De este año no pasa: el Oscar para DiCaprio

Acabo de ver en la tele, no sé por qué procedimiento, parte de la película El Renacido, que acaba de merecer el Globo de Oro al director mexicano del apellido difícil, el nuevo Buñuel ya dicen, González Iñarritu, la película, y para el mejor actor, para Leonardo Dicaprio.

Vale. A ver si este año, como ya lleva esperando con nominación cuatro o cinco veces, se lleva a alguna de sus casas, que tiene cinco que se sepa, aparte de una isla en Belice, el preciado tío Oscar que dice la gente del cine, después de esa noche formidable que siempre vemos en lo que queda de Hollywood, que no es poco.

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Fíjense, que por lo pronto, el gran actor, que lo es sin duda, de cuarenta y dos años hasta ahora, nació en Hollywood el DiCaprio, que suena a monte.

Y lo digo con orgullo porque fui niño cabrero en mi infancia, aunque las cabras eran de mi abuela Concha, y que su madre le puso Leonardo, porque en el “preciso momento -cuenta su historia urgente- sintió que el niño que llevaba dentro se movía cuando estaba asistiendo al espectáculo de ver la Santa Cena en el museo, que como ustedes saben, pintó Da Vinci, de nombre Leonardo.

Así que DiCaprio, su primer apellido es alemán, pero su segundo es italianísimo, aunque su madre era americana, vino al mundo en Hollywood, lo cual ya le predestina a su carrera, y además desde pequeño se aficiona a lo que es eso que decían antes, “el séptimo arte”. Hace programas de televisión casi de niño, trabaja en publicidad y hace de todo en el arte de interpretar, aparte de por ser “muy guapo”, que lo es, porque tiene dentro la levadura de la escena.

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Su vida está en cualquier sitio, con pulsar un botón, ya saben, es suficiente.

Así que me ciño a lo que puede ser su retrato íntimo, si es que lo tiene el pobre, porque se queja de que no le dejan vivir, con tanto contrato millonario, con tanta gloria, efímera por otro lado, y porque en el fondo, y en la forma, se considera “como un fugitivo constante, escapando de lo que es la popularidad”.

Y lleva razón, lo hace siempre después de todas y cada una de sus películas. Su padre ya les he dicho que no aparece en demasía en sus biografías, que ya tiene varias publicadas, pero es el caso, que su padrino sí que se sabe quién es, Martin Scorsese, que siempre lo lleva en sus películas de protagonista. Con alguna de ellas, y por cinco veces, ha sido nominado al Oscar como actor, hasta ahora se quedó siempre aplaudiendo en la butaca junto a alguna espléndida muchacha como siempre. Pero todo parece indicar, demostrar que con su papel de fiero cazador en la película del mexicano, le espera por fin el Oscar al mejor actor.

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Yo acabo de verla en sus primeras escenas. Se te pone el pelo de punta. De escalofrío, mis lectores, impresionante. Pero no se la voy a contar que estos días se estrena. Sí que les puedo decir que el joven, siempre joven, Leonardo está espléndido, así que insisto, como todo el mundo dice, que de este año no pasa.

La verdad es que se lo merece, porque aparte de sus películas, siempre ha tenido un trato exquisito por allí por donde fue. Y además en su vida privada, cada día menos privada, los gajes del oficio, es coleccionista de modelos, las más guapas del mundo, aunque a pesar de todo ha merecido el nombre “el soltero de oro”, aunque ya se le podría llamar sin mengua el “solterón de oro” porque aún sigue en edad de merecer. Una de ellas ha sido Giselle, esa nena, im-pre-sio-nante, de sangre dicen que judía. La lista de las anteriores, lo que demuestra por otro lado que es un gran coleccionista de arte, no nos permitiría  su enumeración, dada la disciplina de este blog, aunque a veces, y lo sé, me paso de la raya.

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Lo que sí se debe también pregonar es que además de una persona solitaria, que a veces lo consigue, es un ser humano especialmente solidario. Sobre todo en lo referente a la ecología, en la que es un verdadero paladín, por ejemplo, últimamente su fundación acaba de regalar a una empresa descontaminante, me dicen que quince millones de dólares, aparte de que sus coches, por ejemplo, son todos eléctricos, la isla de Belice de la que es propietario, es solo para hacer una estación en la que poder estudiar las aves de paso, y alguna de sus cinco casas, se alimenta de energía solar. El Globo de Oro que acaban de entregarle hace unos días y que le abre las puertas doradas del Oscar no se alimenta del gas, sino del aire mismo de lo conseguido.

Se le ha visto llorar, por la suerte de las ballenas, y está profundamente preocupado por la suerte del planeta en el que vivimos, cosa que con el comparto de un manera total, porque sin género de dudas, unos más que otros nos estamos cargando el sitio en el que habitamos. Además, de él creo que casi todo se sabe. Huye, por el camino de oro, a veces, de la soledad, que es mejor si es compartida, y renace, precisamente, con una película que se llama, en nuestra vieja lengua, el El Renacido. Que así sea, maestro, yo siempre le recordaré por encima del Titanic, de cuyo naufragio se salvó, por su papel, hermosísimo en la película Diamantes de sangre. Ahí sí que se le ve del todo la enorme fuerza de su apellido de combate. Suerte, maestro.

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