Esther Koplowitz, aquella cena al pie del árbol de las camelias

Inolvidable. Aquella cena, inolvidable. Y de pronto, anoche, cuando empiezo a organizar, poco a poco, con desesperación porque veo que me va faltando tiempo para hacer todo lo que quiero hacer en mi archivo de náufrago, me aparece aquella carpeta, grande, en la que yo mismo había escrito sobre el azul de la portada: E.K. La noche de la camelia.

Así que esta misma mañana me he sentado al ordenador, porque como viejo coleccionista de leyendas que soy, y ustedes lo saben bien, había una que respondía a solo dos enigmáticas letras mayúsculas: E.K. Y además, a continuación, la noche de la camelia. Así que hoy, esta misma mañana escribo, les escribo, de Esther Koplowitz, sin duda una de las damas más mágicas, especiales, que he conocido a lo largo de toda una vida buscando los tesoros sumergidos en la mar, ahora que se llevan tanto.

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Durante un tiempo, trabajé en silencio en un libro que tenía ganas de escribir, y que no quería que fuera uno más de los veinte que tengo publicados hasta la fecha. No me atrevo a decir, y los que me quedan…

Pero sí puedo asegurarles que el libro lo pude escribir hace años, pero no pude ni empezar siquiera porque el dolor, dolor inmenso, neuropático, me tumbó de bruces en la cama de la angustia… No quiero contar más de lo que me acompaña, de lo que me habita hace ya diez o doce años. Llevo conmigo, dentro de mí, un habitante especial, una máquina electrónica para engañar el dolor de mi cabeza, partida además en dos pedazos y cosida después, casi milagrosamente, y cuando el coágulo va despareciendo con la terapia diaria milagrosa de este blog de HOLA.com, para todo el mundo, aquí me tienen, que he puesto de pie este recuerdo hermoso, inolvidable, imposible de volver a vivir, de aquella noche en el Madrid del paseo de La Habana, donde nos reunimos en torno a una mesa en la casa de Esther Koplowitz, un grupo de personas muy importantes, formidables protagonistas de la cultura y la actualidad.

Una mesa redonda en un rincón de aquella residencia en la que una dama desconocida, intensa, inmensa, esposa de Falcó, el marqués de Cubas, nos reunía. En la sala de al lado, ladraban alegremente los perros de la casa. Una jauría de criaturas sin duda maravillosas como la anfitriona.

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Yo estaba intentando escribir un libro que había de llamarse, al menos para mi deseo, Aquella niña del tranvía que solo llevaba una peseta en el bolsillo. Un título largo, sin duda, pero empezaban a llevarse. Yo había terminado de publicar el de Ortega Cano, aquel Traje de luces, traje de cruces, con el torero enseñando sus cicatrices en el pecho desnudo, abierto la camisa del almidón y la sangre.

Se lo llevé a Esther Koplowitz, a su casa, dedicado. Sabía que había escuchado una carta mía en la radio que le había gustado mucho. Una carta cuando yo escribía las cartas de la radio de la visita de una de las obras de su fundación, que me había más que fascinado, roto los esquemas.

Un viejo amigo me había llevado hasta Valencia para conocer desde dentro lo que yo deseaba conocer. La obra de una mujer, que en silencio había hecho el milagro formidable, de un lugar único, donde se cuidaba de uno de los seres humanos más en soledad de la tierra, del mundo en el que vivimos. Una clínica para aquellos que tienen el cuerpo de los mayores, pero su cabeza sigue siendo, como mucho, el cerebro de un niño recién nacido. Me quedé sobrecogido. ¡Tanto que uno había visto y vivido para contarlo y no sabía de aquello que me estaban enseñando…!

Volví a Madrid distinto, herido en el sentimiento, en el pensamiento, con gana de organizar de nuevo de otra forma mi ya vivida, tan vivida vida. Aquella era una de las obras en silencio de Esther Koplowitz, mucho más, o además de la hermana de Alicia, mucho más que la presidenta de tantas fuertes compañías repartidas por el mundo, el cemento, el hierro, los aeropuertos, las carreteras…

Era una dama, distinta a todo, diferente. Tan bella y tan en silencio. Hija de un judío rico, de inmenso talento, y de una bella mujer cubana. Un apellido rotundo como los de los Rockefeller, a los que yo había conocido y tratado en Nueva York, pero esta criatura distinta, única.

“Que lo que haga tu mano derecha solo lo sepa, si es que lo sabe, tu mano izquierda”. Ese era de verdad aparte los títulos el sitio en el Forbes, todos los años, el lema de su escudo personal, el que se lleva tatuado sobre la piel del alma.

Esther Koplowitz, nacida hace casi sesenta años, no me importa la edad… Aquella hija del hombre riquísimo que escapó de la Alemania de Hitler con la estrella de David en el corazón. Esther, a la que aquella noche conocí, solo un día, nada más que un día, que aquella noche, excepcional, mágica, al pie, es más que un título romántico de aquel árbol de la terraza, de las flores abiertas, blancas, casi caníbales…

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-¿Y eso Esther?

-Son camelias…

Enseguida, inmediatamente, me di cuenta de que era un personaje más que singular, excepcional. Era la presidenta de un hecho constante, diario, carísimo. Una fundación en la que se curaba el cuerpo en la inmensa soledad de los ancianos, de esa enfermedad del alma que es la depresión. Estaba cerca de Madrid y funcionaba con rigor y con amor al mismo tiempo. Una obra ejemplar, como lo de los estudios de la Fundación en Barcelona, el edificio del talento y el talante, como las salas, los jardines de aquella tarde en Valencia que no olvidaré jamás, los estudios de oncología, las investigaciones sobre el cerebro, el Alzheimer, hacer que los viejos sean niños, conseguir que los niños lleguen a ser mayores…

Se ha escrito algo, no mucho, sobre ella, sobre esta mujer de la que se ha dicho que es tenaz, callada, tímida, generosa.

-Total, dígale a la presidenta que, por favor, solo tiene que responderme a cien preguntas…

-Pero es que ella no quiere, ya sabe usted cómo es…

Hablaba yo con personas allegadas, inmediatas a Esther, de su fundación, de su entorno. Muy cerca de Chamberí, en ese primer piso silencioso, callado, donde lo que trabaja es el sonido del reloj de arena del corazón… Esther, aquella niña a la que su padre daba entonces una peseta diaria para que fuera al colegio carísimo en tranvía, cuando Madrid era otra cosa. La heredera de una inmensa fortuna, junto a su hermana Alicia, a la que aún veo a distancia en un lugar en el que debe estar.

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Pero Esther es diferente. Ella, siempre en un segundo plano, a la hora de tomar las más fuertes y poderosas decisiones, para perder y para ganar a la hora de recoger la medalla merecida del trabajo. Por ejemplo, escondiéndose, apartándose del foco primero, como escapando, fugitiva de la gloria, náufraga espléndida del cataclismo diario de ese mundo feraz y feroz donde se mueve. A veces escapando a su casa en la mitad del campo de Castilla…

No soberbia, sino sabia, tan guapa, tan cercana. Le debía este post que vuela por todo el mundo. Mi carpeta está llena de cosas, de libros, de historias, que le atañen de cuando fue hace unos años en la Forbes la mujer más rica del mundo, hasta cuando casó a su hija, que heredó su talento y parte de su fortuna.

“Lo que no me mata me hace más fuerte”, como el viejo dicho. María Esther Koplowitz, marquesa, fortuna, clase, tres hijos, el silencio, la eficacia, la constancia y la ayuda a los demás, siempre y por derecho de su propio bolsillo. Luchadora, discreta, tan linda. Te recuerdo Esther, en las antiguas fotos a las que un día tuve acceso, aquella de colegiala, el cuadro grande en la sala silenciosa, con toda la familia jugando en aquel jardín, como un tapiz dinástico y hermoso…

No es fácil encontrar mujeres como esta Esther Koplowitz todos los días. Escrito su nombre a la hora de las grandes decisiones, capaz de vivir entre los grandes silencios. Sé que hay, dentro de usted, de ti, una fabulosa historia que contar, aunque solo sea la que tú escribes todos los días ayudando a la gente que más lo necesita sin que nadie lo sepa. Siempre en un segundo plano. Que esta sea mi carta de Navidad, la tarjeta que nunca escribo. ¡Estamos tan faltos de historias de solidaridad como la suya…!

Así que de todas formas y maneras, ¡gracias, Esther, en nombre de los que no saben, o no pueden darte las gracias!

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