¡Te recuerdo, río Amazonas!

Acabo de ver en algún sitio, ya que bebo de todas las fuentes para luego terminar bebiendo de la mía, que los indios yanomamis están a punto de desaparecer de las riberas del río más grande del mundo, y además, el único que se ve desde las estrellas.

Me explico. Los astronautas indicaron ya en los primeros mapas, de “lo que veían de nuestro mundo desde el camino que iba a la luna”: dos grandes cicatrices en el planeta Tierra, el nuestro.

Una, la de la muralla china, que servidor ha visitado en su momento, con su gorra caqui tipo Mao, su camisa cerrada hasta arriba y bajo una sombrilla -china- porque llovía. Una construcción del hombre a lo largo de los siglos, inmensa. De ello ya di cuenta en su tiempo y en su sitio. Cuando no podía entrar todo el mundo en la China, que era la China del Gran Timonel.

Esa inmensa cicatriz se podía detectar con claridad en el espacio, a millones de kilómetros de aquí abajo.

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Y la otra. La otra era el río Amazonas, impresionante vena de agua que ahora vuelve a ser actualidad. Un inmenso mundo de agua dulce, no siempre tan dulce, que se hace de la nieve de Los Andes, y termina en el gran océano. Algo fascinante.

Pues, siempre, siempre, cada día, -si la buscamos la encontraremos- hay en la gran vena de agua, una noticia. Es natural. Las produce el gran río de todas las maneras, de todas las formas.

Esta última, de los yanomamis, es sin duda una noticia triste, desalentadora, aquella vieja tribu que ya estaba ahí cuando llegaron los primeros descubridores, después los conquistadores y, finalmente, los bautizadores, por decir algo que se parezca en la forma fonética.

Los frailes primeros, valientes, con la única espada de una cruz y la única medicina de su palabra.

Los yanomanis era un pueblo, ya quedan muy pocos, que se dedicaban a lo suyo. La caza, la pesca -desde luego la pesca, porque el gran río es una alacena viva, un inmenso almacén para los pobladores de sus riberas-, las tradiciones, la salud que está en los árboles, la armonía natural, la desnudez que da la verdad y, sobre todo, sobre todo, la fraternidad entre ellos.

Ya había pasado la historia vieja, cierta y feroz de aquellos que eran caníbales, y además reducían las cabezas al tamaño casi de una cabeza de muñeca de mano.

Uno de estos trofeos, increíbles, tuve yo algún tiempo. Lo compré en un mercadillo del Amazonas peruano. Estuvo en alguna de mis casas por el mundo, durante un tiempo, sobre la chimenea vacía, más que usada, aunque ese era mi deseo, decorativa. Nunca dije que lo que parecía no era una cabecilla de cerámica que te miraba con unos ojos de cristal falsos. Creyeron que la había encontrado en alguna de las tiendas de los mercachifles de Nuevo México. No, era una cabeza disecada, disminuida, que en sus tiempos había pertenecido a un ser humano de verdad. Lo cierto es que no lo que habrá sido de ella, quizá creyeron que se trataba de una figurita de barro, comprada en un chino del barrio, que las tienen, en cantidad y baratas. Bien baratas. ¡He perdido tantas cosas en los traslados, en los cambios de casa, de sitio, ¡de continente! Sería una buena crónica, un buen post, el hacer un recuento siquiera para dar cuerda a la memoria y además, sobre todo, para contar una inmensa aventura. “Lo que quedó en el largo camino”.

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Bueno, pues, he vivido con los yanomanis, unos días hace ya algún tiempo. Se sentaban frente a mí, o cerca de mí. No era un viaje turístico, indudablemente. Me tomaban de las manos y observaban con sorpresa. Eran buena gente. Salimos al jaguar, pero no tuvimos suerte, fuimos a los grandes ornitorrincos, o los osos hormigueros de hocico de marrano. Me contaron las verdades casi milagrosas, energéticas, del árbol llamado “Del milagro”, de los dioses, el que te ayuda cuando lo necesitas. Se llamaba el Guaraná, con acento en la a.

De ese árbol hacían unas bolitas oscuras que íbamos tragándonos, también masticábamos, si andábamos bien de las muelas. Reconstituían, te ibas hacia arriba, te crecías, eran formidables, pero administradas con cuidado. Ellos sencillamente sacaban el jugo de las hojas de aquel árbol, a cuya sombra me retraté. Los yanomamis, llevaban un peinado especial, como un corte distinto. Todo afeitado, pero respetando siempre una especie de gran coronilla, tipo fraile de película, que les caía por en derredor de toda la cabeza, o sea como cuando decíamos “nos cortaron el pelo como en la mili, esto es, nos pusieron el casco encima y lo que sobraba fuera”.

Era la forma de llevar la cabeza de los frailes españoles de aquel tiempo. Aún hoy se ve en algunas películas de la época de la conquista. También en El nombre de la rosa, por ejemplo.

Vivían junto al Amazonas. Del Amazonas, para el Amazonas, con el Amazonas, prácticamente dentro del Amazonas. Eran amazónicos puros, desde la raíz hasta el flequillo. Llevaban colgados de su cuello, los atributos de sus largos días de caza. Algunos usaban la cerbatana, las flechas con veneno para comer….

Comían tanto del río, como del gran bosque. Me contaron la leyenda del tiburón rosa, que yo conté para ¡HOLA!, hace ya mucho tiempo. Se trataba de aquel extraño pez, inmenso, sabio, que tenía, decían, mirada de hombre y que traía lleno de miedo a los habitantes de las orillas. El animal, o lo que fuera, se aparecía de pronto, en la noche casi siempre, robaba, así como se escribe, robaba generalmente la yanomami más bella, -generalmente los asaltos los hacía en las noches en las que las tribus celebraban alguna de sus fiestas a la luz de la luna, bebiendo mucho de las calabazas con zumo de su rico veneno- y en el asalto, llegando hasta tierra aun siendo animales de agua, y raptando, secuestrando a “las mejores”.

Muchas de ellas, no todas, volvían a la mañana siguiente, con grandes ojeras, agotadas. El gran pez de color rosa las había preñado. Y embarazadas quedaban, las pobrecitas, y hasta hace poco la leyenda continuaba. Hay muchos pequeños, bellos, con ojos de agua, que viven en la actualidad. Luego se comprobó, claramente destruyendo la leyenda, que de trataba de pequeños ejércitos de bandidos del gran río que en la noche robaban y saqueaban los pueblos más cercanos, donde había algo que robar. Caucho, por ejemplo, o hasta oro, que era tierra, al menos en la leyenda, llena de oro bajo los pies desnudos de los aborígenes.

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El Amazonas me llenó de historias, tiene una magia que solo se encuentra en los grandes sitios de la imaginación, que es cierta. Por ejemplo, Manaos es una ciudad de frontera, única, excepcional, prodigiosa, donde la vida no vale nada pero los sentidos se disfrutan al máximo. Todos, desde la música hasta el sabor, donde el asombro es tu compañero.

Vi el tiburón rosa, el único que nada, que vive en aguas dulces, tengo exvotos, frascos cerrados, con Dios sabe que dentro, buenos para el amor, buenos para la espalda, buenos para la boca, para el olvido, para el desamor…

Y tengo también de aquel largo día en el gran río en el que hicimos a la Infanta Doña Cristina, y también esta en ¡HOLA!, princesa del gran río al que la acompañamos, cuando nos descubrió en el avión que nos llevaba…

– Me casaré con el hombre que ame, pero cuando así sea, será para siempre, para mientras viva..

El muñeco panzudo, los amuletos de la tribu del misterio donde hicimos la ceremonia -eran entonces otros tiempos- los pequeños tambores de piel de armadillo…

Y la memoria. El recuerdo. Lo vivido. Cómo olían las inmensas islas de flores, de nenúfares, que a veces dificultaban el paso de las canoas de motor, la noche de los tapires, cuyos ojos amarillos brillaban como el ámbar de los ojos de los cocodrilos…

No me quiero morir sin volver a ver, a vivir, el Amazonas, navegando el gran río en uno de esos vapores míticos, cómodos, que te llevan agua abajo, hasta el océano, tomando una caipiriña y escuchando los ahora ya falsos tantanes de los habitantes de la ribera que ya tienen televisión…

No me quiero ir sin  sentirlo de nuevo. Sabiendo como ya sé que alguna de las bellas garoas, que te mecen la hamaca a bordo, son hijas de aquellos delfines, eran delfines, sí, no tiburones que en la noche vivían su gran historia de piratas de la pasión.

Me traje del Amazonas, además, una camiseta roja, liviana, con el nombre del gran río… Y con ella duermo, sueño, todas las noches, porque con ella me acuesto. Quizá por eso, vuelvo a escribir de aquello que viví para contar… Y que ahora una lejana noticia me hace recordar de nuevo. Con una entrañable, quizá disparatada, nostalgia.

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