Cantinflas resucita

La película que recrea -aunque pienso que no es fácil, porque los genios son inimitables- la vida, la sombra, la buena sombra del extraordinario actor mexicano Mario Moreno ‘Cantinflas’ se va a estrenar pronto. Yo estoy deseándolo y temiéndolo, las dos cosas a la vez. A ver qué pasa, aunque la ha protagonizado un joven, ya menos joven, actor español: Óscar Jaenada, que siempre dejó una estela luminosa de buen actor allá por donde pasó en su vida profesional. Creo que hizo en su momento la vida de Camarón, otro de los grandes a los que tanto admiré y lo demostré, muchos años, mientras estuvieron vivos.

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Ahora viene la película, insisto, de aquel que en vida fue reconocido como el segundo Charlot, aunque en español llegó a ser, sin duda, el primero. Lo puedo decir porque me lo contó Mario; que aquel al que tanto admiraba, Charlie Chaplin, grande entre los grandes, se lo dijo un día en Hollywood. Luego bebieron tequila en la casa inmensa que el soberbio Chaplin tenía en las colinas doradas de Hollywood, cuando Hollywod era Hollywood y no un cementerio de leyendas de lo que fue. Pero inmortal sin duda.

Mario Moreno Cantinflas, que se nos fue a los ochenta y tres años por un cáncer de pulmón en la misma ciudad donde nació (México DF), siempre que se elegía presidente -yo he entrevistado a tres- volvía a ser elegido por el pueblo, por carta, por voto, con la huella o con el nombre, para el cargo más importante del extraordinario, único, pueblo mexicano. No se presentaba al cargo, pero era señalado por su pueblo.

Cuando Mario Moreno, que hizo más de cuarenta películas a lo largo de su vida, venía a España, tantas veces como vino, este periodista estaba esperándolo en el aeropuerto, diríamos que a pie de escalerilla del avión. Mario sabía que yo era su amigo, más allá de la noticia. En España vivimos juntos muchas aventuras, sobre todo la noche en el Madrid viejo, junto al arco de cuchilleros. Y quiero recordar que le presenté a una bella criatura de vida internacional, Iran Eory, que, lo que es la vida, llegó a ser uno de sus últimos amores. Aunque el gran amor de la vida de Mario fue la rusa Valentina Ivanova, con la que se casó y tuvo un hijo.

Cantinflas creó una forma de ser, de estar, de vivir y sobre todo de sobrevivir, aunque él me confesó siempre que “no hizo otra cosa que copiar la forma, la manera de pelear, del peladito” mexicano, el hermoso personaje, humilde y sabio, del que bebió su esencia y su potencia. Lo convirtió en una leyenda mundial de gran impacto. De haber seguido vivo, Cantinflas habría podido alcanzar la gloria de un premio Nobel. Pudo ser presidente de uno de los pueblos más difíciles y bellos del mundo, en el que servidor vivió un par de años con casa frente a la fuente de petróleos, al final de la avenida principal de la capital azteca.

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Cuando me hicieron corresponsal de la Televisión Española en América, con México de lugar fijo, la primera llamada telefónica fue de Mario desde su casa, en la que vivía y donde lo primero que se encontraba uno al entrar, era el retrato, el cuadro el óleo, tamaño natural, de Valentina, la rubia de ojos claros que se fue antes que él donde solo habitan los celestes.

Hablé mucho con él y con gran profundidad siempre. Podría decir que, sin embargo, que sobre todos los demás lugares del mundo, desde Chinchón – donde rodó la inolvidable película “La vuelta al mundo en ochenta días” junto a David Niven – hasta el restaurante de arriba, los Morales, o su rancho, con los toros y los caballos y España dentro, mucha España, o en Madrid en el hotel, cuando venía o… Sobre todo, aquella larga tarde, sin tequila ni mariachis sobre la playa del perro negro, más allá de Acapulco, en la casa de aquel gran español inventor del caballo azteca que se llamó Antonio Ariza, y del que guardo un extraordinario recuerdo. Aquella tarde, los tres, el océano enfrente, como es el océano, de verdad, sobre aquella alta roca. Los tres, pusimos el nombre de España, el amor, las mujeres -claro, eso siempre- el cine… aquel Buñuel, aquel Alfredo Jiménez, aquel Negrete, la Félix doña María…

“Y, sobre todo, mi amor por los niños del mundo. No hay moneda como esa, la sonrisa de un niño. Será porque yo fui uno de los catorce hijos que tuvo mi madre, que fue una mexicana, que no dejo de trabajar un solo día”. Trabajó por ellos, para ellos. Dijo que no a Hollywood, siendo como era uno de los actores mejor pagados del mundo, y siempre volvía a México, donde a veces toreaba. Y lo hacía muy bien, como los toreros llamados cómicos porque saben más que nadie del toro, porque hacen lo que nadie hace en ese duro momento del gran peligro. Engañándolo como si fuera un compañero del gran circo. Porque, además, se había hecho en el circo de los pueblos, con los viejos coches carromatos, haciendo lo mejor del mundo: “Viendo cómo la gente reía conmigo por encima de su hambre, de sus problemas…

Hablamos mucho en aquella tarde de Acapulco, lejos del bullicio, de la gloria. No iba vestido con su uniforme habitual, que le hizo distinto en el mundo entero: el pantalón a media nalga casi, como ahora se lleva en la gente joven, aquella “gabardina” que no era más que un trozo de trapo atado al cuello, la camiseta de dormir, tan usada, aquellos zapatos a lo Charlot, el sombrero, que era medio sombrero mantenido difícilmente en la cabeza grande, su caminar bamboleante, que se convirtió en una moda mundial, su filosofía de la vida, que contaba a su aire, con su acento, con su música inimitable pero que llegó a ser popular en todo el mundo, su filosofía, que era decirlo todo sin que nadie quizá lo entendiera, su filosofía, su cadencia… Hizo de todo en el cine y en todo fue el número uno.  De diplomático, de bombero, de taxista, de Colón, incluso, pero extraordinario en la caricatura del personaje; de torero, de filósofo, de cura, de…

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Ahora Jaenada hace de Cantinflas para el cine. Me dicen que está muy bien. Lo ha hecho, además, en gran parte en México. Espero que Mario Moreno no se enfade, que se reconozca en su papel, mágico, excepcional, único. Le gustaba que le llamaran “cómico” porque reunía todas sus cualidades por dentro y por fuera. Incluso me mandó mariachis a la primera casa que alquilamos en México mi familia, y me cantaron “Las mañanitas” como nadie lo había hecho en mi vida. Tuve después, tiempo más tarde de la gran aventura americana, la suerte de encontrar cerca del teatro chino de Los Ángeles la estrella en el suelo de los mejores. Decía: Cantinflas.

Inolvidable sembrador de la alegría. Filósofo de la supervivencia. Amigo. Que la película nos traiga su recuerdo y, sobre todo, su paso por la vida.

Espero que lo estés pasando bonito estés donde estés, mi viejo amigo. Que tengo tu foto, abrazándonos entre los cientos de miles de retratos de mi vieja vida de buhonero de las leyendas.

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