Impresionante retrato de doña Concha Piquer, escrito por su hija Concha

De Concha a Concha, un buen documento. Acaba de salir el libro Así era mi madre Concha Piquer, está escrito muy bien por su hija Conchín, como le decíamos habitualmente los cercanos. Sobre todo lo digo por una razón inicial. Conchín fue la esposa de Curro Romero, el enorme torero sevillano que fue además, el padrino de mi hijo José, o sea, que es de hecho y por derecho, a la andaluza, mi compadre.

A la madre de Conchín, que desde que murió, la llamo y ella lo sabe, Concha, pero no doña Concha, que es un título que mereció su madre. La entrevisté varias veces, por no decir muchas, para la prensa, la radio y la televisión, hace más de cincuenta años como digo a veces, porque llevo una larga vida en esto.

La primera vez, cuando ya tenía en el primer piso esquina a la plaza de España, su casa, ganada a costa de su amor y su gloria cantando. Porque doña Concha Piquer, a la que le venía pequeño el título de la Tonadillera, tenía la voz de los ángeles, si es que los ángeles, que deben tenerla dada su importancia, la tuvieran. Nadie cantó como ella la copla, que es verdad, al menos en su tiempo y aún ahora, cosa que se discute.

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Doña Concha era valenciana y lo era de una manera total, como una reina en el reino donde se movía. Cantando. Era una dama hermosa, de perfil arrogante, de calle o de escena. Junto a ella, aquel primer día, que siempre lo cuento, cantaba su canario en la jaula, al que llamaba Piodoce, creo, porque era como si cantara en San Pedro. ¡Claro que sí! Iba el ave de amarillo, y encima, o además, sabía que cuando ensayaba su jefa, doña Concha al piano, con el maestro solano, por ejemplo, él tenía que callar, más que por cortesía, porque nada ni nadie, podía cantar como ella.

Estaba casada, estuvo casada, con el torero Antonio Márquez, que tenía garbo y gracia en la plaza, pero que no por merecimientos propios, precisamente, pudo llegar a ser una primera figura. De este matrimonio nació Concha hija en Buenos Aires, y la leyenda, y ella misma, dice, que le amadrinó Eva Perón, lo cual ya instala a Concha hija, también en la leyenda.

Pronto empezó a cantar Conchín, y por no hacer más larga de la cuenta la historia, servidor la conoce personalmente, luego de ya casada con Curro Romero, en aquella boda de tronío, con acento en la i, que gustó tanto a la España de su tiempo.

Cuando el cronista, hoy blogero, servidor de ustedes, habla por primera vez con ella, es cuando haciendo, escribiendo La crónica de España, por encargo de Juan Luis Cebrián, entonces director del periódico, para Informaciones. Total, nada escribir cada día y enviar la crónica en ruta. Y al llegar a Sevilla, bueno, empezamos por Sevilla, con el fotógrafo Luis Milla, de lo primero, fue aquella fiesta de noche en la que en el cortijo de Sanlúcar la Mayor, llamada de la Alegría, y que hacía honor a su nombre, acudimos invitados por mi compadre.

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Esa noche ocurrieron dos cosas inolvidables para mí:

Una, que fue la primera y única vez que toreé, una nocturna, en la plaza de tientas de la finca del rejoneador poeta. Y no lo hice mal, casi de madrugada, y la manzanilla junto a la sangre corriendo por mi sangre. Claro. Hay documentos gráficos de aquella casi madrugada heroica, en ese día, noche, hice lo que pude. Mucho miedo y mucho garbo a la vez para lancear a la becerra. Porque la verdad es que era una becerra. Pero bajo mi gorrilla de cuadros, de la que un día contaré su historia, latía un corazón que sabía que era, sin duda, mi única oportunidad a pie de gloria, sobre la arena de una plaza, placita, por pequeña que fuera.

Y además, aquella noche, y esto era lo más importante, escuché cantar por primera vez a la esposa, entonces, del torero, a la hija de Concha Piquer. ¡Estuvo, in-men-sa!

Cantó limpiamente, poniendo en el aire de la noche sevillana la copla con la gracia de las elegidas. La crónica de aquella noche, que se llamó: Ha nacido una estrella.

No era ciertamente un título original, pero lo que sí es, es que era cierto. Conchita Márquez Piquer cantó como pocas, con un corazón de agua de fuente limpia, prodigiosa. Hay veces que estas cosas se heredan, pero pocas, y aunque Conchita Márquez Piquer no era doña Concha, porque las únicas no tienen doble, ni continuación, rompió a cantar para la calle digamos, tras el largo silencio de su niñez, aquella noche.

Y desde entonces, públicamente, cantó, llegando a ser más que figura inolvidable. Era además, mucho más linda que su madre, y aunque había nacido tan lejos y estudiado en un colegio suizo, creo, lo cierto es que fue grande, muy grande en el mundo de la copla. Además tenía unos ojos limpios, creo que verdes, y eso que se llama un sabor, una voz mediterránea, valencianísima.

Cuando se separaron, judicialmente, Concha Márquez Piquer y mi compadre Curro Romero, yo la vi menos, pero la escuché mucho. La sentía, la quería, la admiraba. Además, tenía gracia contando, valor viviendo, sentía con fuerza y a veces era el lirio del delirio. Discos, reportajes, historias, aquella esquina de la calle General Mola entonces con Hermosilla, la casa con el sello de la ganadería de vacas, buenas, de carne, en la provincia de Segovia, cerca de san Rafael, total, el mito redivivo.

Pero, eso sí, doña Concha, madre aún después de su ausencia, vendía más discos que su hija. Conchín misma lo reconocía. Después Ramiro Oliveros, aquel actor que sacrificó todo por estar a la vera de la Piquer, hija, que es lo que fue siempre conchita.

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¡Tantas cosas! Y Conchín, en el silencio o en la palabra, diciendo lo que del corazón le salía. Diciendo y haciendo. Valiente Concha, hija, siempre, cosa que por otro lado había heredado también de su madre, además de su fortuna.

Ahora ha escrito el libro Así era mi madre Concha Piquer. Aún no lo he leído, pero lo tendré pronto. Me dicen que cuenta muchas cosas que no sabíamos ni de su madre, ni de ella misma. Y que además, está muy bien escrito. Lo creo, mucho más si sé que en lo que se llama la colaboración especial de su amistad, estuvo mi maestro diario Raúl del Pozo, con el que desayuno mi pan con aceite de la Bética, con acento en la e, de cada mañana en su columna del mundo. Lo estoy deseando, me haré con él, en la librería del AVE, donde me hago de ¡HOLA!, camino de Sevilla en la mañana.

Lo que tiene Conchita, además, es raza. Mucha raza, valor insisto, y la categoría de coplera grande. Ha sobrevivido a muchos dolores, muchísimos, a no sé cuántos sinsabores, y eso se nota cantando y escribiendo. Viviendo. Callando. Aguantando. Siendo.

Suerte, artista, mucha suerte. No es fácil hacer lo que acabas de hacer. Si ser como tu madre era imposible, sé que habrás contado de ella, puesto que de su vientre naciste, lo que nadie supo, lo que la hizo, además de con su voz, una de las españolas, únicas en el mundo.

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