Salvamento Marítimo, los ángeles de alas color naranja

Amo el mar, la mar, y siempre que puedo lo demuestro. La quiero mucho, sé que no somos con ella, como ella -la mar es femenina- con nosotros. Nos da más de lo que le damos. Y nos debíamos llamar, incluso, el planeta Mar y no el mundo Tierra como le llamamos. No hay más que asomarse a un mapa de escuela. Jack Cousteau me dijo un día, en el mar de Cortes, donde asistíamos al encuentro amoroso de las ballenas, que “no teníamos más que asomarnos a lo que somos. Tres partes de agua y una de tierra”. O sea, somos mar, aunque a veces como decía Hemingway, “la mar es un fabricante de viudas”.

1

Lo sé bien, porque he contado muchas de sus historias. Además llevo, –¡lo he contado tantas veces!- un barco de vela tatuado en mi brazo. Me lo hizo el legendario doctor King en aquella sala oscura de Ciudad Juárez, en el barrio de la marihuana. Durante muchos días tuve fiebre, pero la verdad es que hoy me siento orgulloso de poder exhibirlo como una hermosa cicatriz de cuando uno iba buscando la aventura para contarla.

Por eso está conmigo, como está el caparazón de la tortuga que me traje del océano, de Annobon en África, o aquel pez vela disecado, momificado, que pesqué en el Cabo San Lucas de México, más grande que yo, conservo la foto, y el documento firmado que lo acredita. Me tuvieron que ayudar porque luchaba más que el  tiburón de aquel relato impresionante que fue “el viejo y el mar”. Conocí al hombre que inspiró el monumento a la pelea por la vida de don Ernesto. Estuve con él en La Habana, cerca de la casa de madera… etc, etc.

Tampoco quiero cansarles demasiado. Tengo el premio Virgen del Carmen de Periodismo por aquel reportaje de mi navegación, inolvidable, en el Juan Sebastián Elcano; El barco escuela de la marina española. He escrito mucho sobre la mar, he llegado hasta isla de Pascua, el ombligo del mundo, he contado la noche de la inmensa tortuga laud, que lloran cuando paren bajo la luz de la luna, al final del océano…

2

¡Tanta mar! He enviado botellas de ron, vacías con cartas de esperanza dentro desde tantos mares—conservo aquí mismo un ánfora encontrada en el fondo del Mediterráneo cubierta de concha marinas, he pescado el tiburón, en aguas de la Gomera, junto a mí, en este instante, aquella gaviota de cerámica que me traje desde Seattle, en los Estados Unidos, sobre sus patas amarillas, con un pez en la boca…

He escrito Un fuerte sabor a sal, que igual publico algún día. He vivido y contado las islas de nuestro mundo, la Virgen del Carmen, patrona de los mares, me protege, tengo dos salvavidas a mano, uno de aquel Benchijigua maravilloso que me llevaba por los mares atlánticos, de isla en isla, colecciono libros sobre ballenas, creo que Moby Dick es sin género de dudas el Quijote de la mar, y he estado a punto de dar la vuelta al mundo en un barco grande, hace poco, antes de irme del todo. Soy capitán de la hermandad de náufragos y mareantes de Asturias…

Y como los buenos pescadores, no sé nadar del todo. Soy un náufrago en todos los aspectos. No hay más que repasar mi propia vida de pirata. Pero no quiero cansarles más. Solo contarles, hoy, el hermoso recado de Navidad que no es un cuento, de que siempre, siempre, al menos en mis mapas más cercanos, los de mi pueblo, mi tierra, mi patria, usaremos la vieja palabra mal usada, o ahora no usada, para decirles que cuando me muevo en mis fronteras me siento protegido. Mas diría yo, esperanzado. Sé que luchan en silencio por mí que están o arriba o cerca, mientras navego, mientras escribo, sé que ahí están los de Salvamento Marítimo Español.

3

Llevo conmigo una cartera negra, de mano, con la que me muevo por todos lados, con las iniciales y el ancla y la corona, del gran arcángel que sé que me protege en la mar. Lo sé. Presumo de mi cartera negra con sus dos letras y el abrazo protector. Y quiero que la vean y me pregunten, para responderles mirándoles a los ojos:

– Sí, son las iniciales de Salvamento Marítimo, que salvan tantas vidas, miles de vidas diarias. Un ejército de mil quinientos voluntarios que desde 1993 trabajan jugándose la vida tantas veces por los demás. Esos, que llevan en brazos muchas oscuras noches de galerna a los cuerpos de las mujeres, los niños, los hombres de rostros asustados, que han podido sobrevivir en la inmensidad del océano negro, apretados en una patera imposible, buscando una libertad, un pedazo de pan que no han tenido en sus lugares de origen.

Esos barcos color naranja que brillan en la ferocidad del mar revuelto. Suben, bajan, echan agua, están llenos de luces como bosques de Navidad de la esperanza. Salvan vidas, trazan caminos seguros, avisan, son una buena historia de siempre en este mundo de las malas historias, son faros, salvavidas cargados de futuro. Médicos, técnicos, enfermeros, gentes sin nombre que dan todo, pero todo, todo, sin que sepamos quiénes son, gentes desconocidas que por menos habrían ya merecido su nombre en un mármol de superhéroes. Avisos, luces, urgencias… cada día, como poco, una patera salvada de la muerte, luego en el puerto seguro llegarán las mantas, las cruces rojas, buscan, rescatan. Avisan, controlan, están atentos a todo el mundo que se lanza al mar sin saber que a veces la deriva, la tempestad…

4

Un viejo amigo mío, ya desaparecido, Josito, en Santoña, que llevaba una emisora casi personal avisando a los pescadores de la anchoa, del gallo, de la merluza, de lo que estaba pasando en su casa mientras navegaban rezando el duro Padre Nuestro de la mar, el pez nuestro de cada día, me contaba:

– ¡Si yo pudiera contar las historias que terminaban felizmente en lo que eran las dificultades a veces mortales, porque llegaban los barcos y los tripulantes del Salvamento Marítimo…!

Enseñando, desde tierra, acudiendo desde la mar a su llamada, por ejemplo, a ver… Ayer mismo la televisión lo contó con sus imágenes impactantes.

“En aguas de la cercanía de Adra, en Almería, se ha localizado una patera a punto de hundirse, llena de refugiados, mujeres, preñadas muchas, niños, muchos niños que venían de las costas saharianas y que han podido ser rescatados…”

Veinticuatro horas al día, sin tregua, los ojos bien abiertos, desde las eficaces nuevas ayudas técnicas, sin descanso, trabajando en la seguridad de las emergencias de la mar. No es fácil su tarea, su trabajo diario. Me gustaría poder, antes del final, que me dejaran subir a uno de los barcos de color naranja que están ahí, bajo el patrocinio iniciático de Fomento; salvando vidas, casi siempre, jugándose la propia. Hace muy poco, en lo que es la crónica diaria del trabajo de los de SM, se arrancaron, se salvaron de la muerte, treinta varones, trece mujeres y algunos niños apretados al pecho de sus padres y sus madres… ¡Salvamento Marítimo!

De tener el tiempo permitido ahí me tendrían, porque lo bueno que tienen, que tenemos los náufragos de la mar o de la vida, es eso, que sobrevivimos para contarlo… Por eso hoy, a un paso de la Navidad que llega, levanto en mi pensamiento y en mi sentimiento, y de parte también de todos ustedes, mis lectores de medio mundo, a través de HOLA.com, este árbol de Navidad, en la mitad de la noche oceánica, como agradecimiento a todos aquellos, a todos estos que en silencio, bravamente, trabajan por los demás. No hay acción más solidaria que esta. Darlo todo a cambio de casi nada. Bueno, de casi nada no, de haber dado la vida por los demás. Aunque la vida a veces no merezca la pena sobrevivirla.

Deja un comentario

Tu correo electrónico no será publicado.

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer