Tiempo de crisantemos

También podía haber escrito “tiempo de claveles”, que son por lo que cuentan los más usados, o “tiempo de nardos”, o “tiempo de suspiros, de lágrimas, de recuerdos”…

Uso crisantemos porque casi siempre en mi familia de Granada, cuando subíamos al camposanto -igual que no me gusta decir cementerio- era lo que llevábamos. Incluso se les decía flores de muerto. Es más, escribo hoy mismo que es el dia dos de noviembre, porque es el de difuntos, de verdad, y no el uno, aunque el uno sea el día en que se sube al camposanto.

Pero había que hacerlo. Como una  disciplina, como una necesidad, porque es un día, incluso de lluvia, lo que nos permite esa metáfora, de que parece que el cielo está llorando.

A veces voy, si no tengo más remedio, pero voy porque hay que hacerlo. Me da la sensación de que estoy escribiendo en verso. Es una costumbre que me queda de la radio del viernes, a las doce menos cuarto, cuando escribo en el programa de Carlos Herrera, El puñaíto, que cierra la intensa semana de la Cope.

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A veces voy. Incluso aunque para mí he pedido la última verdad de la ceniza, de vez en cuando subo hasta el mármol, rezo un padrenuestro…

He visitado muchos camposantos en esa inmensa verdad de los  que se han ido, de aquellos que fueron. Así que hoy recuerdo, cuando aquel hombre que era el jefe del cementerio me descubrió solemne:

– No se olvide joven, fue hace mucho tiempo, que en el fondo solo somos muertos de permiso.

Una frase hermosa, impactante, definitiva. Por eso, aquella otra de la novela, de Crónica de una muerte anunciada, no era más que un título acertado de una novela de García Márquez, que habló de los que se fueron como nadie.

He conocido, por ejemplo -solo para hacerme una foto al lado- el camposanto donde reposa Herman Neville, el escritor de la novela Moby Dick, que me pareció, como dijeron, el Qujijote del mar. He visto el sitio donde está, o estaba, tendido, en la Plaza Roja de Moscú, bajo la nieve, el cadáver de Lenin encerado por un médico español, formidable, el doctor Ara, que momificó también el cuerpo de Eva Perón.

A veces acudo a dejar una flor que venden a la puerta del cementerio donde reposa Marilyn Monroe, que está en un altillo,  ni en una tumba, pero que siempre tiene flores frescas. Busco la noticia, aquel pequeño cementerio al que subía, del pueblo asturiano de Cudillero en Asturias, azotado por el viento del norte, donde siempre que iba -era bellísimo- había una mujer sentada que parecía hablar con los muertos.

Se llamaba Roxana, así le decían porque era la Rosa y tenía el pelo rojo, que ahora se lleva tanto, por cierto, he sentido mucho el adiós de Maureen O’Hara, la mujer a la que más besó John Wayne.

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Cuento más. La Roxa me decía, cuando bajábamos o subíamos las cuestas de aquel lugar donde de verdad, de verdad, no me hubiera importado quedarme:

– Tico, créame, le tengo las miedo a los vivos que a los que lo fueron.

Llevaba razón. A veces hay que contar historias tristes, como aquella que me encargó en su día Chicho Ibáñez Serrador.

-Vete a Tenerife que hay una mujer que acaba de resucitar.

Bueno, más o menos. Resulta que cuando la estaban velando, de pronto se puso en pie, sentado allí donde la rezaban y preguntó extrañada alisándose el pelo:

– ¿Por quién rezáis, familia?

Y era por ella, resulta que tuvo un jamacuco, de esos que a veces dan, que te dejan como muerta. La amortajaron sin tener el final firmado por el médico, creyeron que se había ido, pobre mujer, y menos mal que le dio tiempo a preguntar, asombrada por lo que vivía.

El cementerio de perros de la casa en Liria, de la Duquesa de Alba… la reina emérita también tenía uno en La Zarzuela. Un día Brigitte Bardot, en su casa de París, tanto amaba a los animales, me descubrió para ¡HOLA!:

– Que sepas que igual que hay un cielo para humanos debe haber en el cielo, como poco un cementerio, para caballos.

Quizá sea hoy el día que más he escrito esta palabra, que por otro lado, es el final de la partida. Es más, el árbol que más me gusta es el ciprés, al que escribí el primer verso de mi vida. Es el tiempo también del tenorio, y ya saben, “¿no es verdad ángel de amor, que en esta apartada orilla…?”.

Etc, etc…  hay una guía preciosa de los cementerios del mundo, que es un libro de arte. Las más hermosas fotografías, casi siempre en blanco y negro. Elio Berhayer, el gran modisto, me dijo un día que cuando están las mujeres más bellas, es cuando van de luto, la elegancia del negro.

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Un día, en Galicia, donde estaba para dar cuenta de una leyenda centenaria en el pueblo de Santa Marta de Ribarteme, donde era costumbre y penitencia de ir tendido en una caja, si se había sobrevivido al adiós, estaba yo contando la historia para la tele, cuando a mi paso en la procesión increíble, una mujer salió de un ataúd, de aquellos que llevaban sus familiares para cumplir la promesa, y me dijo con los ojos muy abiertos, como espantada:

– ¡Santo Dios! Si a este señor le veo yo en la tele…

Como si el resucitado fuera yo y no la “muerta”. Podría escribir un libro de los puñados de tierra arrojados al fondo de la mujer que me dijo tras aquel terremoto de El Salvador desde el fondo de una tumba:

– Aquí me he guardado, señor, porque aquí es imposible que el terremoto me hunda más abajo…

Incluso he sido fosor para contarlo. Fue hace muchos años, cuando los primeros fosores, los arrepentidos, cuidaban de las fosas de los que se habían ido. Estuve con ellos en Guadix, escuchando sus historias, y a punto también de quedarme. Me iluminaron, venían de la legión, de la marina, eran gentes fuertes, definitivas.

No quiero contarles más. Llueve en la calle, es día dos, en cuanto a mí, que me hagan ceniza y que me aventen, por ejemplo, sobre el Mediterráneo, aunque ya hay una alarma. El mar protesta, que no sea una moda.  Lo tengo escrito. A ver si cumplen. La nieve que se funde en la Groenlandia con el cambio climático, ha vuelto a la piel de la tierra, un ejército de soldados de la última gran guerra. El hielo los había convertido en piedras. Los van a guardar, de pie, como si fueran estatuas de sí mismos.

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