¡Aquella noche con Kissinger!

Sí, sí, con el señor Kissinger, que acaba de reaparecer en la escena internacional, con más de noventa años, advirtiendo al mundo de que hay ya un nuevo orden mundial, según él, y que hay que conocerlo.

Kissinger, al que aquella noche en Santo Domingo, su esposa, que era creo, una Rockefeller, Nancy, alta, de zapato de manoletina bajo, tal vez para no aparecer por arriba de su marido, ya premio Nobel de la Paz, llamaba Kissi…

¡Hace mucho tiempo, aunque no tanto como para olvidarlo! Yo le había conocido, muy de paso, en Estados Unidos un día que nos recibió en Camp David, el presidente de los Estados Unidos de América, Richard Nixon, cuando fuimos a la búsqueda del que era su mayordomo, la persona más cercana del hombre más poderoso del planeta tierra.

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Se llamaba aquel ser único, Manolo Sánchez y había nacido en Galicia. Por si fuera poco, su mujer, que se había convertido en la dama de compañía de la Primera Dama, se llamaba Josefina y era de Zamora. Trabajaba yo entonces para el ABC y era su jefe de reporteros. Buscaba yo españoles universales, sobre todo, para el número uno de aquel ABC de las Américas que hicimos valerosamente durante un tiempo. Un viejo sueño de Juan Ignacio Luca de Tena, al que acompañé en un inolvidable viaje desde Madrid a Lisboa, para conocer personalmente al padre del Rey Juan Carlos, el Conde de Barcelona, el hombre que sin llegar a ser Rey, fue hijo de Rey, y padre de Rey. Lo recuerdo mucho.

Bueno, pues aquel día, cuando estábamos en lo que era la casa de verano oficial del presidente de USA, ya haciéndonos una foto con la pareja de confianza de Nixon, escuchamos, de pronto, una voz, a la vez que alguien me tocaba en la espalda:

-Dame paso – dijo la voz es un español discutible.

Y yo me hice a un lado, y apareció Richard Nixon sin corbata, y con un perro pequeño en los brazos. No tuvo que decir quién era. A su lado, un hombre pequeño, pero grande, grandísimo en la política mundial: su secretario de estado, Henry Kissinger, el alemán, nacido en Alemania, que huyo de su país porque era judío y Hitler tenía puesto precio a su cabeza, y la de su familia, como a todos los que pertenecían a la gran familia de las estrellas, sobre el paisaje amarillo.

En Camp David, aquel día, fue el presidente quien me presentó a Kissinger, su hombre de confianza, su ministro de Asuntos Exteriores, por todo el atribulado mundo de aquellos días. Iba K, cargado de libros, con sus gafas redondas, y su sonrisa, claro, tan diplomática. Sentí que en aquel momento, quizá más que a Nixon, había estrechado la mano de la historia de mi tiempo.

Luego, aquella larga noche en la Romana, de la dominicana noche caliente, altas palmeras, piscinas encendidas en la noche y en la casa de entonces, en la casa del modisto de raíz española, que mandaba en el mundo de la moda, entre otros personajes, aparte los que no sabía quién eran, pues, Julio Iglesias, que fue, y debo decirlo, el que invitó a la cena a “El Puma”, cantante venezolano, del que fui buen amigo, y aquel matrimonio, histórico, que había llegado con ánimo de pasar un buen fin de semana, en la casa, mansión, de Óscar de la Renta.

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Más tarde pude conocer otra, más hermosa todavía, la que tenía junto al nuevo hogar de Julio Iglesias, aquella hermosura donde tuve la suerte de dormir, aunque solo sea para contárselo a ustedes, en el apartamento cabaña que siempre ocupaban los Clinton, antes o después de la Casablanca, cuando iba, de vacaciones, invitados por  nuestro español universal.

Bueno, pues aquella hermosa noche del trópico, donde se cantó, se bailó y se bebió largamente, tuve la suerte de conocer más en profundidad al único hombre en el mundo que podía presumir de guardar en su libro de autógrafos, uno, especialísimo, único, el de Mao, ni más ni menos.

Henry K., trabajó mucho por el encuentro político, de verdad, entre dos mundos tan lejanos el uno del otro. China y Estados Unidos, tema que está en los libros de historia universal. Kissinger, fue uno de los autores del milagro que hizo que el mundo entero pudiera dormir más tranquilo a partir de aquel partido de mesa de tenis, entre los dos líderes.

Kissinger fue el que bordó aquel momento histórico. No habría guerra mundial. Kissinger alcanzó el Premio Nobel, aunque fue muy discutido a todos los niveles. Cuando le pregunté  sobre lo que había escrito, Mao Tse Tung, en aquella página en blanco que le ofreció al gran Timonel de China, para que “le pusiera lo que quisiera”, Mao, enigmático, sonriente, con su cara redonda y su aire de Buda, que había sido capaz de cambiar la faz del mundo, puso en el aire durante un segundo, en el Palacio de Invierno de Pekín, que uno ha visto como turista especial en su momento, su pluma de oro, que era la de K., y escribió simplemente, solo una palabra: Yes. Y debajo solo Mao.

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Era todo un documento formidable que condensaba todo en tres letras. Mao decía sí a la nueva política que nacía. Kissinger llevaba una fotocopia entre aquellas carpetas de papeles y libros con los que se bajó del avión que le traía, en vuelo directo desde Nueva York, hasta la cena privada de Óscar de la Renta.

Hoy que Kissinger, ya en la vida privada de la política y los negocios, consejero, articulista, personaje histórico, sin duda, acaba de lanzar a la opinión publica lo que él llama “un nuevo orden mundial”.

Me gustaría saber leerlo, aunque los periódicos de hoy, de todo el mundo, ofrecen briznas de su último trabajo. Me gusta recordarlo medio dormido, aquella madrugada, en la que sonaron las guitarras en su homenaje, mientras su esposa, tan americana, Nancy, miraba el mar, a lo lejos, con los pies desnudos, en aquel porche en el que se bebía piña colada y desde luego, como no, el vino español, el buen vino español que había llevado el siempre inolvidable Julio Iglesias.

Creo que él, que tiene una memoria de elefante, como se dice habitualmente, recordará como yo, la  dulce noche de ron y de boleros en la isla aquella, que se llamó, en principio, la Española.

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