París, ‘por quién doblan las campanas’

Escucho otra vez esta mañana las campanas de la iglesia de Notre Dame en París. Alguna vez, primero para decir que estuve, después de paso, por si se me cae una salve como aquel día que entrevistamos a Depardieu, que hizo de jorobado en la película de casi nuestra juventud.

Doblan por París, pero también por ti y también por mí. Por el mundo que vivimos. Por nuestros hijos, nuestros nietos. Los de ayer, los de hoy, los de mañana.

Te recuerdo hoy más que nunca, París. Cuando Hitler, después de los días negros de la Guerra Mundial, preguntó por teléfono a su mariscal que estaba ya en el hotel Ritz, donde uno fue alguna vez, por ejemplo con Julio Iglesias, que no tenía que pedir habitación porque tenía a su servicio alguna de las suites reales:

-A París hay que ir aunque sólo sea para comer su queso y beber su vino tinto, aunque sea del año, un Beaujolais.

paris1

Quiero hoy recordarte, París, como en los momentos más hermosos de mi vida profesional. Siempre fui de periodista, de reportero, de enviado especial.

Por ejemplo, ¿quién ha visto a Édith Piaf como yo la vi y la escuché entre bambalinas, junto al griego que más amó, el último amor de su vida, cantando a París, que era el gorrión de Avignon, la golondrina de la noche de París?

Yo.

Y al final fuimos a Trocadero, pequeña, mínima, vestida de negro de la cabeza a los pies, apoyada en la pared de aquel hombre que le dio la vida y le dio la muerte también… Sólo para contarlo cuántas veces por ¡HOLA!, para besar en la mano de campesina a Brigitte Bardot en la fundación que nada más llegar, sus magníficos ojos de siempre me dicen:

-Sólo podemos hablar de mis animales, pero nada de amor, eso forma parte de mi vida.

-Pero yo quiero hablar también de su corazón, no se olvide que yo estuve enamorado de usted como un animal.

Y le conté que la había visto rodando en Almería, sobre su desnudo en la cama antigua, con Gustavo Rojo, aquella película Los joyeros del claro de luna.

Hablamos del amor como un sentimiento pasado.

Y ¿cómo olvidar aquel Maurice Chevalier con su canotier de paja, su pastón de ébano y plata cantando, Quizá, quizá, fuera en aquel lugar inmenso donde se sembró el miedo, la sangre, en la noche del viernes y trece?

Yo también lo conté, aunque me callé, que aquella noche quise robar, sí, robar, su bastoncillo para traérmelo aquí a este camarote donde guardo todos mis naufragios.

¡Cuántos pañuelos de seda con la Torre Eiffel, hoy de nuevo encendida, en el aeropuerto!

paris2

Y Charles Trenet, cantando junto a su piano, y Gilbert Bécaud, que me gustaba tanto, y hasta la Greco para una vieja revista ya guardada para siempre, Juliette cantando con su voz rota en la cueva aquella en el barrio bohemio que tanto se parecía al sésamo de Madrid, donde había un letrero que se podía leer: “Moriré en París con aguacero un jueves que ya tengo en la memoria…”

Era de Cesar Vallejo el inmenso poeta peruano. Y cumplió con su palabra.

Y también los cafés antiguos, aquel con Julio Cortázar en la esquina, o buscando las musas de Picasso, de don Pablo, el español que tanto amó… La de Bonjour Tristesse, que hablábamos hace unos días. Aurelio Teno, el escultor cordobés que me presentó a los viejos españoles republicanos. Botero, el de las esculturas gordas. La última vez hasta ayer, con el maestro Enrique Ponce, visitando al maestro en su estudio, ¡qué hermoso recuerdo, maestro! También para ¡HOLA!, como siempre.

Y Miguel Ángel Asturias, recién entregado el premio Nobel de las letras, en aquel estudio sobre el Sena con su quetzal bordado en la camisita escribiendo que tuvimos que buscar el premio para retratarlo con él. Y lo encontramos, en un altillo del baño…

¡Cuánta memoria de París! El paso sólo para contarlo hoy, por el túnel donde se nos fue Diana, la princesa de Males, como yo la llamé siempre….

Y los Campos Elíseos, claro, y los árboles del otoño, y aquel día que fuimos para hablar con el abogado de Carlos, el terrorista…. O la tarde en que al entrar en el hotel Jorge Quinto, frente al caballo blanco, donde yo iba de cronista de Sara Montiel porque su marido, mi buen amigo Chente, me lo había pedido, no para vigilarla, sino para contarla, en ¡HOLA!. Y va y se abre una mujer, hermosa, clásica, muy morena, y se viene hacia ella, con los brazos en cruz.

-¡Oh, Sara, la mujer más bella del mundo!

Y era Melína Merkoúri, la diosa griega del cine.

París, París, París, querido París, tan cerca y tan lejos, hoy, aquí, dentro de este blog, tratando de recordar y, sobre todo, de sentirlo cerca. Desde el viernes trece, en la noche, hasta hoy que siguen doblando las campanas de Notre Dame.

paris

Y las veces que subimos y bajamos a lo más alto de la Torre Eiffel, que ha vuelto a encenderse anoche para hacer una foto como lo hicimos en su día con la sirena Daryl Hannah. París, del violinista en la esquina del barrio latino, con Yves Montand paseando por la calle de los artistas y buscando a los genios vivos, cuando Gabo era sólo Gabo, y no García Márquez, que lo fue más tarde…

Es posible, es probable, que muchos nombres se hayan ido quedando en las curvas de la memoria. Es normal, siempre, hasta cuando aquel día en el periódico escribí por el telex:

-París es increíble.

Y el director a pie de máquina desde Madrid:

-Pues créetelo y cuéntalo, Medina.

¡Lo he contado tantas veces! Lucero Tena, bailando, Norma Duval en el Palacio Divino de las variedades…

¡Cuántas portadas de ¡HOLA!, seguro que sí, con la Torre Eiffel! Decía al principio, que cuando el dictador alemán llamó a su mariscal de campo para saber si había conquistado la capital de Europa, preguntó eso:

-¿Arde París?

Ha vuelto a arder estos días. Sigue como un ascua, desde el cielo. Algún libro perdido me traje, quizá una colonia de cuando Coco, que se me fue sin que le preguntara, la Chanel digo, tenía que viajar contigo en la vuelta, en la maleta de mano, para regalar a tu mujer una gota de perfume, ¡ah!, y Dior, por supuesto, con aquella niña que llevaba en la camiseta aquello de: ‘Creo en Dior’.

Adiós, París. Sé que no va a ser fácil que vuelva a verte. Lo sé. Pero hoy como tanta gente nuestra… ¡ah!, y aquel té de las cinco con los Condes de París. Ella, española, chilena, herederos directos de la corona francesa.

Mañana será otro día, pero el rock and roll se convirtió en el rock and horror la otra noche. Un muchacho, granadino, casi ha sido sacrificado en ese Bataclan, que yo conocí un día, una noche, cuando tocaba la guitarra creo, Paco de Lucía.

paris3

Flores, notas, cantos, llantos, velas, y cierto olor a incienso. En los agujeros de las balas, asesinas, los franceses han colgado rosas rojas. Como la nuestra de este lunes de la tristeza. Dicen que nadie esta mañana reía en la capital de Francia. Cierto. Pero después de estos días del horror, París, donde siempre está ¡HOLA!, siempre, volverá a ser lo que siempre fue: La ciudad del amor.

Deja un comentario

Tu correo electrónico no será publicado.

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer