Un velero llamado Perales

¡Qué buena, pero qué buena de verdad es la canción Un velero llamado libertad! Y eso que José Luis Perales, su autor, es de tierra adentro. Y así responde a una realidad. Los que más aman al mar han nacido sobre la piel de la tierra, no en el agua.

Ni oceánica, ni mediterránea, José Luis vino al mundo hace setenta años en la hermosa, original y personalísima ciudad de Cuenca. Sí, la de las casas colgadas. Un lugar al que yo quiero mucho y en el que más de una vez quise quedarme siempre a vivir. Incluso estuve a punto de quedarme con aquella casa, estrecha, de la plaza máxima, cerca de la Catedral, que incluso tenía, o eso me contaron, un fantasma dentro. Siempre me gustó mucho, muchísimo, es más, estos días ando sufriendo mucho, porque con motivo del doble asesinato de hace unos meses en su geografía, cuando se habla de Cuenca se pregunta inmediatamente:

– ¿La ciudad del crimen?

Pero sobre todo lo dicen por aquella película de Pilar Miró, ¿recuerdan? Siempre la misma pregunta. Sin embargo, aparte la película discutida e indiscutible, Cuenca es muchas más cosas. Un día escribí un artículo en ABC sobre el lugar que titulé entonces: “Cuenca es única”.

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Se usó luego para un slogan promocional. Culta ciudad de los seis sentidos, porque si todo mapa tiene cinco, Cuenca tiene seis. Desde César, González Ruano, en aquel viejo caserón a la calle San Pedro, cuando decía mientras escribía con su mano flaca de sortija episcopal:

– Estoy en ese momento del dolor en el que una arruga en la sábana se me antoja una cordillera.

Cuenca de los museos excepciones, por ejemplo el de arte abstracto, Cuenca del alfarero Pedro Mercedes, que sin saber quién era Picasso, fue tan bueno como él e hizo para mí un toro negro que me acompaña entre mis papeles, Cuenca de la Semana Santa, fuerte y devota que yo he pregonado no hace mucho en esa iglesia sobre los barrancos…

Cuenca del poeta Federico Muelas, Cuenca del restaurante al aire casi, Cuenca de las calles estrechas, mágicas, Cuenca del paladar, Pedro, viejo amigo, Cuenca de la ciudad encantada de los dos ríos, de Mari Carmen y sus muñecos, de aquel gran humorista que se nos fue, Coll, el hermano en la escena de Tip… Cuenca del pintor Grau Salas y su hijo Grau Santos, Manolo Millares, en la cueva de los asombros, pintando rojos sangre sobre blancos inmaculados…

Tierra donde nació Perales, José Luis, que tuvo una casa que te abría el apetito de lo irrealizable. Y allí, sobre el Júcar, temblando abajo los álamos, Raúl del Pozo, a veces bajando como un maquis de la palabra escrita a la ciudad de los encantos, el monumento que tanto me gustaba a mí del pastor con su capa y con su perro. Y Perales, componiendo, escribiendo, en su terraza como dentro de una burbuja esotérica, con Manuela, su amor, su musa, su música, en el paisaje irrepetible… La fuerza telúrica, mágica, en su derredor, libros, paredes blancas, de muros de convento, vigas de vieja madera, ¿o es que han olvidado aquella otra canción de un poeta, ¿Y cómo es él?

Acaba de cumplir el autor setenta años, popularísimo en toda América tanto como en España, leo que con más de seiscientas canciones registradas de su inspiración, de su pasión, de esa su vieja cultura de la sangre…

Usted ha cantado, sí, usted. Estoy seguro que más de una de las músicas de las letras que nacieron de su talante, de su talento, de su inmensa capacidad creadora, de su fuerza creativa…

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Lo que les decía. Cumple los setenta y trabaja mejor que nunca. Ya no tiene su hermosa terraza planetaria y acaba de quedarse, aunque ya tenía su casa hace mucho tiempo, en un jardín huerta, en las afueras de Madrid, donde también yo le he visitado -a ver si se me pegaba algo- más de una vez, y donde he visto cómo crecían sus hijos.

– Y ahora pues se acaba de publicar mi primera novela.

– ¿Que se llama cómo?

– La melodía del tiempo. Y la edita Plaza Janes…

Escultor original, ceramista del barro sagrado, cultivador del arte, siempre en el silencio de su laboriosidad… Sencillo protagonista que prefiere cultivar una rosa a un halago, la piscina azul, no le he visto nunca con corbata, ni falta que le hace a un coleccionista de muchas cosas, de afectos, de palabras, buena gente, humilde, capaz sin embargo de haber hecho más grandes a cantantes como Julio Iglesias o Raphael, o la Jurado, que bien recuerdo lo que un día me dijo en su casa de La Moraleja cuando aún no la habitaba el cáncer que se la llevó para siempre.

Ayer mismo encontré el rosario azul que me regaló cuando mi hijo le trajo del sur de África aquella medicina, en tierra de zulúes, aunque era de una monja española, que no le sirvió para nada. O Lola Flores, que le admiraba tanto…

Salesiano, sonriente, buen padre, dicen que con más de cincuenta millones de discos vendidos hasta ahora, que una vez le visité en una torre rota, bellísima, en el campo de los halcones y los últimos lobos de Félix. O sea, primero cantar, después contar. Buen contador de historias en la canción. La guitarra su hermana, el piano primo suyo, y la inspiración…

Triste, y lo dice, por la golondrina encerrada de la Pantoja, a la que tantas buenas historias ha compuesto. Aquel que escribió aquello que todos aprendimos de A qué dedica el tiempo libre. El periódico, ¡HOLA! alguna vez, el Puma con el que viajé por media América pastoreando canciones, que un día me confesó en Quito, donde las estrellas está más cerca, en el aire más azul:

– Es nuestro mejor autor de la música del corazón…

Es verdad. Abuelo ya, mejor que nunca le encuentro. ¡Cuántas veces habrá escrito en sus canciones la palabra “libertad”!

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Y Manuela, al lado, justo al lado, siempre el lado, faro, isla, lector de los buenos poetas, en América, lo digo yo que lo sé, todo el mundo lo canta en su casa, lo dice al oído de aquella a la que ama, amante de su casa, de su sitio.

Termino, mis lectores. Ya no quedan personas, no es un personaje, ni quiere serlo, su sonrisa de campesino de la alta sierra del Tormo. Raúl Torres mi viejo amigo en su estudio de la plaza, aquella…

Hombre de pueblo que te mira a la cara con serenidad. Ha sobrevivido a la gloria con sencillez. No le pidas a este Perales que dé otra fruta que la de su convivencia. Discreto y genial. La pana y la pena. Triste por fuera, iluminado por dentro, manchego de la alta geografía del olivo y de la encina. Cuando estalla es en silencio, toma su guitarra como la última novia, sube a su coche y se esconde en el campo entre los últimos pájaros del atardecer.

Perdón, que parece que estoy escribiendo la letra de una de sus in-ol-vi-da-bles canciones. ¡Alguna, vaya que si me sé! Son como de Machado, don Antonio…

¡A ver si leo la novela y te cuento, compañero!

Siquiera darte las gracias de lo que de ti he aprendido, cantando antes, contando ahora y ya en marcha el próximo libro. Suerte, juglar de la Castilla de los últimos trovadores, que ¿sabes por qué me acuerdo casi todos los días de ti? Pues porque a la cabecera de mi cama, en mi colección de Cristos, está aquel icono que parece ruso, como los que tiene Raphael, que me regaló un día aquel viejo cura que vivía en aquel alto pueblo en el que aún quedaban pastores de la alta nieve de tu geografía.

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