Vuelve ‘Lo que el viento se llevó’

Que ya es decir. Por ejemplo, mis leales, vuelve el flequillo para todo el mundo, para todos los sexos. Por ejemplo, se va a llevar de nuevo ese pelo como distraído sobre la sien.

Yo conocí, por mi edad, y porque en su día fue noticia, el tiempo dorado del flequillo. El flequillo Beatle, por ejemplo. Ya saben que entrevisté en su día, en carne y hueso y en tierras de Almería cuando Almería era Hollywood, a John Lennon, que aún sigue siendo noticia. Bueno, era uno de los del flequillo de la época. Como lo fue, nobleza obliga, el recuerdo, Jesús Hermida, a quien el flequillo, aparte del talento, ayudó tanto en su carrera de la televisión.

El flequillo del Cordobés, mi viejo compadre, por el que no pasan ni los años ni los silencios. Siempre digo que está mejor ahora que antes, porque torea el difícil toro de la nostalgia como nadie.

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Tenía un flequillo que era de oro puro. Siempre lo tuvo sobre la dura frente de albañil. Le quise mucho y me bautizó incluso un hijo, concretamente a Salvador, mi tercero de los cuatro. Venían a retratarle de fuera sólo porque era el Beatle del toreo, decían.

Yo soy casi testigo de un día especial, casi espacial, que a veces digo. Verán, estaba el torero en Caracas, donde iba a torear aquella tarde mismo. Había, hay, una gran afición por los toros, incluso hubo toreros muy buenos en su tiempo. Por ejemplo Los Girón, a los que traté en su tiempo. Feos y valientes. De piel canela.

Manuel toreaba, insisto, aquella tarde en la plaza de Caracas. Había una enorme expectación por saber de él, por verlo. Su salto de la rana era un espectáculo, además toreaba cerca, y valiente, tenía una enorme personalidad. Yo le había hecho ya el guión de la película, que aún ahora se pone por América en los videoclubs, Aprendiendo a morir, y después le hice el libro de El oro y el barro. Siempre estuve muy cerca de él.

Un día, ese de Caracas, de pronto llamaron a la puerta de la suite que ocupaba. Apareció un hombre, Pierre, que dijo al presentarse que el torero cuando aún no se había vestido de luces:

– Soy el jefe de prensa del senador norteamericano Robert Kennedy. A mi jefe le gustaría mucho saludarle en su habitación del hotel si no tiene inconveniente.

Le dijeron quién era RK, el hermano del presidente de los Estados Unidos.

– Le encantaría hacerse una foto con usted para la contraportada de la revista americana Life.

El torero se echó una camisa por encima de las cicatrices y subió a la suite del senador, entonces una de las personas no sólo más famosas, sino con más poder del mundo.

El senador abrió la puerta encantado. El Cordobés ya era una leyenda, como él.

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Se dieron la mano fervorosamente, cada uno sabía bien la importancia del otro. Lo que deseaba saber Robert era si iban a coincidir en el horario de su trabajo. Sabía el americano que no sería bueno coincidir en los horarios. Había venido a dar una conferencia en un lugar muy importante, y deseaba conocer si la corrida de toros se iba a celebrar a la misma hora que su charla. Hubiera sido fatal para él. Llenaría el torero, era seguro, estaban vendidas todas las entradas…

Menos mal que no había coincidencia. El torero a primera hora de la tarde, “sol y moscas” como decían los enterados de la fiesta del toro. Y el ministro de justicia americano de las barras y las estrellas sería cuando empezaba la cálida noche de Caracas.

El fotógrafo de Life esperaba con la cámara a punto cuando de pronto RK le dice a Pierre, su jefe de prensa:

– Búscame un peine, ¡urgente! Lo necesito ahora mismo.

Dicho y hecho. El torero esperaba sonriente. El yanqui, listísimo, hizo el gesto necesario.

– Yo también tengo flequillo, como usted, Cordobés, pero quiero que el mío sea como el suyo.

Y se echó el tupé hacia adelante, casi hasta que cayó a la altura de los parpados. Se volvió al fotógrafo y casi le ordenó:

– Ahora.

Y así fue cómo se hizo aquel documento gráfico que dio la vuelta al mundo. El siglo del flequillo.

El Cordobés, mi compadre, tiene esa foto, inmensa, en blanco y negro, que fue todo un retrato de un tiempo, de un poder recién llegado. Está en la finca de su mujer, Martina, que tanta importancia ha tenido en la vida del torero, y tiene, en la bodega donde tantas veces hemos hablado el Cordobés y yo.

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El flequillo era todo un símbolo.

Bueno, pues ahora vuelve a llevarse, está de moda en el hombre y la mujer. Es la nueva moda. Yo porque no estoy en la edad y, además, no tengo pelo casi… El flequillo, una revista buena, de moda, asegura, textualmente, que “tras estar desaparecido varias temporadas, regresa con toda la fuerza del mundo, ya sea recto, ondulado, ladeado…” Para hombre y mujer, les añado de mi cosecha que con fijador, en mi tiempo lejano se llamaba zargatona, lo que pasa es que a mí me peinaban de raya hacia un lado…

O sea, el flequillo de nuevo. Ya he visto alguno por ahí, incluso los están acercando falsos… Y más cosas, de otros tiempos, como el bolero o el vermú, que ya habíamos olvidado del todo no a todas horas sino a la del vermú, con acento en la U como se decía antes.

Más les digo, se va a llevar, de nuevo, el guateque. ¿Recuerdan? Era una forma especial de divertirse, generalmente sueltos. El poncho, que nadie ha llevado mejor que María Dolores Pradera, la praderita de la que hace tanto tiempo no sé nada. Y con la que vi un día la Casablanca de Washington. ¿Recuerdas, María Dolores, cuando hablábamos en el Hotel Rosa, cerca de la casa de Alfredo Jiménez, el gran músico?

Y me dicen que se van a llevar también, con alegría, mira qué bien, y sobre todo con soltura, elegancia, las que están más bien llenitas. Me gusta la idea. Eso es bueno, alegría en el cuerpo, y como decía aquel aviso de carretera:

¡Vienen curvas!

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