¡Feliz cumpleaños, centenarios!

Todo el mundo, todo, tiene derecho a ser felicitado por su cumpleaños. Incluso aunque no tengan velas que soplar a lo largo de la vida, que como siempre digo, y no me pesa decirlo, camino hacia los cien. Aunque me quedan más o menos veinte todavía, he conocido a muchas personas que han cumplido o van a cumplir los cien.

He llegado incluso a entrevistar a una vieja, viejísima mujer de Santo Domingo, frontera con Haití, que es por cierto un bello país, atacado por la desgracia, a la que entrevisté para el programa Trescientos millones, porque se la reconocía como la mujer, en principio, no mayor de América, sino del mundo entero. Sus hijas, aseguraban que había cumplido con creces ya los ciento veinticinco años. Como les digo. Era una momia, la pobre, que cuando vio que se encendían las luces de los cámaras de televisión, exclamó, elevando sus ojos casi ciegos ya de tanto ver al cielo de la choza de palma en la que sobrevivía:

– Dios mío, recógeme en su seno, ¡ha llegado mi hora!

Bueno, respondió como pudo, espero que su testimonio no haya sido borrado por la implacable mano de los archivos de Televisión Española donde estoy con más o menos fortuna desde su nacimiento.

Les diré que aquel retrato urgente de corresponsal, casi de guerra, dio  la vuelta al mundo. Como las de otras centenarias, uy centenarios, que he podido encontrar a lo largo de mi vida profesional. Es así que bajé en su día hasta aquel valle, creo que ecuatoriano o peruano, donde la gente vivía como poco hasta más allá de los cien años, y encontré a muchos de los que solo se conocía su huella dactilar. También me viene a la memoria aquella viejita de La Seca, de Murcia, que está en alguno de mis libros y que no se acordaba de cuándo nació pero que me dio la receta del plato “atascaburras”, que alivia el frío aunque estés en la Siberia.

Pero a lo que voy. Que este año que empieza ya se ha convertido en noticia, el que es el momento de celebrar, sí, celebrar digo y digo bien, el centenario de unos pocos personajes más que ilustres, más que viejos, todos ya más allá de la línea roja de la vida, instalados en eso que se llama incluso la leyenda.

shakespeare

Por ejemplo, este año del dieciséis en el que ya estamos, es el centenario de la vida o de la muerte de tres de los más grandes ilustres de la historia de la literatura, españoles, americanos, incluso el inglés William Shakespeare, el de Hamlet, por ejemplo, uno de los autores teatrales de las leyendas cada día más vivas de la historia de la literatura. Más les diré, ahora está en entredicho, como todo lo que bajo la luna implacable de la investigación se coloca. Les diré que ahora se sabe que no era él, dicen, quien escribía sus historias, sus hermosas, formidables piezas dramáticas, sino les diré más. Que era su amante, aquel paje que siempre estaba a su lado, cargándole el tintero para que escribiera con su alada pluma de oca.

Lo que sí es interesante de reseñar también, es que nació el mismo día del mismo año que su contemporáneo, don Miguel de Cervantes y Saavedra, el de El Quijote, entre otras obras inolvidables. Un  hecho cronológico que ha necesitado de muchas páginas, en todo el mundo y a lo largo de los cientos de años de aquellas fechas.

Cervantes, ya saben, del que acaban de descubrirse sus restos, pocos pero parece ser que suficientes para haber sido reconocido tras haberlo sometido,  incluso al carbono catorce, que nada resiste, incluida la taumatúrgica sábana de Cristo.

miguelcervantes

Y con el centenario del Cervantes, al que yo he seguido tras leer El Quijote, primero recorriendo La Mancha entera en Vespa, hace cincuenta años, después en burro, con un sueco que pintaba en España porque había descubierto, además de un vino barato, bueno, el que viajando en burro “se ve todo mejor, porque todo es ventanilla”, y además, porque hasta fui dueño de un molino de viento, al que llamé Sancho, dada mi figura entonces, y además porque era el comendador de los Sanchos del mundo, la máxima autoridad, porque yo defendía que hay más Sanchos que Quijotes, pero que no hubiera sido posible la figura de don Alonso Quijano a no ser que no existiera Sancho Panza, que hasta el propio poetazo Blas de Otero escribió aquello de “tanto monta monta tanto. Don Quijote como Sancho”.

Más aún les cuento que se celebra estos días el centenario de Rubén Darío, aquel gran poeta de nuestra lengua nacido en Nicaragua, al que sin conocer personalmente, llegué a saber más de él que casi nadie. Por ejemplo:

– Entrevisté a sus dos grandes musas, así, de frente y de perfil.

En España, a Francisca Sánchez, aquella hija de un guardia rural de los montes de Madrid que le cuidó, y de la que tuvo descendiente. Era un sembrador de versos y de hijos. De ella, decía el poeta.

– ¡Francisca Sánchez, acompáñame!

Y yo se lo dije a ella personalmente en aquel asilo para ancianos de la Sierra de Ávila. Había sido muy bella, muy fuerte y estuvo al lado del inmenso poeta y diplomático, durante un episodio, grave, de tisis.

rubendario

Con un  dato que les añado. Francisca Sánchez, es la abuela, o la bisa, o la tarata, de Rosa Villacastín, gran periodista en todos los medios, que escribió en su día la historia de su abuela.

Les cuento que también tuve la suerte de hablar con aquella protagonista de aquel otro poema de amor universal, que en su día escribió, el poeta, para aquella musa, niña rica, que se llamaba margarita. Y de la que Rubén decía, siempre suspirando.

– Margarita, está linda la mar…

También lo estaba el océano, aquella tarde que hablamos, ella en su hamaca con un pay pay, yo sudando de lo lindo, en el paisaje cálido de Miami. La vida escribe mejor que el mejor libro de aventuras. Margarita era descendiente directa y exiliada de Nicaragua, donde Somoza el dictador estuvo a punto de cortarme la cabeza. Como les digo, pero esa es otra historia para mis memorias. Como contar aquella larga y angustiosa defensa que hice de la tumba con un  león de yeso encima, en la catedral de  León, en Nicaragua también, con los sandinistas, frente a las panteras negras de Anastasio Somoza, tachito, el hijo de aquel hombre que…

Pero esa es otra página de mi vida. A ver si este año me decido a escribir esas memorias, o lo que sea, que me piden tantas buenas gentes que me soportan… también en este blog. ¡He vivido uno tanto…!

Y por fin, es también el centenario de aquel grande, grande de España, que ha sido, y que es, Camilo José Cela, el gallego universal del que fui buen amigo y del que aprendí tanto. Cela, en su casa de Madrid, allí en Ríos Rosas, Cela, en su casa primera de Mallorca, junto a la playa blanca donde una medusa me cruzó la cara con su mano eléctrica, Cela, en su casa también de Guadalajara, tan linda, blanca, como si fuera de Ibiza, en el campo de la Alcarria, ya casado el escritor, premio Nobel, con Marina, periodista que conoció a Cela en una entrevista en su casa última de Madrid, que igual olvido alguna, en Puerta del Hierro, cuando ya era marqués, y la foto bailando con su joven esposa había dado la vuelta al mundo, desde la fría noche de Europa, tras el premio universal…

camilojosecela

Podría escribir un libro, claro que sí. Pero quien tiene el más directo y formidable documento de él es su viuda Marina, a la que cuando veo me alegro no solo la memoria, sino el recuerdo de haber podido conocer, más, en profundidad, al gallego inmenso, que fue capaz de escribir mejor que nadie en nuestra lengua.

¡Ay si yo les contara…! Pero en eso estoy, y gracias a esta terapia me sobrevivo. Mañana será otro día mis blogueros.

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