitio por más generosa que sea esta casa conmigo en mis opiniones o en mis razones, para tratar de resumir en un solo día todo lo conseguido por Rafa Nadal, no solo en su oficio, raqueta en mano, como en su propia y personal forma de ser y de estar. No se puede dejar de ser el mejor para convertirse en el peor de la noche a la mañana. Somos así.

Rafa no es un desastre. Nunca lo va a ser, aunque vaya perdiendo poco a poco, como Dios manda que se dice, las facultades físicas. Me da pena verle cuando cae rendido ante su propia exigencia. Normal, lógica. No diría yo que hemos de ayudarle, aunque esté atravesando un largo mal momento. No se puede ganar siempre, campeón. Hay que saber apoyarse, adelante, adelante, en lo que es su propia historia.

Manolo Santana, que también fue mi amigo, porque a ti, perdona que te tutee pero puedo ser tu abuelo, no he tenido el gusto, la satisfacción, el honor, sí, el honor de conocerte, pero sí que lo veo en los ojos de mis hijos, de mis nietos, y en el latido de mi propio corazón y mi sentimiento. Somos así, por lo general campeón, la auténtica perla de Manacor, como he escrito tantas veces, en esa ciudad de las perlas. Sigo tu trayectoria, paso a paso, en la cumbre siempre, y hasta en la lógica, sí, la lógica, la natural derrota, que aunque sea verdad, es dura.

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Los grandes, y te lo dice un experto en grandes, y más en lo que se refiere a los gigantes físicos, se agotan. Se agotan por la imperiosa necesidad de su propio esfuerzo inaudito. Que tu talento personal emerja con fuerza en estos días de lógica tristeza. No tienes que arrepentirte de nada, campeón. Si acaso tendríamos que hacerlo nosotros, por nuestro trato de ahora. Nos diste siempre más que te dimos. Y lo hemos hecho con causa justificada. Me gusta por eso Xisca, esa hermosa criatura que te acompaña, tu tío, entrenador, tus padres, tu familia que está contigo, porque siempre has sido humilde en la gloria, sé ahora de piedra preciosa, cuando lógicamente se inicia el crepúsculo, termina por fin tu vieja casa mallorquina, viaja por el mundo, da conferencias, juega cuando te dé la gana, y no me atrevo a decirte que no te vengas abajo, aunque te haya derribado, por una vez un amigo, un paisano y un compañero.

Vas a cumplir treinta años, ya no caben más trofeos en tus vitrinas, hasta mis nietos llevan ya los calzoncillos que anuncias, eres más que una marca, una verdad, un hecho cierto. Nada tienes que demostrar, si acaso, ahora y poco a poco, que te queda mucho tenis que jugar, tu aguante al caer de la tarde, tu otoño, después del verano y la primavera que no vuelve.

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Adelante, que si hace poco, aun con el Rey emérito en su sitio, pedía que a ver si era posible que un día te hiciera, como ha hecho con otros, por lo menos si es que no lo hay ya, Marqués de Manacor, y aunque ahora no es tiempo para marqueses, que te haga, nuestro Rey de ahora Felipe VI, como poco, Conde de Nadal, que nadie se opondría al nombramiento.

Te lo mereces, aunque mira lo que te digo, ¿sabes qué? Pues que ya eres rey, emperador, en el deporte español. Quiero verte en el suelo, casi  crucificado, cuando después de la victoria, con tus dos muñequeras, tras el grito de guerra y de victoria, yacías en el suelo dorado de la pista batida, con tu raqueta al lado como una espada del gladiador caído, pero no roto, y menos ahora, ahora menos que nunca. Porque hay cosas que no se pueden olvidar de la noche a la mañana, mucho menos cuando no se quiere ni se debe olvidar. Lo que fuiste ayer mismo, y a lo mejor, mañana.

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