‘FFF’, el epitafio de John Wayne

De pronto, de repente, en la madrugada, aparece en mí el título de crédito de una vieja película. Creo que se trata de la Paramount, llamada El álamo. Buen color. Larga duración. La memoria, de nuevo, porque hay en mí dos actualidades insuperables. Una, lo que ocurre a mi alrededor -lo que mi olfato periodístico detecta-. Otra, la que he vivido, algo que conmigo estuvo y despierta cualquiera de mis cinco, seis, sentidos. Lo que en mí fue noticia, en su día, a lo largo de medio siglo.

Así que espero que terminen los créditos de la película. Es del oeste, claro que sí, pero es que además, la dirige y la produce, ni más ni menos que uno de los gigantes, nunca mejor dicho, del cine que fue, John Wayne, la leyenda de las leyendas.

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Y no tuve que apretar mucho el recuerdo para que apareciera, en todo su esplendor, aquel al que llamaban los amigos más cercanos “duque”.

Merecía el título. Medía uno noventa como poco, caminaba de una elegante forma, muy especial, había hecho más de cien películas. Mereció un Óscar, nadie como él, para poner de pie el mito del verdadero justiciero del oeste americano. Era, lo dicho, una leyenda.

Había nacido en Ohio, claro, hijo de un matrimonio de metodistas. Iba casi para monje, aunque al final se quedó en lo que fue, que no era poco, un mito de las películas americanas. Yo, debo decirlo, le conocí en Panamá, en las islas de Contadora donde se firmaron los históricos tratados del canal. Cuando los americanos devolvieron a Panamá la libertad total de aquel canal único que enlazaba el océano y el pacífico, y del que eran dueños los americanos. El formidable general Torrijos, que también fue un excepcional amigo mío, y me regaló aquella hamaca de hilo blanco con su nombre, que ya no sé dónde está, como casi todo lo que he ido dejando por ahí, perdido, en lo que ha sido la constante aventura periodística de mi vida, vivida solo para contarla.

Veo a un hombre alto, muy alto, con un cierto resplandor a bordo de aquel barco con aire de crucero de guerra, que lo fue, y que era suyo, del gigante bajo el sombrero de alas anchas color maíz. Era Jhon Wayne en persona. Yo estaba, poco menos que atado con la gleba, no mucha, de los periodistas y corresponsales que habíamos acudido al hecho histórico.

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Un día, mientras nos bañábamos en el agua oscura del canal, cerca de la casa donde vivía el general, dentro del gran río oscuro, rodeado de niños de la alta montaña verde y húmeda donde habían traído los bueyes de la India, para que se adaptaran a lo que era el nuevo paisaje panameño. Cuando ya estaba en el agua, sin bañador, con el uniforme de camuflaje que le gustaba tanto llevar, habló del general Torrijos, me ordenó:

– Medina, ven conmigo.

Quería que me lanzara como un soldado, pero me dio tiempo a quitarme el chaleco de las cremalleras, además de algo de lo que llevaba encima. Lo hice, y ya allí le pedí a mi cámara de televisión del programa Trescientos Millones de la Televisión Española:

– ¡Rueda, rueda, que el momento es único!

Me echaron, con un cierto miedo, el micrófono de mano. Le pregunté al general:

– Me han dicho, mi general, que lo que usted quiere es entrar en la historia con este gran momento en que le devuelven el canal.

Y empapado, chorreando, le dio tiempo a contestarme:

– Yo lo único que quiero, Medina, es que nos devuelven algo que es nuestro.

Y lo estaban haciendo, después, cuando fui invitado a acompañarles a Contadora en el viejo barco de guerra del soldado de soldados, Jhon Wayne, donde se estaban celebrando las últimas largas conversaciones históricas. De una parte, el general Torrijos, y el presidente de su país, e otra de Jimmy Carter, el presidente americano entonces, aquel cacahuetero riquísimo que llegó a ser jefe de estado del país más poderoso del mundo.

Ahora hay noticias sobre la enfermedad inquietante que le tienen recluido en una clínica de los Estados Unidos. A su esposa la pude entrevistar poco después en Costa Rica. Era dulce y cercana. En el buque aquel, inolvidable, había también alguien de poderoso resplandor en la comunicación, Barbara Walter, la presentadora de televisión más famosa y poderosa de América. Y John, fumando un largo puro, posiblemente habano.

Se nos permitió darle la mano, como en una ceremonia religiosa. Lo hice junto al embajador yanqui tan importante en aquel trato histórico, y cuando le dijeron que yo era un periodista español, John me apretó la mano con más fuerza que a los demás. ¡Como les digo! Y me dijo en un castellano discutible:

-Mi primera esposa era de familia española y fue una gran mujer, se lo aseguro…

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Estará la imagen en el archivo excepcional de la tele nuestra, que a veces veo sorprendido en la dos. Total, que ese fue el único día que tuve a un palmo de mí a aquella leyenda del gran pistolero de las películas americanas, o del grandísimo soldado con casco, de las fuerzas americanas al pie de la bandera de las barras y las estrellas.

Ahora no tengo más que tirar del viejo cine que guardo en mi memoria, en mi cabeza, en mi recuerdo, y me sorprendo al recordar lo que tanto le quería su gran pueblo, que el día que se fue, en el setenta y nueve, y a los setenta y dos años en una clínica de los Ángeles, Estados Unidos, hizo bajar la bandera de su tierra. Quiero decir, que los americanos le rindieron los honores del adiós el héroe. Está enterrado en el lugar de nombre exquisito, donde tenía una casa un rancho claro, la ciudad de la corona del mar. En su tumba, se puede leer, sólo como en un enigma, aquello que decía: “FFF”. Y que quería decir, según fue su deseo: Feo, Fuerte y Formal.

Escribí que le faltó una efe, la de formidable. Porque lo fue y porque llenó toda su vida, con un personaje honesto, valiente, tan imitado como imposible de imitar. Creó una leyenda, viva, con su manera de caminar, sobre el polvo de los caminos de los vaqueros y los soldados, a veces con espuelas, a ratos con un fusil en la mano nadie montó a caballo como él, y nadie, tampoco pudo recoger a una dama en sus brazos, como él lo sabía hacer con su compañera de cine, de siempre, Maureen O’hara, la peligrosa mágica de Hollywood.

Con ella hizo muchas películas. Ella era también descendiente en cuarta generación de europeos, de irlandeses. En el western fue el mejor. Se casó tres veces. Dos con mujeres que tenían algo que ver con la vieja sangre española, y le gustaba vivir largas temporadas en su rancho, inmenso, donde muchas veces le pedían permiso para rodar películas del oeste.

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Tenía una casa que era del estilo Nuevo México, tenía caballos, y se le vio montar hasta el final, hasta que el gran enemigo, el cáncer, dice su biografía, lo fue mermando y lo dejó en los huesos. Pidió que le colocaran en el sitio final lo de las tres efes.

Hizo de protagonista en 142 películas. En esa de El álamo, le vi anoche con un sombrero de piel de castor, creo que haciendo al personaje aquel de Davy Crockett. Fue grande de cuerpo y de espíritu. Cuentan que al final se bautizó cristiano, antes de morir. Nació en el siete y murió en el setenta y nueve. Creó una escuela, una forma de ser y de estar. Muchos niños de América quieren parecerse a él, con las dos pistolas colgando de los lados de sus largas piernas, perdón, revólveres colt, generalmente del cuarenta y cinco, y enamorando a la dama de la película mientras sonríe, entornando los ojos como hacen los grandes elefantes, rodeado de cactus y de jacas.

De nada viejo John Wayne. Quiero que sepas que la última vez que estuve en Los Ángeles busqué en el cielo la estrella que lleva tu nombre, y además, compré en un chino un muñeco que te recuerda. Es como una especie de amuleto que me acompaña en esta vieja biblioteca donde están los libros de cine, las historias de héroes, que te recuerdan. Perdona si he olvidado algo fundamental de tu historia como  ser humano y como gigante de la nostalgia. Me ha gustado volver a estar contigo.

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