Lola Flores no se ha ido todavía

No me he atrevido, las cosas como son, a titular, raras veces contamos dos veces más o menos la misma historia en esta equina del aire, lo que quizá debía haber gritado.

“Lola Flores resucita”, pero igual me juego que esta misma noche se me aparezca de nuevo, que dicho sea de paso, me ocurre con frecuencia. Sí, me ocurre de vez en cuando, menos mal que es de tarde en tarde. Se sienta en la esquina de la cama, que hay que saber en qué esquina es porque no se puede hacer en una esquina cualquiera, ya que un día me dijo:

-Mira Tico, hijo, eso de que cuatro esquinitas tiene mi cama y cuatro angelitos que me la guardan… ¿Lo has dicho alguna vez?

-No solo lo he rezado, sino que la noche que me acuerdo, lo hago, porque mi madre me lo enseñó y no me va mal, total, cuatro palabras antes de dormir…

-Pues mira lo que te digo, guapo. Verás. Hay que tener cuidado porque cada esquina tiene su cosa así que… verás.

Y me dio el secreto, su secreto, que espero que ustedes me perdonen si no se lo desvelo. ¡Me dijo tantas cosas que no he contado todavía! Tanto es así, que se lo dije el otro día, en la otra tarde, a María Teresa Campos en su programa de Qué tiempo tan feliz, ya saben sábado por la tarde, etc., recordando a Lola, que además, dio una audiencia estupenda.

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Claro, María Teresa y su espléndido equipo no olvidan, eso que se llama “a los inolvidables”, y en el día en que Lola debía cumplir los noventa y tres, o sea el fin de semana pasado, Lola, la Lola más grande, la única Lola, aunque las hay espléndidas, como su hija Lolita, que tantas cosas heredó de su madre, pues se abrieron todas las puertas de la memoria.

Y la Lola, de la que veníamos hablando, de nuevo otros días atrás, emergió de las cuatro esquinas del recuerdo quizá con más fuerza que nunca. Hay una verdad sobre todas. Nadie cantó como ella, y yo he tenido la inmensa suerte de ser, según María Teresa, su biógrafo. Es verdad. De su propia voz, de su propia boca, y además, a veces con el fondo musical de la guitarra de su esposo don Antonio Flores, uno de los más grandes guitarristas de la época, perdón, tocadores de guitarra de su tiempo, la cola del cometa, y que de haber ido en solitario, habría sido grande, grande, grande.

Bien, pues Lola a todos los niveles, más que una nostalgia es un recuerdo vivo, vivísimo, constante, sin que perdiera ni un milímetro de su propio resplandor de toda una vida con el duende cantándole en el hombro.

Las televisiones, los periódicos, las revistas, el boca a boca, en todos lados, en todos sitios, la Lola de España, en la cabeza y sobre todo en el corazón, aunque servidor dijo el otro día en la tele que el corazón no era más que un músculo que bombea la sangre, pero el que mandaba en todo, era el cerebro. Y digo yo, que lo dije porque como muchos de ustedes saben, tengo la cabeza partida en dos partes y soy superviviente de  mí mismo, o sea un náufrago de mi propia vida.

Y lo digo yo de Lola, porque me han vuelto a pedir, por segunda vez, que cuente lo que ha quedado de Lola, después de ausentarse. Y que es mucho, muchísimo, mucha tela que cortar de lo que se escribió y se publicó en su día. Debo decir con urgencia que la Lola, aquella del libro, nació primero en ¡HOLA!, como casi siempre, donde ella publicó sus memorias. Y que bien que recuerdo el día que don Antonio, el fundador, se paró un momento en la esquina de la mesa en la que servidor trabajaba, y junto a él, la presidenta doña Mercedes, a la que tanto quiero y ella lo sabe, y me dijo con su claro acento rondeño:

-¡Está bien eso que estás publicando de Lola! Adelante, que es una mujer del pueblo llano.

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Fielmente me viene a la memoria aquella estampa de aquel matrimonio, excepcional, que habían inventado una forma de contar la vida de los demás, desde el perfil positivo, y con la verdad demostrada por delante…

Así que aquí me tienen, recordando a Lola, queriendo a Lola, pero sin atreverme a decir que ha vuelto del más allá. No. No se ha ido, queda su estirpe y la saga de los Flores y, arriba, la luna encendida de aquel enorme músico que fue Antonio Flores y que se nos fue tan pronto, aunque su obra permanece.

Y Lolita, hija, a la que yo digo ya Lola hace tiempo, cuando demostró en soledad, su arte, que el duende se hereda, y la otra criatura, la niña Rosario, a la que yo siempre llamé Rosario y no Rosariyo, porque el diminutivo de alguna forma ningunea un poco, merma el brillo de la noticia.

Y sobre todo, sobre todo, Lola cantando, en cualquier sitio, a cualquier hora. En el recuerdo y en la realidad de las audiencias. Vende Lola, gana batallas después de su adiós, como el Cid, que no me atrevo a decir la otra palabra, porque no sería cierta. Todo el mundo a la hora de la pregunta:

-Sí, pero Lola, Lola era otra cosa distinta. Como ella, nadie, pero nadie, nadie.

Por eso de nuevo Lola, siempre Lola, en su luz y en su sombra, su buena sombra y no sigo diciendo y su sello, y su herencia- que no se me olvide Carmen, su hermana, excepcional persona de esta saga irrepetible de artistas- la segunda generación, con Lola siempre en el revés de una moneda, que además, por si fuera poco, lleva su rostro de moneda antigua por los dos lados. De frente y de perfil, como las reinas.

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