Carlos Cano, nadie cantó como él

De repente, en la alta noche buscando, en la radio, que es mi pájaro en el hombro, me rompe el alma aquella María la portuguesa de Carlos Cano, mi paisanico. Y de repente, aquella voz de miel y de hiel al mismo tiempo, me pone la carne de gallina, me viene el escalofrío.

Me gusta su helador puñal, me da una vuelta a la cuerda de mi vida. Lo busco, y de pronto, sin necesidad de otra emoción, lo encuentro. Está aquí, en mi periódico de Granada, la premonición, que va y titula: Hoy llevamos quince años sin Carlos Cano.

Insisto, la premonición, alguien, algo, que maneja sin que lo sepamos los hilos de la memoria. Y es verdad, consulto las fechas, me asomo a los datos, que están tan cerca. Si yo soy, inmerecidamente como siempre digo, el cronista oficial de Granada, y su provincia, él, Carlos Cano, fue sin género de dudas el cronista musical de la Granada de la música, más todavía, el juglar sin tregua, el orfebre de la voz de la Andalucía antigua. Porque le gustaba la copla y la cantaba como nadie. Tenía una voz de metal y caña, formidable, él decía que su patria era “cai”, por Cádiz, a la que amaba, pero también sabía de dónde venía, quién era, lo que había alcanzado. Era, fue, el mejor, el más grande. Le conocí a fondo. Era un granadino puro. Decía, siempre aquello de: “pero es mejor, soy granaíno impuro”.

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Hablábamos e intentábamos arreglar el mundo. Era guapo, alto, macho, personal, no fácil poeta, el Federico en la música. Cantaba con pellizco, era el mejor. Te ponía los pelos de punta. La alacena de las monjas fue una llave de los sentidos, al menos para mí. Pero es que en América, además, era inmenso. Porque cantaba el bolero como el mejor bolerista, y porque a la ranchera le daba con hondura y locura al mismo tiempo.

Poco le ayudé cuando subió a Madrid con lo puesto a cantar coplas. Hizo del pasodoble, el pasotriple, e iba siempre como un emir de paisano, con su chaleco de diez botones. Siempre te miraba como desde arriba, y bajaba a La Zubia, donde le gustaba cultivar la higuera y la hoguera al mismo tiempo. El pelo de visir, ondulado, las manos expresivas, pero Dios no le dio todo a todos, y le parieron con un corazón de mal funcionamiento. Tanto que tuvo que cuidárselo constantemente. Si bebía un vino tinto de la alta planicie de Granada, era por consejo médico.

Escucho ahora mismo, también es casualidad, o ¿será la causalidad sonando, que es bien distinto? Es la Pasión, la Vega, que le canta en festivales por el mundo. A veces, pocas, nos encontrábamos, eso sí, siempre en el sur, eso siempre. Por ejemplo la última vez en la Judería de Córdoba, cerca de la estatua de Maimónides, a la puerta de la universidad. Nos rodeaban jóvenes estudiantes conmovidos de tenerlo tan cerca, porque lo cantaban. Todos hemos querido cantar como él. Y hace ya quince años que se nos fue, de eso, de un golpe de corazón. El músculo era bueno, le dijo un día el médico, pero los canales que arribaban la sangre eran malos de nacimiento. En lo que es su leyenda, se cuenta, que su madre tenía lo mismo, y que era un defecto de fabricación de la familia, de la familia por dentro.

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Llevaba como un sello dramático en la frente, hablaba como los viejos gitanos del Sacromonte, los patriarcas. Gustaba mucho a las mujeres, porque, además, hablaba como cantaba, desde profundis. Aquel día en la Judería, me puso la mano en el hombro y me advirtió:

-¡Si vieras la palmera que tengo en la casa que acabo de comprarme!…

Sabía, Carlos, que me gustaban, me gustan mucho, las palmeras. Como el rumor del agua en la fuente de un patio. No nos despedimos ese día. Nos separamos sencillamente, pero yo por lo menos sabía que estaba “sentenciado”.

Escribía y cantaba. Era un poeta vestido de juglar. Triunfaba con la dificultad de lo más sencillo: la vida, la memoria, el dolor y el amor al mismo tiempo. Contaba, cantaba, tristes historias de amor que enseguida salían a la calle y eran cantadas en las cuatro esquinas del barrio.

Un gran tipo. Desde su casa se veía la Alhambra, y tuvo un hijo, que me dicen que canta, como él. Todos los inviernos, por ahora, me gustaba escucharlo cantando Los Campanilleros, y buscaba el viejo disco de vinilo, todavía. Me venía a la mochila del recuerdo aquel día que me lo cantó aquella mujer, ciega, en su casa de Málaga, que elevó la copla a la categoría del himno.

Se nos murió Carlos, que ahora, también estos días, habría cumplido años, de un golpe seco de corazón. La arritmia no permitía que la sangre, el caño de la sangre, como él diría, con su acento gitano y griego y su aire romano, no llegaba hasta el pozo del reloj. Un desastre. Un cataclismo. Se nos murió en el hospital, en Granada, en San Cecilio, después de haber sido operado en profundidad no sé cuántas horas, supe que siete en Nueva York, en la clínica Monte Sinaí, donde trabajaba el cirujano cardiólogo que más sabía del corazón humano.

Le recuerdo mucho. ¡No sabéis cuánto! Me da la sensación que algo prepara Granada, graná, con acento en la segunda, en su recuerdo, en su memoria. Que cuenten conmigo. No sé si hay una calle que lleva su nombre o una placeta del albaicín distinto, de plaza, que es otra cosa. En fin, quizá una escultura en bronce con su mano en el bolsillo de su chaqueta de indiano y al pie una fuente de mármol de Almería, de macal, de lo mismo que está hecha la fuente de la Alhambra de Granada. Con un ciprés, un olivo, una palmera… Nació en el invierno del treinta y seis, puede ser, y se nos fue…

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Pero no importan las fechas. Es bueno. Esta piel de gallo que se me pone cuando le recuerdo. Aquel mediodía, del salmorejo en la bodega, le hablé de paso de un romancero que me hubiera gustado escribir, y que él lo cantara, sobre el fraile aquel que hacía milagros, y que se llamaba fray Leopoldo de Alpandeire.

Me quedé con la gana de que él cantara mi palabra escrita. Ahora lo que me gustaría es hacer lo mismo con él, y por eso esta columna ancha del blog de esta mañana, de otoño, que no se va del todo. Como su recuerdo, igual lo busco ya, cuando el turrón, cada día sea más amargo. Y le escucho, yo solo, yo mismo, cuando vuelven los campanilleros, “por la madrugá”, con acento en la a.

 

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