Querido ‘duque blanco’, te echamos mucho de menos

De pronto, se nos fue David Bowie, cuando ya habíamos enviado “la resurrección de una leyenda” ayer, Elvis Presley.

Hoy -así es la vida, o mejor dicho, así es la muerte- todo el mundo, pero todo, incluido el Papa Francisco, sí, el Papa Francisco lo ha recordado a este otro que se fue, a David, del que puedo escribir esta frase que no se me va de la cabeza.

“El casi divino David no pudo, como cuenta la leyenda bíblica, al gigante Goliat, ni con la pedrada de su mágica música”. Cierto. Ni la música puede con el cáncer, que no sabe de esas cosas. Maldito sea, que no sabe de nada ni de nadie, aunque se le estudia tanto.

2

Todo el mundo, todo, habla del duque blanco; como se le llamó entre otras cosas. Porque de él, de aquel  niño pobre que nació en un barrio de Londres hace sesenta y nueve años, se han usado todos los adjetivos, el de duque blanco, a mí particularmente, aunque tal vez sea demasiado romántico, un punto literario, es el que más me gusta. Por que se le ha llamado:

El extraterrestre.

Bi.

El más creador de todos los creadores.

El barroquísimo.

El enorme payaso musical.

El que eran dos a la vez.

El planetario.

El…

Quizá se pueda resumir todo lo que él se dijo, aunque se han escrito que se sepa cuatro biografías, y las que nos esperan, en una frase que le mismo algún día.

– ¿Lo que deseo ser, me preguntas? Deseo, quiero, lo quiero ser todo.

– ¿Pero todo al mismo tiempo?- Se atrevió a preguntarle el periodista.

Y el, respondió categórico, haciendo lucir sus ojillos de gran áspid, con perdón.

– Lo quiero ser todo, todo.

Y se fue moviendo al aire la melena falsa de oro pintada. Porque se vestía de todo, con la misma voz de siempre, cantaba el nuevo pop, se ha escrito, sin embargo que lo mejor son sus letras. Para saber de él, poeta inmenso, lo mejor son sus poemas escritos.

1

Inmenso creador de su propio personaje. A pie de su cama, los últimos treinta años, esa mujer de ébano, bellísima, que fue la modelo aquella que nos fascinó. Aquella que subió a la pasarela a las mujeres de piel oscura, en la que sólo resplandecía la blanca piel de nieve de las mujeres blancas.

Debo decir que le conocí, incluso le estreché una mano llena de anillos, flácida, sin gana, no me hizo ningún caso en aquel apartamento sobre el Central Park en el que vivía una española, bonita pero de peso, que me quería presentar a uno de los del Cóndor Pasa, al que conocía personalmente y yo deseaba conocer para agradecérselo.

Y estaba David, el inglés tapizado, de cabello como el fuego, melenita, que me tendió una mano hacia abajo, como para que se la besara, como si fuera un clásico del renacimiento o una vieja, joven dama de la Venecia que se hunde. Perdonen por el estilo, que hoy corresponde al personaje que recordamos. Toda Inglaterra, el planeta Tierra, hoy le tiene tatuado en la frente. Muchos en su corazón. David era grande. Incluso haciendo cine en aquellas películas que se hicieron para él. Era contradictorio, rebelde, te miraba con la fiereza de un leopardo, nunca domado, fue fabuloso, rompedor, creador, y no solo en la canción, sino en todo lo que tocaba.

Alguien ha escrito que no había nacido en la tierra, sino que era hijo del cielo, una mezcla entre el ángel vengador y belcebú. Incluso fue muso de la movida mandrileña a la que vistió con su raro uniforme, a veces de alguna forma puede decirse que Alaska, la Olvido de entonces, le permanece, abusó de su vida, hizo lo que le dio la gana, echaba por delante su deseo, la lógica no existía, porque solo deseaba salirse del marco. Era un ambiguo maravilloso. A veces parecía la más femenina de las mujeres absurdas, a ratos incluso, el  gánster más exquisito,  con dos pistolas, eso sí, de platino, en su chaleco. Era extravagante, inmenso, y solo Imán que imantaba pudo domarlo, no del todo, al final de su vida.

3

Tuvieron una niña, que por lo visto ya prepara “todo lo que no se sabía de mi padre”. Era un marciano, un loco maravilloso, alguien que no negaba a lo que  decían que había dicho, aunque no lo hubiera dicho su vida está llena de geniales despropósitos, pero a la vez, estaba la verdad de su música, clásica y revolucionaria, única. Dijeron de él, que era el hombre más bello que jamás se había visto sobre la piel de la tierra y también que “parecía emerger de los infiernos con una guitarra de plata en la mano”.

Gran pieza para periodistas expertos, estos días llorando, hasta el final, floreando en los medios, todo el mundo que de él ha escrito estos días, lo ha hecho con la tinta de sentimiento porque si estabas ahí, a su vera, terminabas con una estampa suya en el bolsillo. Los expertos, en especiales, lo tienen inscrito en la categoría de especiales-espaciales.

A veces se ponía un brillante en una oreja, la izquierda, a veces dos, derecha e izquierda. Aquella historia de “el hombre que cayó de las estrellas” dio la vuelta al mundo. A veces hacia d cazador, a veces de pieza. Sus excesos fueron considerados como habituales, sus saltos al vacío, en todos los caminos, con todas las rarezas, se convertían en objeto de culto de sus leales. Pero se  quemó su vida en un holocausto diario. Al final, y quiero acabar esta hoguera de palabras en la que no acudí a otro internet que a mi sorpresa, mientras escucho una de sus creaciones. No sé cuál,  tal vez, no sé inglés de una forma correcta, Space Oddity, que incluso no sé si está bien escrito.

4

Fue una odisea, un glorioso esperpento, y de pronto, la factura. Aquel que se inventaba cada día, se puso una gorra de taxista inglés, unos pantalones sucios, y se tomó, decían un tiempo, un año, quizá un  siglo, sabático. Electrónico, salvaje, sorpresivo, se dedicó, a vivir sencillamente. Dios le había dado un toque en el hombre.  Era más que un rockero rico, era como un profeta de paisano, decían que mejor incluso de aquel al que yo llame, en exclusiva, profeta en su tiempo. El Beatle en Almería.  Cuando le llegó la trompeta final del cáncer, ya tenía el corazón herido.

Era millonario en discos, en libras esterlinas. Nada se supo de él durante mucho tiempo, si acaso en una foto última, con gafas oscuras y una bolsa de los grandes almacenes en una calle de Nueva York, donde también tenía una casa, claro. En su último disco, que se ha agotado nada más salir, ya en el vídeo de promoción, lo hacía desde una cama de hospital con unos ojos de cristal y acero, sobre la venda que cubría su cabeza indiscutible. Parecía un rugido del león agonizante, pero no, era el último grito, como diciendo lo que ha ocurrido de verdad, su testamento final. “muere David Jones, lo siento, pero el que sigue vivo es David Bowie. Espero no me olviden. Y si me olvidan, peor para ustedes”.

Eso diría, y llevaba razón, porque Bowie es inmortal. Durará lo que duren las estrellas del cielo.

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