¡Claro que Elvis sigue vivo!

A pesar de la triste noticia conocida esta misma mañana, la muerte del famoso cantante David Bowie, hoy quiero hablaros de una resurrección…

Todos los años desde el setenta y siete, cuando pasa el día seis de enero, día de los Reyes Magos, siempre, siempre, al menos en esta fecha, los tres monarcas de la ilusión nos dejan, por los menos a los de mi edad, no digo la suya, que son mucho más jóvenes, el hermoso regalo de resucitar una leyenda. Y digo lo de resucitar con pleno derecho, porque es uno de los cantantes más universales de los últimos tiempos.

Murió en Memphis en el año setenta y siete, el día de Reyes también. Así que fue enterrado, con todos los honores y todos los amores, y todos los fervores. Medio mundo lloró su muerte, y aún hoy , visitan su casa de Memphis, en ese jardín florido donde se guarda su cadáver junto al de su madre, hasta llegar a conseguir el dato Guinness, de que es el monumento más visitado de los Estados Unidos de América, inmediatamente después de la Casa Blanca de Washington.

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Todos los años, más o menos por estos días, se pone en pie el suceso increíble de que Elvis Preysler, el rey del rock, príncipe de la balada, cantante excepcional, ha sido visto en los sitios más diversos. O en una casa perdida de La Pampa argentina, al final del mundo, o en Alaska en un confortable iglú o casa de pedazos de hielo, en un banco de madera de un parque de Estados Unidos junto a otros vagabundos, o como hace poco, muy poco se ha dicho, quizá para corresponder a la llamada de la gran exclusiva, o de otra forma, los tres millones de dólares que hace poco puso en el aire un excéntrico millonario americano a quien de una vez por todas descubra que el hombre enterrado en Memphis, es un doble de aquel que por los especiales y eróticos, movimientos de su cintura fue llamado oportunamente, Pelvis Preysler.

Curiosamente les puedo contar que como en otros casos, que ya traté de traspasarles con otros personajes legendarios, a Elvis llegué a conocerle, ¡y de una forma bien directa!, de la misma forma que en su día me ocurrió con Marilyn Monroe, a través de una larga noche de ron en las islas de Las Perlas de Panamá, con el que fue su marido y su gran amor durante casi toda su vida, Joe DiMaggio, el gran jugador de baseball americano, con el que compartí una larga noche de lluvia, esperando la avioneta que había de trasladarnos a la ciudad de Panamá.

Pues igual más o menos me ocurrió con la que fue esposa de Elvis, la americana actriz de cine, ahora o hasta ahora de películas cómicas, Priscila, con la que coincidí en el sur de Chile, en Viña del Mar, en el festival de música de enorme impacto mundial, al que acudió como invitado de excepción, Julio Iglesias, justo más menos que cuando este contador de historia estaba escribiendo la vida de nuestro cantante universal y que se llamó, Entre cielo y el infierno. Un título que se ajustaba ciertamente a lo que era entonces la vida de Julio, aunque al saber que título le íbamos a poner a sus memorias, quiso especificar: “pero que la gente sepa que no estoy en el limbo, sino en el purgatorio, que es bien distinto”.

Bueno, pues en aquel viaje a Chile, que a Julio lo instalaron en una casa prestada de un viejo amigo, riquísimo, con helicóptero propio, que era el dueño de un inmenso rancho llamado el Valle de las Manzanas, trascurrieron los días inolvidables al menos para mí, donde Julio además, vivió uno de sus más trepidantes romances con aquella dama, americanísima, un punto extravagante, que había estado casada con todo tipo de ecos, con el más grande de todos los tiempos, Elvis, al que estamos recordando con el motivo de su posible resurrección.

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Priscila ya estaba viuda de su universal marido. Incluso tenían una hija, que a veces aparece en los medios con alguna extraña historia. Aquellos días del sur, el sur del mundo, la más oceánica a lo lejos, las luces de la ciudad loca, mágica de Valparaíso. Al fondo y sobre todo, las largas conversaciones entre Julio y Priscila, esta última enamorada hasta las trancas, como se dice en el barrio, de aquel que era, si no el nuevo Elvis, sí que en aquellos años pertenecía al estilo y la gloria de los más grandes de la música.

Es más, les puedo decir que cuando ya se llevaban a Priscila, amante de Julio unos días, de lo que doy fe, para devolverla, como siempre, a los Estados Unidos en el avión, entonces, también de Julio, con un largo beso bajo el manzanal y un regalo formidable de ese reloj de oro, carísimo, con el que nuestro Julio despedía a las mujeres con las que había compartido alguno de los días en soledad de su apabullante vida. Priscila, me entregó con gran misterio una carta a mano para Julio, para que se la entregará al personalmente, y a nadie más, me pidió entre lágrimas.

No se la pude dar porque la vorágine de la propia vida de nuestro Julio me impidió hacer lo que debía. El cartero del amor, que yo fui en ese día, el correo íntimo para el que fui investido, no pudo hacerlo por razones profesionales. Julio siguió cantando en Viña Campo como invitado especial, con un éxito magnifico como siempre, y este servidor de ustedes, tuvo que volver a España inmediatamente. Esa era mi vida. Y la carta, que la guardo, y nadie ha compartido, les doy mi palabra de honor, continúa entre mis papeles absolutamente en secreto. Ni en su libro la hemos usado. Y Julio es muy probable que haya olvidado aquello. Cuando envuelta en una manta del sur, de color, a mano, aquella mujer universal iba desgranando, no siempre, su memoria, abriendo el libro oculto de su vida con casi un Dios, que fue el cantante americano.

Si nació en el treinta y cinco, el seis de enero, y murió en el setenta y siete, y el todo mundo lloró, en una enorme casa sin espejos, porque había engordado mucho, y solo le asistían sus personas más cercanas. Incluso Priscila estaba ya lejos de su resplandor.

Pesaba demasiado y se sabe en una última exploración científica, en su estómago, con el hígado roto, se encontraron 15 tipos distintos de medicamentos. Sobre todo contra la depresión, sustancias peligrosas, todas, que le arrastraron a un final dramático, sorprendente.

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Sigue vendiendo millones de discos, todos los años. Continúa en las listas de oro del éxito constante y es uno de los personajes más queridos de su país. Tanto es así que el disfraz, el tupé, el movimiento inimitable de su cintura, es lo más copiado, a veces prodigiosamente, en el país de las barras y las estrellas. También es cierto que en Las Vegas, por ejemplo, uno de los pastores que te casan, digamos que por lo Elvis, va vestido del cantante. Muchos niños en USA se llaman Elvis, porque más o menos nacieron alrededor de la fecha de su muerte.

Fue soldado en Alemania con las tropas americanas, simplemente para complementar la fuerza mística, mítica, de los militares de la época. Les cantó, se retrató con ellos y servidor por ejemplo, ajeno a todo esto, entonces se tuvo que contentar con verlo salir del hotel donde vivía en Berlín, camino de un concierto. Resplandecía. Aunque su hígado ya estaba herido de muerte.

Hizo cientos de discos, cuyas raíces estaban en la brillante canción americana. Cantaba como un negro que cantara, o mejor que él, sin duda, su voz rompía el cristal de las lámparas de la sala de conciertos, sus guitarras eran tesoros incapaces de venderse en ninguna sala de subastas.

Retratarse con él era hacerlo con el ídolo más rutilante de un país de ídolos únicos. Era superior a todos, y llegó a ser, “el guapo más divino de la historia de la fama”. Yo lo he escuchado mucho, en otros tiempos, y se vende como las rosquillas del santo todavía.

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De ello se ocupan aquellos que llevan el negocio de su vida. Se han escrito libros, y de hecho, han hecho películas, documentales infinitos. Yo recordaré de por vida su casa museo donde están sus trajes en vitrinas y las letras de las canciones, que cantó o que compuso.

Les puedo decir que aquel día le oí cantar en un vídeo gigante, El rock de la cárcel. Soberbio. Inigualable. Era de noche aquel día en Memphis, en Graceland, y las estrellas palidecían, tiritaban escuchándole, sintiéndole. Incluso hoy que de él escribo para ustedes, me parece oír, sentir, la manera de decir “Elvis” de la mujer que vivió con él tanto tiempo.  A sus ojos asomaba una historia y un naufragio.

Por cierto, me equivocaba mucho con las palabras sueltas, y a veces decía la Preysler, en lugar de la Presley. Suena casi lo mismo, hoy lo desvelo. Y mañana volveré a buscar aquella carta escrita a mano con una elegante letra de niña que fue a la escuela, azul, dos cuartillas, por un lado cada una, donde al final firmaba: Love Julio… love.

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