Antonia Dell’Atte vuelve a sonreír

Y es verdad, porque siempre fue sonrisa, sonrisa más o menos pura, pero sonrisa.

– El apellido, ya sabes… -me dijo un día hace muchos años- que tiene dos eles, y dos tés, ¿sí?

– Claro que sí, Antonia, belleza.

Porque era, es, cierto, pertenece a esa fascinante galería de las bellas, bellísimas, mujeres italianas. La Pampanini que se nos acaba de ir del todo, la Koscina, la Ekberg, aquella que se bañó en la fuente romana etc, etc. Por no hacer muy larga la lista.

Pero más aún la belleza de esta dama italiana, que durante tanto tiempo vivió en España aunque nunca dejó Italia y que ahora aparece, de vez en cuando, en su tiempo, acompañada de una brillante elegancia natural y, además, por si fuera poco, era, fue, la musa durante mucho tiempo de Armani, emperador en lo suyo, sin duda: la moda.

Hace algunos años, quizá veinte, más o menos, la dama italiana que hoy nos ocupa apareció por España causando una gran sensación. Gustaba mucho, atraía con fuerza, ya fuera en la pasarela o haciendo cine. Recuerdo haber escrito entonces: “El color de sus ojos es verde, pero de uva de chianti…”

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O sea, de cerca de Florencia, la capital del arte. Sin embargo, había nacido en un pueblo italiano, llamado Ostuni, al que vuelve siempre que le es posible. Tiene fuertes raíces en esa geografía, tanto es así que no hace mucho se dio a conocer la noticia de que había comprado un medio castillo-medio monasterio, a la italiana, que se había encargado de restaurar ella misma, paso a paso. Eso sí, con la ayuda de los artistas mejores.

Es como ahora, que con motivo de su reaparición en la escena de La Máscara, esto es del cine, o de la ópera en Milán, o de incluso aquella portada mítica de Interviú en la que parecía desnuda aunque nada enseñaba de sus espectaculares secretos.

Lo que también demostraba su talento. Cuando apareció como una “divinidad” en España era además noticia porque un pariente del Rey de España, don Juan Carlos entonces, italiano guapo al que llamaban el Conde Lecquio, porque lo era, casi la misma sangre real que el monarca español, se iba a casar, se casó, con una española entonces de enorme popularidad.

Se llamaba Ana y gozaba además de una enorme fama en los medios. La llamaban Alicia en el país de las maravillas, porque soñaba con los ojos abiertos, y lo sigue haciendo, cuerpo espectacular, magnífica criatura que, por decir, se decía que había mantenido una cierta relación sentimental con el propio Spielberg. Cuando servidor la conoció fue en Hollywood, que vivía relativamente cerca de la casa de Julio Iglesias, en Los Ángeles, y que con cierta frecuencia la invitaba -mejor cenar que almorzar- en su casa alquilada.

Alejandro se casó con Antonia y su boda fue un gran suceso.  De aquel enlace nació un chico, debemos decir, que heredó de sus padres además de un apellido real, ni más ni menos que la gloria en los brazos de su madre. Hacían una joven pareja que dio mucho que hablar y que escribir. Pero sus destinos pocas veces convergían por no hacer largo el relato, que tiene dos capítulos indudables, y por separado.

Se divorciaron los Lecquio, y Antonia se encargó de cuidar su gloria y su heredero. Pasaron los años y el Conde volvió a casarse con la actriz española. Antonia siguió, continuó con su combate, su supervivencia, y con frecuencia regresaba a Italia, de donde vino un día.

No obstante, continuaba teniendo su casa en España, más en Barcelona que en Madrid, creo, más o menos. Hablando con el Conde Lecquio, con el que en un par de ocasiones, es curioso, he almorzado: una vez, en su casa de La Moraleja creo, donde me hizo aquellos fideos inolvidables a la italiana, porque los cocineros  que saben hacer de comer y son de Italia practican una gastronomía con el pulso del artesano y el punto del artista.

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Después, otro día, me invitó a almorzar también a mediodía en una casa de comida argentina de cerca del Bernabéu, en la que siempre había muchos futbolistas. Carne, como es natural y fue Alejandro el que me entrevistó, no sé por qué motivo exactamente. Pero de las dos ocasiones conservo un grato recuerdo, las cosas como son.

Mientras tanto Alejandro ya tenía su  propio espacio en la televisión, como tribuno rosa, y gustaba mucho en la calle. El hijo de los Lecquio seguía creciendo y a veces, muy pocas, sabíamos de él. Lo guardaban sus padres, con la constancia de quien cuidaba de un tesoro.

Antonia desapareció de la escena pública, o al menos poco, muy poco sabíamos de ella. A veces aparecía en una fiesta de la elegancia, en la portada de alguna revista, por la casa de ¡HOLA!, que yo recuerdo ahora, o con motivo de alguna brillante presentación. Hasta que, de pronto, no supimos de ella, al menos directamente. Sabíamos, eso sí, que siempre llevaba gafas oscuras, aunque fuera de noche, y que se le notaba en el rostro un girón de tristeza. Sin embargo, casi siempre sonreía, era una de sus armas de combate. ¡Seguía siendo tan bella!

Luego supimos a qué se debía aquella sombra negra en su mirada. Ella misma lo desveló en una ocasión, con amargura:

– Tenía una enfermedad en los ojos que me impedía, no solo ver, sino mostrar mi rostro, casi desfigurado por el hipertiroidismo que tenía. No solo veía mal, es que aquella oscuridad me hacía ser diferente a cómo era. No obstante, a pesar de aquellas sombras obligadas, intentaba seguir, como siempre, de cara a los demás, contenta…

Pero a poco se queda ciega nuestra Antonia, de la que sabíamos a veces, raramente, pero sin aquella fuerza de tsunami que la hacía distinta a todas las artistas de su tiempo. Si nació el nueve de febrero del sesenta, nuestra Antonia va a cumplir ya mismo cincuenta y seis años. Cuando las mujeres más bellas maduran fijan su belleza. Y la distancia sobre todo, no ya solo geográfica, con Anita, la otra esposa que fue del padre de su hijo, se multiplicaba. Una de la otra hablaba con ironía, a veces con desprecio.

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Hasta que de pronto, un día Antonia y Anita deciden firmar, sin firmar, creo, como un pacto de paz.  Se reúnen, o por lo menos, al exterior, de cara a la galería, el huracán Antonia y la galerna Anita, se abrazan, a la sombra de los relámpagos en flor de los medios. Alguien, algo, tal vez la vida, quizá lo irremediable, hace posible el milagro. Tal vez ese joven Lecquio, que de la noche a la mañana, al menos para los que observamos el espectáculo de la vida desde fuera, no solo ha crecido, sino que se ha convertido a fuerza de esfuerzo personal, de ejercicio, sin anabolizantes, en  un verdadero Superman.

Anita y Antonia, exteriorizan  el “abrazo de Vergara” que por otro lado, parece ser cierto. ¡Qué bien! Todo el mundo dice que, aunque lleva el pelo rosa -azul también lo lleva- Lucía, la madre de Papito, ya saben, ya no usa sus gafas. No tiene nada que ocultar. Está más guapa que nunca.

-Volví a recuperar mis ojos en el día de Santa Lucía, que es la patrona de los ciegos. Por eso siempre llevo su estampa conmigo, aunque siempre fui incluso una mujer creyente de misa diaria, tanto es así que en mi bolso, nunca me falta un rosario. Es más, siempre creo que hay algo que pedir, o dar las gracias.

Desde ese reencuentro dicen que Antonia parece otra. La última vez que la vi fue como siempre, Antonia como fugitiva en aquella cafetería de Chamberí. Me aseguran que está mejor que nunca, aunque dice:

– He dicho, y no me arrepiento de ello, que yo, perdono, pero no olvido.

No es bueno eso, Dell’Atte, aparte de que si se perdona es porque se ha querido, por lo menos, olvidar. Antonia no ha vuelto a casarse, y Ana, todos los veranos nos sorprende con su anatomía formidable. Es rica, bonita y bióloga. Pero sigue buscando el amor total, aunque parece no -quizá porque no quiere- encontrarlo del todo. Eso sí, en los primeros días del verano, se reúnen los fotógrafos para hacer realidad “el posado” de la estrella. Hace unos días, en el programa de Bertín Osborne, en su casa, que es muy hermosa, desveló uno de sus secretos, que tiene muchos. Tantos como amores conocidos.

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– Me operaron hace tiempo, de una cosa que tenía aquí en medio, casi en la mitad, cerca del corazón. Por eso siempre llevo triquini, para ocultar la cicatriz de la cirugía.

Antonia Dell’Atte continúa a pie de obra. Me dicen que está escribiendo un libro de recuerdos y parece ser que como en otras ocasiones, aún tiene además un cuerpo espléndido y una memoria increíble, además de su pose frente a las cámaras, que siempre la han amado, y puede ser que hasta le ofrezcan si es que no lo han hecho, un programa de televisión que sea suyo propio. Ya lo hizo en Italia, como presentadora y como jurado sabio en un concurso de belleza a escala nacional, en Roma. Hace poco, ya una mujer curtida en el dolor, incluso ha dicho en su resurrección:

– La verdad sobre todas las cosas, es que me salvó el seguir soñando…

Es un buen consejo, es una hermosa revelación. Del dolor dicen que se emerge mucho más fuerte, más sabio. Vale. Acaba, me dicen, de regalar una casa hermosa a su hijo, en Milán, donde siempre ella regresa siempre. Es la capital de la moda en el mundo, aunque llueva más de la cuenta y cuando es así, ella sale a la calle y abre el sol de sus ojazos, que sobrevieron a la oscuridad.

Tengo ganas de volver a verla, incluso aun sabiendo que ahora va a ver lo que de mí queda, como una cruda realidad del tiempo. Hace un cuarto de siglo que no te veo Antonia Dell’Atte, con dos eles, y dos tés. En cuanto a la otra ele, pues, de lista, y en cuanto a la otra té, permíteme el otro piropo, de terca.

De nada, Antonia, y adelante. Feliz año 16.

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