Soraya, ‘la princesa está triste, ¿qué tendrá la princesa?’

Y el poema continuaba:

“Los suspiros se escapan de su boca de fresa.

Que ha perdido su risa, que ha perdido su voz

y en un vaso olvidada, se desmaya una flor…”

Tampoco era un poema de Neruda, pero bueno, era un verso romántico desde nuestra juventud. ¡Ay…! – suspiro del que esto escribe, con nostalgia, más de una vez usado y  hasta incluso abusado para justificar más de una melancolía-.

Porque Soraya, cuyo nombre ha vuelto a ser noticia estos días, fue llamada durante mucho tiempo, hasta prácticamente hace diez años que se nos fue, si bien no del recuerdo, “la princesa de los ojos tristes”.

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Cierto, bien cierto, aunque la única vez que la quise ver más de cerca, a una cuarta del perfil, como hay que hacer las entrevistas en este tiempo de la distancia y visión, no me quiso abrir la puerta de su casa de Marbella, o no quisieron abrírmela, que no es lo mismo.

Sin embargo, yo llamé a esa puerta en don Pedro de Alcántara hace ya muchos años, intentando hablar con ella, cuando ya volvía a su casa, sola en la noche, cargada de pena, porque la pena es más que la tristeza, que la melancolía, que nada de lo que define ese estado del alma, ese cáncer por dentro al que llaman depresión.

Ya la llamaban desde hace tiempo, prácticamente desde que el Sha de Persia la repudió, terrible palabra, que además se hizo pública inmediatamente, cuando “esperando un hijo como esperaba el Emperador del Pavo Real, Soraya Esfandiary, hija de un rico persa y de una bella alemana, no pudo dárselo”. Y los siete sabios le ordenaron: “Hay que buscar otra que nos dé un heredero, emperador”.

La cubrió de joyas y la llenó de lágrimas en la intimidad, dicen que dicen, y la envió en su avión azul, “hasta el exilio”.

Y aquella que fue emperatriz fue una vagabunda de lujo hasta que murió en París, donde vivía, y tan sola, tan sola, tan sola, que su chica de servicio la encontró a la otra mañana, cuando fue a despertarla como era habitual. Bebía mucho para ahogar sus penas sin saber que las penas saben nadar, como me dijo un día en la feria de Sevilla aquella nieta de Hemingway, que después dejó de vivir de su propia mano frente a océano en su casa de madera de Malibú. Pobre Soraya, que mereció el título de “la princesa de los ojos tristes”.

0339 24 febrero 1951

Bueno, pues yo llamé a la puerta de su casa de San Pedro de Alcántara, tapias blancas, aire moruno, puerta de maderas ricas, ventanas nazaríes… intentando hacer válida la cita que ya teníamos prevista. A mediodía, antes de que la Princesa tomara el baño en aquella piscina donde tantos ilustres apellidos y títulos la acompañaron, muy cerca de aquella torreta de oración, estilo almohade que había en el inmenso jardín, bien cuidado. Le llevaba algunas preguntas a mano, pero entre ellas, quería decirle lo que un día me declaró Liz Taylor en su camerino de aquel teatro de Florida cuando hacía la Loba, después del ramo de rosas azules que he contado tantas veces…

– Sepa usted, joven, que he llorado mucho, y es quizá por eso por lo que usted dice que tengo los ojos tan lindos…

Era cierto. Ojos de color canela, a ver dónde. Bueno, pues la Princesa no quiso recibirme.

– Su Alteza Imperial se ha acostado más bien tarde. Nos ha dicho que no la molestemos hasta que ella no diga que está de pie.

Ya decían que si había encontrado consuelo en el fondo de las copas vacías de champán. No era para menos. Pasar de ser la Emperatriz de los persas a ser sólo el eco de la leyenda era demasiado, no hay quien aguante tan enorme disparate. Fue rica y sola hasta que encontró aquel director de cine, Franco Indovina, que parece que le dijo aquello de:

– Ojos verdes tienes, mi amor…

1343 23 mayo 1970

Y ella por lo visto, por lo oído, había querido demostrar que aún podía ser madre, aunque hubiera sido repudiada por el Sha. Al Sha le vi más tarde de todo, ya en el crepúsculo, junto a su esposa, la ejemplar Farah, en aquel lugar de Cuernavaca en México, donde Hernán Cortés mandó a la India Malinche, la hija del grande, a meditar. Un lugar único, donde en su día entrevisté a María Félix, pero esa es historia para otro día, si es que no se la conté ya en su tiempo…

Ya era el Sha, destronado y deportado, enfermo sin solución, de un cáncer que no entiende de prejuicios imperiales. Y  Farah, bella silenciosa, era su sombra.

Los recuerdos se encadenan en mi vida uno tras otro.

Y vuelvo a Soraya, que dicen que fue vendiendo una a una sus posesiones, sus joyas, sus diademas persas, las perlas como huevos de paloma… porque además, antes, según la leyenda asegura, el jeque Jomeini la dejó escapar y no perseguir, porque le había hecho entrega de casi todas las joyas que el Sha le regaló cuando le dio el pasaporte de salida del Irán.

Por cierto, que Oriana Fallaci, que hizo aquella entrevista tan difícil a Jomeini con el velo a la cabeza que mandaba la religión persa, y que luego en un momento se desprendió, valientemente, aseguraba por escrito y a voces que aquel hombre sagrado al que entrevistó, envuelto en su turbante oscuro y sentado sobre una estera, naturalmente persa, no era Jomeini, porque el Gran Creyente tenía los diez dedos en sus manos y a Jomeini, en su día, le faltaba uno por accidente, que ya se sabía en las páginas de su vida…

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Incisos preciosos y precisos que anoto por si mañana, por la edad y mis cicatrices de la cabeza, los olvido. Así que “les hago herederos de toda una vida”, bolero como saben…

Y vuelvo a Soraya, que después de mucho deambular por el mundo, compró una casa y se quedó a vivir en Marbella, donde siempre reinaba la alegría. Aquella Marbella inolvidable, de otro tiempo, que a veces recuerdo y de la que fui cronista muchas veces para ¡HOLA!.

Soraya había escrito aquel libro hermoso -“todo lo triste es bonito”, que decía un violinista amigo que había conocido en México- titulado El palacio de las soledades, y que ya no se puede encontrar porque una historia así se agota enseguida y más si lo había escrito una bella dama, que lo había sido todo, para terminar siendo sólo aquello que fue en su día.

Pues la noticia se pone en pie, el nombre resurge de la propia implacable ceniza de la historia, porque unos okupas especiales, sin sitio donde cobijarse, empujaron la puerta de aquel palacete en la Costa del Sol, vacía desde mucho tiempo atrás, quizá diez años, y limpiaron el jardín, lo volvieron a llenar de flores, y se quedaron a vivir dentro, simplemente porque no  tenían donde vivir.

Y ahora han sido descubiertos después de muchos años de ruina, aquella  residencia que se llamó La Casa de los Millares, o algo así, y ya está de nuevo vigilada, aunque sí lista para defenderse de viejos litigios judiciales, incluido algún embargo. Ya está, tras toda esta nueva triste historia, que hace aún más tristes las páginas de la vida de esta mujer elegante, que a veces aparecía envuelta en las sedas del imperio siempre, ya con la joya de una copa en la mano cuidada, adornada por una sortija carmesí.

A veces se escuchaba una guitarra gitana, como les digo, al otro lado de las altas tapias, y dicen que a veces veían a la princesa sentada a la sombra de un altísimo ficus, que por cierto nada hay que haga crecer un árbol, el que sea, que las lágrimas de una mujer sola. Y más digo yo, si es princesa.

Se nos fue a los sesenta y cinco en ese París donde tantas leyendas se apagan, como María Callas, como Marlene… Soraya, la nómada, la de los ojos verdes, verdes como el trigo verde, y el verde, verde limón…

2434 4 abril 1991

Que una noche me cantó a mí solo en Buenos Aires, aquel Miguel de Molina en la calle Hipólito Irigoyen, aquella copla especial mientras llorábamos los dos por España, tan lejos los dos, él más que yo, que incluso le hemos dejado allí en el cementerio de la Chacharita, cerca de Evita…

No quiero creer, me niego a creer, que desde hace tantos años, desde el mismo día que se fue, hoy está enterrada en el cementerio de la familia alemana de la que venía su madre. Hay una sombra luminosa al pie del enorme ficus que ya asoma a través de las tapias de la soledad de San Pedro de Alcántara. ¿Será su ectoplasma? No me atrevo a pronunciar la palabra mágica…

Y si es así, no cabe duda que lo que hace es seguir buscando su destino desde que vino al mundo en el treinta y dos. O lo que decía mi abuela Concha, sentada en su silla baja, de enea, atizando la gran chimenea de leña de olivo seco y vestida de negro de los pies a la cabeza: “Porque siempre hay que tener luto por alguien, sea o no de la familia”. Mi abuela, que ya no tenía lágrimas de tanto como había llorado…

– Nieto mío, Escolástico, que sepas que Dios no da todo a nadie. Siempre se queda con algo…

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