Marisol. Sí, Pepa, sí, la vida es una tómbola

Aquel día, y parece que fue ayer mismo, de primavera del cincuenta y siete, que tenía aquella niña vestida de gitana, dorada, preciosa, con una rosa de papel en el pelo y la mirada chispeante, hace ahora la friolera de casi sesenta años, en el estudio de Televisión Española, entonces en la avenida de La Habana, creo que en el número 47, le pregunté junto al periodista cordobés, Felipe Navarro, Yale, -por cierto, el padre de la buena escritora Pilar Navarro, que pronto hará aparecer su nuevo libro-  a una de las chiquillas que venían con el grupo de coros y danzas de Málaga, eso sí, con una tarjeta de recomendación de un buen amigo:

-Oye, ¿y tú qué quieres cantar?

La niña aquella, que ya tenía resplandor, se puso las manos a la cintura, me miró despacio y con valentía, y me respondió con un claro acento de biznaga, la flor oficial de Málaga, que nadie podía olvidar:

– Yo quiero cantar como Lola Flores, que es lo que yo quiero ser cuando sea mayor.

– ¿Y tú, cómo te llamas?

– Yo me llamo Pepa Flores, para lo que usted guste mandar.

Y cantó por Lola Flores. Está en los archivos de la Televisión Española. Una autoridad en la materia aquella niña, y además, mirando a la cámara, aquellos cajones de zapatos que tenían un ojo azul en la frente.

marisol2

Cantó inmensa. Ya con una voz flamenca, indudable, finísima entonces, con el quiebro del duende, que no la ha dejado nunca. Nos quedamos en cuadro. Sí, aquella niña era distinta, sobresalía de todos los componentes del coro que venían a la Feria del Campo de todos los años.

Estuvo colosal. Y no habíamos terminado de que le aplaudieran, los cámaras incluso, los técnicos, los componentes del coro de educación y descanso que le acompañaban, cuando apareció en un descanso el conserje mayor de la televisión única de entonces, de gris con sus entorchados en la chaqueta, dorados por más señas.

– Señor Tico, que hay una llamada para usted.

Ya entonces yo debía dinero, como Dios manda, cobrábamos creo que cuarenta duros, doscientas pesetas por colaboración, menos cuando nos multaban por algo de “salirnos del guión”, y la censura era implacable. O sea, algo más de un euro de entonces cada día.

– ¿Y quién me puede llamar a estas horas? ¿Ha dicho quién era, maestro?

– No, no. Ha dicho que se ponga inmediatamente. Que quiere hablar con usted enseguida.

Y me puse. Era cuando el estudio olía a tortilla de patata. Estaba la cocina al lado del plató, con acento en la “o”. No teníamos otro.

– ¿Diga?

– ¿Eres Tico Medina?

– Servidor de usted.

– Mira, nos conocemos ya, de otras veces, yo soy Manuel Goyanes, el productor de cine, ya sabes.

Cierto. Él era una figura ya en el mundo del espectáculo. Mandaba en el cine, era un triunfador.

– Tú dirás, Goyanes.

– Te llamo para decirte que a lo mejor no te has dado cuenta de lo que acabáis de presentar, ahora mismo, en vuestro telenoticias de hoy. Esa niña que es de Málaga y canta como nadie. Es un auténtico monstruo en todos los aspectos. Me gustaría ponerme inmediatamente en contacto con la persona que la lleve.

Claro que Pepa Flores, de Málaga, no tenía representante, no le hacía falta. Lo que sí les puedo decir, por hacer el cuento corto, es que cuando salió del estudio ya la estaban esperando. Poco después, aquella niña, sorprendente, que jamás se sintió sorprendida, con una personalidad extraordinaria, ya había entrado por la puerta grande del cine, de la canción, de la fama, de la gloria.

marisol3

Goyanes la contrató inmediatamente. ¡Y hasta hoy como quien dice!

Han pasado muchos años, pero no por eso ha dejado de interesar, más que eso, de emocionar incluso. Hasta hoy que vive en el silencio que desea, aunque todo el mundo la reconoce, primero con su hija en brazos, ya con el arte de interpretar dentro, ya actriz de cine, de televisión, de teatro, y después con su nieta en el carrito, ya como una abuela decidida y dichosa.

Tanto es así su interés constante, nunca apagada la luz de aquel primer día resplandeciente, que en estos días ya aparece en la portada de la revista Interviú como mi compañero Cesar Lucas, enorme fotógrafo, la retrató: desnuda y mirando a cámara hace tantos años, cuando España se abría al exterior.

La recuerda la gran revista en sus cuarenta años de vida. Es una joya verla, valiente, decidida, como siempre fue tras las sombras y las luces de su vida y de su oficio. Quiero decirles que tiene ahora sesenta y ocho años y que la he entrevistado después del descubrimiento no sé cuántas veces. Muchas, siempre desde la admiración y ella lo sabe. Más en el tiempo del silencio que de la gloria. En el brillo de la Marbella de entonces, de soltera, de casada con Carlos Goyanes, hijo del productor que la “descubrió”, o en, por dar unos datos tan solo, en aquella barca blanca que se llamaba la Alpargata en la costa de Alicante, cuando casada, por segunda vez, con el bailarín extraordinario Antonio Gades, o nos cuando hicimos un día a la mar… o en la taberna aquella de los manteles azules y blancos de junto al teatro en el viejo Madrid, donde bailaba Antonio…

Y después, el silencio. En cuanto que podía, ya siendo Marisol, bajaba hasta Málaga, su tierra natal, donde por fin hizo realidad el sueño de su vida, quedarse para siempre. Encontró un amor que la hizo feliz, y se escondió primero de sí misma, aunque nunca dejó de ser lo que fue. Siempre he dicho que me ha gustado tanto o más, en su silencio deseado. Sé que se le ha puesto a mano millones de pesetas, lo que quisiera, por su regreso. Y ella dijo que no, y cantando solo para sus hijas y sus nietas. Porque Marisol, que fue el nombre que se eligió para ella, un acierto, aunque a mí me gustaba también aquello de: “Me llamo Pepa Flores”, como diciendo, “¿qué pasa?”.

marisol4

Hizo películas muy buenas, cada canción suya fue un éxito, y cuando le cambió la voz de niña a mujer, ganó, porque el duende se le hizo más grande. Inteligente, con su corazón siempre a la izquierda, no se rompió ante ningún ofrecimiento. Ninguno, por grande que fuera. Y hasta ahora, que vuelve a ser noticia, la noticia que tal vez no quiere, la gente la reconoce, aunque ya es una abuela de casi setenta años que mantiene el aura que nunca se pierda. Forma parte de la monumentalidad de la calle Larios, es una malagueña universal como Picasso.

Les puedo decir que como muestra de su actitud personal, que una conferencia que pronuncié y precisamente sobre ella, nada más que hablando de ella, como cuando fui descubridor de oro puro en el mundo de la farsa, cuando yo aún tenia negras las patillas y hablaba con acento del sur, más que ahora, no quiso siquiera saberlo, y no vino al Corte Inglés, donde llenamos la sala.

No está para nadie la Pepa Flores. Se lo prometió un día así misma y lo está haciendo. Les puedo decir que se han publicado libros, películas, documentos del crepúsculo habitual, de ella. Ella aparece cuando quiere y como quiere. Mientras tanto lee, ve el mar, la mar, a lo lejos, y tal vez recuerde. Yo veo siempre que puedo aquella serie suya sobre la heroína de la libertad, que fue en su día Mariana Pineda, mi paisana granadina, que murió en la horca por defender sus ideas.

Y la verdad es que tengo un gran deseo de verla, de verte, niña Marisol. ¿Y sabes para qué? Porque quiero contarte que hace unos años, cuando fui a La Habana como corresponsal de América otra vez, esa segunda parte de mi vida, me acerqué al lugar donde está, donde quiso estar después de todo, Antonio Gades. Y te quiero decir, que aparte de mi Padre Nuestro, en aquel lugar de “los héroes”, había un ramo de flores rojas, frescas, recién cortadas de algún viejo patio habanero. Quería contártelo personalmente Pepa, antes de irme del todo… y te prometo que no se lo contaré a nadie. Te lo juro, niña, porque ya lo sabes, llevabas razón cuando cantando lo decías todos los días y a todas horas:

-Si la vida es una tómbola, tom tom tombola

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer