La noche en la que Joséphine Baker me regaló uno de los plátanos de su cinturón

El titular es largo, ya lo sé, pero dice mucho de esta historia que les cuento este día de “veroño”, que es como decir en la misma palabra verano y otoño, lo que estamos disfrutando en estos días del mes amarillo.

La noticia, como sin importancia, decía entre otras cosas verdaderamente crepusculares -esto es tiempo de nostalgia, las subastas-: “Tres mil dólares se han conseguido en la subasta musical más importante de Nueva Orleans por el último vinilo que grabó en París la diosa negra, la nefertitis de ébano, Joséphine Baker”. Inmediatamente, la memoria, mi amante fiel, me dio un brinco desde la sombra. Antes que nada, busqué en el baúl de mis recuerdos.

Lugar: Madrid. Tiempo: alrededor más o menos de los setenta. Atocha, en el club de los bajos de aquel cine popular donde había un conocido lugar de la noche. Llamémoslo por su nombre exacto de la época: un cabaret.

ticoviernes

Yo, que no soy, como no era, un asiduo de la noche madrileña, a veces tenía que acudir a la cita de los personajes que llegaban hasta nosotros con su equipaje de leyenda. Uno de ellos fue aquella negra hermosa, rutilante, que aunque había nacido en Misuri, Estados Unidos, y vivía en París, pero era un “verdadero monstruo musical”. Tal vez un sólo dato para los recién llegados. Picasso la pintó, y fue ella la que trajo el charlestón hasta París, convirtiéndolo en un himno de su tiempo.

-¿La señora ha llegado ya a su camerino? Vengo de parte del diario Pueblo.

-Sé quién es. La señora condesa le está esperando.

Me la sabía de memoria, al menos esa noche. Hay que leer lo que haya sobre aquellos a los que va uno a preguntar, primera lección para entrevistadores.

-Le deseo mucha suerte, señor Medina. Soy cordobés como su compañero Yale.

Yale era un reportero extraordinario de su tiempo y compañero mío en todos los medios a mano. Su hija, como dato interesante, es Pilar Navarro, la autora de los más importantes best sellers de este tiempo.

La Baker me esperaba. Estaba lista para actuar. Es más, cerca se escuchaba el ruido, perdón, el sonido inconfundible de la escena a punto. Trompetas sopladas por negros, tambores de selva, domesticada…

Aquella mujer era un mito. Llevaba puesto un vibrante cinturón de plátanos, de guardarropía. Hubo un tiempo en que eran bananas del día. Ya eran de trapo, pero de vibrantes colores.

-¿Siguen siendo doce?

-Exacto, joven.

-¿Podría darme uno?

-Cuando acabe mi actuación, y así me ve y me espera, joven. Tiene usted cara de gitano andaluz.

-Soy del sur Joséphine, pero no soy gitano, soy de Granada.

Hizo un gesto como de baile. Tenía los ojos más gordos que grandes. Me miró, despacio, con un mundo de estrellas y medias lunas del trópico africano.

-¿Le gusta que le llamen “la diosa de ébano”?

-Me gusta. Es un nombre que me puso Chevalier, pero quiero que sepa una cosa joven, no son doce los plátanos que llevo, ¿los ve? Cuéntelos, tóquelos. Son dieciséis.

Y se fue, dejando a su marcha un olor a los grandes árboles que un día pude oler en aquel bosque de los Fang, en la espalda de la África Atlántica…

tico

La vi. ¡Qué puedo decir! Una maravilla. Buscando el otro día cosas para ustedes de ella, sobre ella, leí lo que de ella en una sola definición dejó para la historia un gran conocedor de la música de aquellos días: “Una dama de fuego, guasona. Inteligente, vibrante, sexy, instintiva, generosa, insinuante…”.

Verdad. Lo vi con mis propios ojos, tan acostumbrado a los asombros, ante aquel espectáculo excepcional. Cantó mucho, a su manera y de forma inimitable, traté de encontrar su busto desnudo, como indicaban los romances de la época, aquello que causó sensación en los teatros, incluso de Harlem, cuando empezaba.

Aplausos, y un regalito. Un final formidable. Cantó ¡Espabílate!, que era una especie de charlestón-pasodoble que le habían escrito en español. La apoteosis. Allí se bailaba, las luces arriba giraban, choque de cometas, de vez en cuando el disparo del corcho de una botella de champán que suena como un tiro y mata como un poema.

No quiero hacer más largo el cuento. Aquella mujer, además, era un prodigio de generosidad, de corazón abierto para y con los demás. Con lo que ganaba, se había comprado un palacete de las afueras de París, quizá como aquel que un día me mostró una escritora nueva que llegaba al mundo del libro con una novelita titulada Bonjour Tristesse, de fácil traducción. Me llevó en su Mg descapotable, con los pies desnudos y el pelo rubio al viento, y al pasar por un caserón deshabitado me indicó:

– Aquí tenía lugar donde disfrutaba de los niños recogidos y los animales salvajes de su zoo particular la negra Joséphine Baker.

El recuerdo encadenado. Los racimos de cerezas de lo vivido y contado.

Cuando volvió al camerino la dama divina, yo esperaba con mi fotógrafo de cabecera al lado. Me tomó casi en brazos.

-Me ha dado suerte, gitano…

Y se arrancó el plátano, uno de los dieciséis, y me lo puso en la mano. Sudaba, pero como la primera mujer del universo. Brillaba. Se limpiaba con la vuelta de las manos, que eran rosadas.

-No me quiero ir sin preguntarle, señora.

-No me llame señora, llámeme sólo Joséphine.

– Tenía previsto decirle si podía cambiarme para salir esta noche a lo suyo, por el pequeño tigre que le acompaña…

-¡Oh, qué amable! ¿Cómo me ha dicho que se llama, joven?

Un peligro, y una como borrachera. Entraban y salían personas con ramos de flores, camareros con cristales de invitación, gente, mayores, para pedir lo que fuera, un beso o un autógrafo.

-Lo siento. Pero mi leoparda chiquita ha envejecido y se ha quedado en casa en París, con mis niños, por los que sigo trabajando, aunque le debo decir que he ganado mucho dinero, sí, pero que estoy arruinada.

baker

Comprobé con tristeza, lógica, que de aquel legendario pecho, moreno, negro, no quedaba más que nada, un casi nada crepuscular. No obstante, murió en abril del setenta y cinco, sola, en una habitación prestada por su buena amiga la princesa Grace de Mónaco, de un derrame cerebral, mientras dormía, tal vez soñaba.

Se envolvió en una piel, perfumada, tal vez si estaba en la calle, de Chanel nº5. Aquella que era con lo único que dormía Marilyn Monroe por su propia confesión…

Salimos, con un viejo amigo, Emilio, que conocía la noche como nadie. Yo habría sido sin él un fantasma sin destino. Los dejé pronto, tal vez demasiado. Y el periódico tenía su hora de cerrar. Debía escribir, aunque fuera con los pulsos sueltos, y había que revelar las fotos del carrete que Enrique el gráfico se había llevado antes, además estaba Pueblo muy cerca.

Escribí en la vieja máquina lo que llevaba sin anotar siquiera en la libretilla de mano, o mejor en el corazón. Había sido muy fuerte, aquella noche para el coleccionista de meteoritos que yo era.

Me quedé a medias. Fue la última página de Pueblo de aquel día. Entera. Pero en la primera iba, abajo a tres columnas, el retrato del contador de historias con aquella mujer, ya a punto de decir adiós, reina de la música, la alegría, la solidaridad de su tiempo, que era el mío.

Hoy, la historia de un vinilo se me ha subido a la cabeza. Por cierto, ¿dónde estará aquel banano? ¿Dónde habrá ido a parar? Casi todas las noches la recuerdo, porque por prescripción facultativa, me ceno un plátano, que tiene el potasio que necesito para mis viejos huesos…

  • Gracias por sus columnas. Hoy 2015 lo he descubierto y disfrutado. Le cuento q fui amiga del pintor cubano, ahora fallecido, Enrique Riveron–nacio el 1902; murio en Melbourne, FL, Apr. 23, 1998. El me contaba que habia conocido bien a Josephine y que estando los dos en Paris, siendo el pintor muy joven y estudiando, la bailarina le pidio q la pusiera en contacto con musicos q supieran tocar musica caribena-la de Cuba, Puerto Rico etc.–. Asi lo hizo. Ella para pagarle el gesto, le regalo las maracas q usaba en su espectaculo y que yo tuve en mis manos por los anos 1990’s, cuando riveron me dibujo estando de visita en mi casa de Miami. Felicidades, Nilda

Responder a nilda medford Cancelar la respuesta

Tu correo electrónico no será publicado.

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer