Matías Prats, hijo, que no te importen las gafas negras, maestro

Las llevaba tu padre, mi viejo amigo, de verdad, de verdad, el maestro de toda una generación. Es por eso Matías Prats Luque, hijo de Matías Prats Cañete, que te escribo este blog. ¡Le debo tanto aún a tu padre!

Fue mi amigo, de verdad, y tú lo sabes. Mira, que aunque solo sea con un ojo, verás. Si hubiera un museo de los grandes, de Córdoba, incluso de España entera, de los monstruos de la comunicación, en una vitrina especial, espacial, tendrían que estar las gafas negras de tu padre, mi maestro.

Le debo mucho, más que dinero. Cuando yo llegaba a la televisión hace tantos años, que soy académico fundador, tu padre que ya estaba, haciendo los deportes, como nadie los hizo nunca, nunca, resulta que un día va, se quita el abrigo que llevaba y me pone una mano en el hombro diciéndome:

-Joven, haz lo posible, aunque sé que te costara mucho trabajo hacerlo porque eres del sur como yo, aunque tú eres de Granada y yo soy de Cordoba, que no se te note el acento, porque los primeros días se nota mucho.  A mí también me costó mucho trabajo en su día cuando vine a Radio Nacional, porque por si fuera poco, soy de Villa del Río, y tuve que tener mucho cuidado. Tú estudia, intenta que no se te note, que vienes con el pelo de la Dehesa y muchos no te lo van a perdonar.

Como me dijo, como me aconsejó, lo hice hace más de cincuenta años. Y aquí me mantengo, aunque a veces se me nota de dónde vengo, a mucha honra, y a dónde voy.

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Y eso hice, y me fue muy bien. Pero aprendí desde entonces mucho de él. Luego hemos crecido juntos, o por lo menos yo. Fíjense, estuve por recordar un dato solo, el día que nos hicieron matanceros de honor en las tierras de Salamanca. Aquello fue un día grande, y nos hicieron con Florinda Chico, a la que estuve a punto de reunir sus recuerdos en unas memorias, que habrían sido inolvidables.

Lo pasamos muy bien aquel día y además, Matías en el coche de ida y de vuelta, fue dando consejos que me hicieron mucho más eficaz en mi oficio. Era Matías, tu padre, un sabio, de corazón ancho, humilde, aunque todo el mundo le conocía y le admiraba, y estuve por si fuera poco, aquel día que estrenaron en el Churrasco de la Judería de Córdoba, en aquella terraza con la Torre de la Mezquita al fondo, un pasodoble que se llamaba así, Matías Prats, la voz de Andalucía, incluso otro para mí, que desde aquel día no lo he vuelto a escuchar porque nació brillante, pero extinto.

También, Matías padre, Matías abuelo, en este caso, porque ya Matías Prats Luque tiene un hijo que se llama Matías, como sus dos antecesores y que es un formidable reportero deportivo. Bueno, pues un día le llevé hasta la plaza de toros de Los Califas, una de las plazas de toros con más historia del mundo, y le hice torear, bueno, torear, dar un pase al toro de la memoria, con un capote de brega.

Te diré, compañero, que se dio en un retrato de los que yo hacía por el mundo para Antena3, donde tú eres profesor, pieza fundamental y maestro. Ahí está, y el pase se llamó La Matina y lo hizo con garbo y poder, como corresponde a quien hizo las mejores entrevistas, también, del planeta de la Fiesta Nacional, en su momento. ¡Ay aquella foto con el micrófono en la mano en el burladero, los dos de perfil, tu padre y el otro monstruo, Manolete…!

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Bueno, pues, que hace unos días, y en ¡HOLA!, Matías Prats Luque, el rostro y la voz de los informativos de la gran casa en la que yo aprendí tanto, tanto, se sincera y descubre de una vez por todas las razones por las que no ha vuelto a aparecer todas las noches en las noticias de la cadena. Y cuenta lo de su mirada, que ha sufrido mucho, y lo está sufriendo, por culpa de una lesión en un ojo. Algo que se ha convertido para él con el tiempo, aparte del dolor, en digamos, un calvario constante ya de muchos meses, incluso en la forma en que ha tenido que sobrevivir, sin mirar a la luz de frente, a través, eso sí, de un sistema de espejos.

Ahora, después de tenerlo todos los fines de semana, Matías va a volver a que lo veamos, lo sintamos, porque también es un sentimiento, con su doctorado constante, que le ha hecho ser, por encima de cualquier otra cosa, un maestro hijo de maestro, y quiera el tiempo que en padre de maestro también, que esto se hereda como el duende del que tanto hablo en mi contacto directo con ustedes mis veedores.

Recuerdo también aquel día que fuimos a ver la estatua, la escultura de bronce, que se iba a colocar, y ahí continúa, en un nuevo barrio de Córdoba por derecho natural. Era de medio cuerpo y muy buena, por cierto. “Solo le falta hablar”, dijo alguien, que estaba en el estudio del artista. Y Matías fue y sentenció:

-Bueno, y solo faltan mis gafas negras, sin las cuales no sería quien soy.

Y les mandó unas gafas suyas para que las copiaran. Y se hicieron en bronce, que si las que se le ponen son las verdaderas, la primera noche habrían desaparecido.

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Estos días veo a Matías con su madre, que es una guapa granadina, con la que a veces su hijo sale a darse un garbeo por el barrio madrileño donde vivía Matías, que a veces me indicaba:

-Si quieres una garrafa de mi aceite, de verdad, te lo dejo en la portería de la plaza de Conde Duque.

Se llamaba, si mal no recuerdo, El único. Como él, como tú, joven maestro, buena gente, al que quiere y necesita todo el mundo. Voz de aceite de oliva de tu pueblo donde está el entrañable museo de tu padre, y donde sé que de cuando en cuando te das una vuelta.

Ya lo sabes, permíteme, como tú dices, que te lo recuerde. Yo tampoco aguanto mucho la luz poderosa de los focos de la tele todavía. Fíjate que mi hijo Tico, subdirector de ¡HOLA! como sabes, me dijo un día una verdad como la mezquita catedral de Córdoba de grande:

-Padre, tú es que no tienes los ojos grandes, es que tienes los ojos gordos…

Y lleva razón. Que te molestan las luces del estudio, que te hacen daño, pues te pones gafas negras, como tu padre, y no pasa nada. Es tu voz, tu aire, tu enorme personalidad lo que hace que te escuchemos, y sobre todo, te creamos.

Un beso para tu madre, tan guapa, y un abrazo para ti, a ver cuando nos vemos y nos tomamos un salmorejo, que está tan de moda ahora en el mundo, mágico, de la cocina.

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