Esta noche es Nochebuena

Es lo clásico. ¡Cómo olvidar esta fecha de hoy, día veinticuatro de diciembre, sin recordar la fiesta inolvidable! Familiar, por supuesto. Así que aquí me tienen ustedes, armado con mi zambomba de papel, de aire, dado el que yo soy de pueblo, y cada día más de pueblo, que no hay más que verme y leerme, que es una forma de verme en el espejo de azogue de mi sentimiento, para celebrar con ustedes, si ustedes me lo permiten, el que así sea, esta noche que para todos tiene, al menos en lo tradicional, su villancico iniciático. Por ejemplo:

“Esta noche es Nochebuena

y mañana Navidad.

Dame la bota María,

que me voy a emborrachar

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Esa era la que sonaba en mi aldea, bajo el castillo de piedra que fue de mi abuela, era nazarí, y donde cuidábamos unas doscientas cabras de leche riquísima, porque comían del pasto de la historia, además del musgo de los montes orientales.

Dicho lo cual, a lo de las palabras primeras se pueden añadir “¡tantas como Nochebuenas se estén celebrando esta fecha…!”

O sea. “Esta noche es Nochebuena, y mañana Navidad, y nosotros nos iremos y no volveremos más”. Esta última es más triste, y tiene un trasfondo profético, porque aunque de pena cantarla, es la más cierta.

Lo que pasa es que generalmente uno canta la de toda la vida, se encuentre donde se encuentre.

Por ejemplo, yo recuerdo mucho, muchísimo, la Nochebuena en la casa de mi abuela Concha de mi pueblo Piñar. La cocina, la chimenea, grande encendida con leña de olivo, y también alguna paja de la cuadra, el aroma de la casa con el salón grande, fuera quizá nevaba, que en pueblo nieva mucho, y los justos, o sea, nadie más que los necesarios, que incluso a veces sobran la mitad. La zambomba, las carrañacas, que así les llamábamos, y más les digo, a veces la vieja radio del ojo verde parpadeante… y el chorro de la vieja fuente de la plaza a la que un día llevó un servidor el milagro de “la del grifo” algún perrillo echado junto a la lumbre, “la vera de la pava”, el olor de la matanza, pero la del cerdo que se había hecho el día antes, aquellos chorizos envueltos en papel de estraza del que sobraba de las cajas de loa arenques, el aguardiente del Mono, o de Rute, en fin…

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Y el mismo villancico, a veces triste, siempre recordatorio, la artesa grande, de madera de olivo, que ya quisiera yo encontrar ahora…

Pero la letra de la coplilla, el sonido de la zambomba, que este año vuelve a llevarse, por cierto. Pero ojito que se está falsificando mucho, y la zambomba debe ser de barro cocido, de rambla, la caña de junco seco de ribera a ser posible del charco más cercano, el pellejo es clave que sea de conejo, a ser posible cazado a mano, mejor, por uno de la reunión y atado después con un pedazo de soga.

Y el compás. Compás con acento en la “a”.

Bueno, pues esa estampa la he repetido yo, sin éxito, con aquel aroma. En mi casa de la calle del barrio de La Magdalena de Granada, en la otra, del camino de la Divina Infantita, en la otra de la calle Buensuceso…

Pero ninguna como la de la casa de mi abuelo, aunque en la televisión estuvieran por estar los del Río cantando villancicos desde Utrera… que llevan por cierto, cincuenta años cantando para todo el mundo y por todo el mundo…

Macarena misma, Sevilla tiene un color especial, son villancicos adaptados al ritmo del momento. A mí me gustan los de Estrella Morente y su familia medio gitana a ser posible cantado en la casa que tenían en el barrio del Albaicín…

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Bueno, pues por no hacerles más largo el villancico, y puesto que ya tengo de parte de ustedes el “aguinaldo” -los niños decíamos siempre “el aguilando” y luego pasábamos la gorrilla-… aunque el paisaje fuera distinto.

Aquella noche, en la isla de San Salvador, más allá del mar de los Sargazos, en las Américas, donde llegó Colón en el noventa y dos, creyendo que llegaba a las islas, la gran equivocación histórica que cambió el destino de la humanidad…

Y cinco siglos después, en 1992, esperábamos al nuevo Colón, aquel loco maravilloso que era el capitán de navío Etayo. El navarro ilusorio que quería repetir la escena quinientos años más tarde, y allí estábamos una escuadra de contadores de historias. Aquella madrugada caliente mientras sonaban en plan villancico los saxofones, las marimbas, las trompetas, sobre todo las trompetas…

O la Nochebuena de Irak, con los soldados de España en la base de Diwaniya, con la guerra todavía abierta, y cuando aquella noche le pregunté al comandante aquel vestido de campaña, de las sierras de Toledo inocentemente:

– Jefe, ¡qué hermoso poder ver desde aquí cómo se derraman las estrellas de Belén en el cielo…!

– Sí, pero son distintas. Las estrellas que se mueven son helicópteros americanos, y su largo rabo, son misiles…

Sin embargo, sí que vimos el padre Ángel y yo, cerca de la cúpula azul rota de la mezquita destruida, a María, a José, al niño incluso en aquel grupo de iraquíes que venían escapando del hambre, de la sangre y de la guerra…

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O aquella otra Nochebuena con los gitanos del Sacromonte, con aquella foto que aún cuelga en alguna de sus cuevas, quizá la de María “la Canastera”, del joven reportero que lo contó para la revista Careta, doble página, hace más de sesenta años, sí, sesenta años…

O aquella mañana, que entrábamos en Belén -pero el Belén de Palestina donde nació Jesús- con las tropas de asalto del general Dayani, nos pusieron para callar el ruido de los tanques, inmenso, el Belén de Pau Casals, por los altavoces que olían a pólvora y a muerte… O cuando me hicieron cronista del pueblo de Belén, que conservo el nombramiento, y los zuecos de madera de boj, con mi nombre… aquel alto Belén de las brañas de Asturias…

O cuando hacíamos el portal en la casa, sobre la cómoda, con un cielo azul de papel, del papel con el que forrábamos los libros en los Maristas del Carril del Picón, con aquellas estrellas de plata del papel que envolvía el chocolate, y había un puente de corcho, y un río, de papel brillante, y había que bajar de la buhardilla, aquel nacimiento. Ahora empecé a coleccionarlos, los trajes de papel mascado de la India, de pan endurecido, de Arequipa, precioso, todavía superviviente, o aquel de barro puro que hacía el sacristán del pueblo de Iznájar en la sierra de Córdoba… O aquel…

Tiempo de Nochebuena, intentemos que no sea nochemala. Y mañana es Navidad. En cuanto a si me tocó la lotería, les diré que me tocó sin tocarme desde el mismo día que abrí esta ventana de mi memoria, mi entendimiento y mi voluntad, las tres verdades capitales de la fe para ustedes. O sea, que me toca cada día, y más si me leen ustedes.

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