El Raúl de los recuerdos

Raúl, no hay otro Raúl que Raúl. Colgó las botas, dice la historia deportiva de este viernes, aun de dolores en Francia, capital París.

Por eso juego, otra vez, hago malabar con las palabras, con la memoria que es lo único que me queda a la sombra de los recuerdos en flor, el único árbol de mi jardín que quiero compartir con ustedes.

Raúl, el del fútbol, ese niño grande que fue, dicen los que saben, todo para el Madrid, el equipo que mañana juega en el Bernabéu contra el enemigo deportivo, el Barcelona.

Por cierto, si es cierto que el estadio es una de las catedrales del fútbol, podríamos decir: Messi vuelve a misa.

Pero no es el caso, aunque ha entrenado, armado por sus tatuajes, como un viejo guerrero, estos días atrás en Cataluña. Tras el aparte, viene el parte.

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Continuo.

Raúl, ni el apellido -que creo que es González- le hace falta. Pertenece a la leyenda. Los césares ni nombre necesitaban. Eran los más grandes, como lo es este que ayer fue el niño mimado hoy renombrado del Madrid. El mito. El resplandor. Los últimos días los jugo en Estados Unidos, en un equipo de segunda, -aunque en Nueva York no hay nada de segunda- en el que  trabajó a fondo como un soldado de primera.

Siempre por donde pasó, incluso en su primera distancia en el exilio inicial de Inglaterra donde vivía con la camiseta puesta, aquel número siete mítico, veía todos los partidos del que fue su equipo por televisión incluso dos veces. Porque se sabe que sueña con ser entrenador del que fue su gloria, y si no, como poco, su presidente. Otras cosas habrá más lejos. Mañana, sábado en el gran derbi, se le aplaudirá aunque no esté presente, o sí, que le veremos vestido de aficionado.

Nació en Madrid, como se sabe. Familia humilde, muy humilde, ya se sabe, pertenece al catecismo de la gloria más grande de los blancos. Dicen que era en el campo un estratega, y a la vez un  depredador. Sobre la pizarra y en el sitio de la batalla. A lo largo de toda una vida, el niño Raúl ha marcado -me asomo a los números del asombro- 430 goles a largo de 1.041 partidos. Aparte, claro, los jugados con una pelota de trapo en su barrio, en su casa madrileña. Me dicen que hasta Guardiola, que ya es decir -lo cuenta Santiago Solar- dijo un día:

– Que sepan los madrileños que Raúl fue el más grande de su tiempo y de la historia del fútbol español.

Un día, jugando con Pelé, con acento en la “e”, en el playazo que había delante de la casa en la favela en la que vivió de niñ, en Río, me confesó:

– Así empecé yo, con una pelota de cartón y tela… y así es donde se aprende de verdad a jugar a la bola….

Fue para el programa Trescientos millones, cuando recorríamos, toda América para contarla, sobre todo a los españoles, y que estará, creo, en los formidables archivos de Televisión Española.

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Su historia dice: “Nació en el setenta y siete en un arrabal pobre de Madrid, cuentan ya las historias de alrededor del fuego, aquellas que nacieron en las mesas de camilla, que nada podía decir de aquel niño casi endeble que llegó a ser el mejor de los mejores, cuando era niño si acaso, algún destello para especialistas. Diego Torres asegura que no eran ni alto ni fuerte, ni distinto a los demás. Era como todos. Tampoco soy un experto, si acaso un aficionado porque todos los de mi casa son devotos, fans, seguidores de Raúl, se fuera donde se fuera”.

– Algún día volverá… -aseguraban.

Si nació en el setenta y siete, tiene… a ver, que cuente con los dedos… creo yo que treinta y ocho años, y hasta ayer mismo goleando. Un monstruo, un genio. Casado, con una familia estupenda, seis ligas, tres copas. Mientras jugó en el Madrid, ganaba con su equipo, más copas que nadie. Fue un monstruo, un gigante, a pesar de su estatura normal. Dos piernas y un corazón. Y un cerebro, desde luego. Sus hijos se llaman, tomen nota, familia numerosa, Jorge, Hugo, Hector, Mateo y María.

Ha vivido, en Nueva York, cerca de Lexington, es el siete, siempre el siete. No ha necesitado tener un avión privado, para ser lo que es: el siete magnífico, como en la película inolvidable, aunque los siete eran siete.

Debutó a los siete años y se ha ido, treinta años después, sin dejar de tener el ansia de gol de aquel niño un poco triste del que nadie esperaba nada más, que no era poco, que su supervivencia.

Fuera ya con las palabras que cultivo en las macetas del huerto de mi memoria. Ha vuelto, aunque por poco tiempo, ya les aviso, a ser aquel madrileño que “disfrutaba más que con nada en el mundo, con ir al peluquero en bicicleta”.

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Será un grande en el Madrid, pronto, no sé de qué, pero lo va a ser ya mismo. Pienso que su camiseta podría estar en el museo de los grandes de España, o quizá, tal vez, quién sabe, en el Museo del Prado. Y eso sin haberle dado la mano siquiera un día si bien, no pierdo la esperanza. Eso sí, llevare conmigo a mis hijos, a mi mujer, a mis cuatro nietos. Y nos haremos juntos un  retrato de esos que se hacen desde frente, con tu misma mano. Entonces les volveré a contar ese encuentro. Por eso he buscado ese título, que se parece tanto a una canción para mi inolvidable. Aquella de El baúl de los recuerdos.

A ver cómo va esa memoria, lectores míos.  Piensen, piensen… se llamaba se llamaba… Karina, y la primera entrevista de su vida se la hice yo, en la revista Chicas… pero esa es otra historia, para cuando llegue el día de su actualidad, sea la que sea, de ayer, de hoy y de mañana. Como siempre.

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