Por qué no me gusta don Juan Tenorio

Como son las fechas elegidas para que don Juan Tenorio resucite como todos los años -ya en el teatro, ya en la memoria-. Aunque los Tenorios habituales, que hay muchos, viven todo el año, el caso es que a la vista de que ya suenan sus versos a uno y otro lado del Guadalquivir, que me gusta tanto, miren por donde, he pensado que quizá ha llegado el momento de contar lo que sobre don Juan Tenorio pienso y siento, teniendo en cuenta que se trata de un personaje universal, aunque sea, o quizá por eso, que nació en Sevilla hace no sé cuántos años.

Todos, casi todos los almanaques de toda mi vida de contador de historias, por esta fecha he tenido que asomarme a la figura, discutible siempre, de esta criatura tan nuestra. Entre otras razones porque existe. Por lo pronto, cuando en alguna ocasión estuve cerca de haber subido a la escena, por modesta que fuera, como personaje de la obra llamada inmortal de Zorrilla, que fue un poeta por otro lado discutible, y perdonen por lo que digo, ya que he nacido en una tierra de grandes poetas la verdad es que siempre dije lo mismo:

– Más me gustaría hacer de Chuti…

juantenorio

Que es el Sancho Panza de ese Don Quijote del amor, que todos los años muere, eso sí, enamorado. Así que nunca me dieron la oportunidad de hacer de don Juan con su capa media, su sombrero con pluma de pavo real, que era muy suyo, su espada implacable, siempre dispuesta, y sobre sobre todo, su “cálido verbo de enamorador, más que de enamorado”.

A lo largo de tantos años he podido contar las aventuras de don Juan, representado en la escena siempre por los más grandes, desde Paco Rabal, por dar un nombre, hasta aquel Enrique Diosdado, más bien Alonso Quijano que Tenorio, caballero de la noche y de la sorpresa.

El verso brillante, la acción oscura, la media luz, siempre el asalto al convento, la mediación de otros, aunque al final, quizá lo mejor de don Juan es que al acabar, cuando va a consumar su miseria más que su misterio, se enamora, ya que el amor es capaz de hacer esas cosas cuando don Juan Tenorio es herido por la espada más implacable del mundo que es el amor. Después de todo, la historia se repite desde Adán y Eva porque forma parte de lo que es la condición humana.

Doña Inés me gusta mucho, aunque esté, con perdón, vestida con el hábito de su vocación. Me parece linda, dura y pura al mismo tiempo, si bien, más herida por enamoramiento que fiel a su futuro. Don Juan ha saltado las tapias donde crecían los jazmines, y ha llegado dispuesto a todo, aunque al final, quien vence es la razón sobre la pasión, que a veces es la pasión misma.

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Podría recordar en este instante desde aquellos decorados de Dalí, que el genial pintor catalán hizo para el teatro, hasta alguna que otra vez que incluso un gran actor varón se ha atrevido solamente por cambiar el curso de lo habitual, a interpretar el papel dulce, difícil, de la monja creo que sevillana.

Para monja sevillana aquella con Cristina de Arteaga y de la Cruz, duquesa del infantado, familia de mi buena amiga Almudena, espléndida escritora, a la que algún día me gustaría retratar con el parche negro de su antecesora la princesa tuerta, en su palacio inmenso, frío pero hermoso, de ese gran pueblo castellano donde algún día la entrevisté para nuestra revista. Aquella monja, de la que les hablo, que un día quiso que la acompañara. La última monja del imperio titulé aquella entrevista a la que había que besar el cordón de su uniforme de abadesa.

Me veo corriendo con ella por el barrio hermoso de Triana donde no me importaría vivir algún día, camino de aquel hotel donde habían llegado unos japoneses para comprar un patio mudéjar. Se enteró la ilustre Sor, que además escribía muy bien, y corrió a evitar el desastre. Porque lo era. Valía un ojo de la cara, pero estaban dispuestos a dar lo que pedían, aunque eso sí, se iban a llevar el convento de aquella casa sevillanísima hasta el lejano país donde san Francisco Javier dejó la vida.

– Es una casa que parece de la época del Tenorio, Medina, hay que intentar que ese patio no salga de España.

Para ello tuvo que comprarlo, “aunque no llevaba nada encima, de dinero digo”. Sor Cristina de Arteaga y de la Cruz, que está hoy en alguno de mis viejos libros, firmó un papel después de haber recogido a un notario en el barrio de la Macarena.

Y el patio se quedó en España. No sé qué habrá sido del sitio, aunque si tengo tiempo y como todas las semanas bajo a Sevilla, donde cargo mis viejas pilas, a ver en que sitio está, porque mosaico sobre mosaico sé que fue trasladado a otro lugar de la cercanía andaluza.

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Me viene esto a cuento, de las monjas que he conocido y que son muchas y distintas, aunque doña Inés, debajo de su hábito llevaba puesta una armadura de acero. Don Juan Tenorio fue un embaucador, un mágico engañador que no hizo otra cosa en su vida que manejar la palabra. Eso sí, una cierta belleza física demolía la fortaleza femenina más sofisticada. Hoy aún quedan muchos sueltos por ahí. No les quiero mucho, las cosas como son, y los evito en lo posible.

A veces son sólo eso, una hermosa fachada. Y no lo digo con un sentimiento de envidia, que podría ser, ya que me miro con frecuencia al espejo. El mejor don Juan, ya saben que fue Cyrano de Bergerac, que usó su palabra, la suya. Era feo de llorar, con su enorme nariz, pero escondido tras el seto de geranios prestaba su voz y su sentimiento para que otro pobre hombre, pobre en el sentido íntimo digo, enamorara a la doncella encerrada en su torre de piedra.

¡Ay la palabra! En fin, que adiós a los don Juan que por el mundo son los Tenorios que crecen como ortigas en cualquier calle y en cualquier esquina. Menos mal que al final el poeta Zorrilla hizo que la mentira fuera derrotada por el amor, por la verdad que mueve la vida. Siento hoy, no sé si por que esta frío el día, y hasta llueve, una cierta tristeza por este don Juan que en el fondo casi todos llevamos dentro.

Les diré para terminar, que un día  llamé a un actor español muy conocido, ya no está entre nosotros, un “Tenorio de paisano”, que estuvo a punto de llevarme a los tribunales. Lo considero una ofensa, así que hoy redimo mi vieja culpa y a la par que cuento una vieja historia, de otra época.

Por eso siempre digo lo mismo. Me gusta más el Chuti, su escudero, y no sólo en el teatro, sino en la vida, aunque con frecuencia en la vida hay más mentira que en el propio teatro. Ya lo escribió Calderón, el genio, cuando escribió El gran teatro del mundo.

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