Doña ‘Pila’, hermana del Rey

La verdad es que se llama, desde que vino al mundo hace pronto, ochenta años, en el treinta y seis, o sea que no los ha cumplido todavía, María del Pilar Alfonsa Juana Victoria Luisa Ignacia de todos los Santos. Pero lo cierto es que muchos la llaman doña Pila, y ella sé que sabrá perdonarme por decir cómo muchos la llaman con cariño, con respeto, con admiración, como es mi caso.

Hace mucho tiempo, quizá muchísimo, que no la veo, que no hablamos, pero me gusta cuando ella rompe a decir lo que quiere, como le pasaba a don Juan, su padre, al que quise tanto. Pero sobre todo me gusta lo que hace, como madre, a veces ya como abuela, como hermana del Rey, que no es fácil, y además, ahora y siempre como capitana del rastrillo de Madrid, que precisamente ayer recibió la visita del viejo Rey.

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Me gusta más que decirle el Rey Emérito. Don Juan Carlos, en ese lugar en el que ella practica la solidaridad, más que la caridad que es otra cosa, y donde con el mandil puesto reparte comida entre los más ricos, para darle los que por ella le paguen a los más pobres y, concretamente, mejor todavía, a los niños que lo necesitan y no sólo que tienen hambre de comida, sino de cariño, de cercanía, en la hermosa tarea de las Aldeas Infantiles. En ello lleva media vida, un montón de años, y lo que le queda, porque nadie que tenga su energía, su fuerza, su constancia, en estas y otras cosas que le atañen.

Yo le tengo un especial cariño desde los tiempos en que era Duquesa de Badajoz, que creo que lo sigue siendo, esposa de aquella buenísima persona que fue don Luis Gómez-Acebo, al que tuve el gusto de entrevistar más de una vez en su casa madrileña, rodeado siempre de aquella bellísima colección de naif que iba reuniendo poco a poco con tesón, y me consta que a veces, a plazos, porque era padre de familia y vivía si bien con soltura con la humildad y la sencillez, de su casa y su apellido.

Decía más arriba que desde aquel día que me dijo, cuando yo le pregunté:

– ¿Y no le gustaría tener una corona, como la que tiene su hermano el Rey don Juan Carlos?

Y ella, brava y breve, como siempre, me puso la mano en el hombro porque soy tirando a chaparro y más pequeño que ella, y me contestó con su voz inconfundible:

– No necesito otra corona que la que tengo. La corona está donde tiene que estar, en el mejor sitio, en mi hermano Juan Carlos.

– ¿Y cuál es la corona que tiene usted, doña Pilar?

– La que tengo es la corona de mi pelo, con esta me basta y me sobra. Es la blanca corona de la edad, que sólo se consigue con los años.

Bastaba y sobraba para un titular que más de una vez he usado.

Doña Pila es fuerte, grande, discreta. A pesar de que cuando ya no puede más, habla, que parece más que grita. A mí me gusta mucho y no sólo porque cuando es necesario da un par de titulares, sino porque son tan grandes sus palabras como sus silencios.

Siempre está donde debe estar, que no todo el mundo tiene esa virtud, y no acude donde no debe acudir.  Es directa, sabia, y sobre todo sabe ser, que no es fácil, hermana de un Rey que ha sido y lo será, al menos para mí, nuestro Rey, con todo respeto a su hijo don Felipe y al que ha tratado siempre con respeto y con cariño.

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Es la madre, como saben, de Simoneta, que ha aprendido de su madre la lección de la eficacia y la discreción, y ahí la tienen, acudiendo todos los días, creo, a su trabajo en una tienda muy importante de la Milla de Oro de Madrid, por Serrano y alrededores, y ganándose su sueldo como una curranta más, creo que en soledad, me han contado, desde hace no sé cuántos años.

Doña Pila hasta hace poco veraneaba en Palma de Mallorca, pero desde lo de su sobrina Cristina, creo que ya no va por esa casa grande desde cuya terraza podía ver y respirar el mar Mediterráneo que tanto amaba su padre. Y su hermano y su nieto también, aunque doña Letizia prefiera, me aseguran, el Cantábrico, que el otro día encontré una foto a la puerta de la casa casi forestal donde vivía su tía, doña Merche, legendaria voz de la radio española que fue casi mi compañera y desde luego, mi maestra.

En fin, que ayer se alegró muchísimo doña Pilar de Borbón de que su hermano el Rey acudiera a esa obra suya del rastrillo, donde la gente de todo tipo y condición pone encima de la mesa, sobre los manteles a cuadros, la bolsa, como ella pone la vida por los huérfanos que la necesitan y desde hace ya ¡cuarenta y siete años!, que parece que fue ayer y hace medio siglo, y que servidor por cierto, hizo aquel reportaje -creo que para Pueblo- que ya se llamaba Nuevo Futuro.

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Y con ella, nobleza obliga, su hija Simoneta, con su flequillo y su aire deportivo y juvenil, y la presidenta de la ONG, Pina Sánchez Errázuriz, que junto a ella lo ha dicho doña Pilar con su chaqueta de lana y su cabeza blanca, de pantalones, como casi siempre, y sonriendo al personal, como ya lleva medio siglo.

A ver si tengo tiempo y me acerco, siquiera de paso, a las tabernas, mesones, rincones, almonedas de solidaridad a ver si cae, por lo que sea, un magret de pato con berenjenas al curry del rincón del gourmet o una fabada asturiana en The Cook, que también está esperándole, aprovechando que ya están aquí los fríos, aunque aún no sea oficialmente tiempos de invierno.

El Rey ayer llevó un regalo suyo, suyísimo, para que fuera subastado. Era la primera vez que iba y doña Pilar le ofreció su brazo como hermana, a la par que don Juan Carlos se mostró sorprendido, y mucho por la obra bien hecha de los de Nuevo Futuro, deben saber ustedes por si se animan a acercarse, que está ni más ni menos que en el Pabellón  de Cristal de la Casa de Campo de Madrid, en la mejor edición de esta bella historia de amor que preside, dirige, y anima cada año con más fuerza, a esta dama de la blanca diadema, a la que a pesar de su largo y sonoro nombre y apellidos, los más cercanos y el pueblo, le llamo doña Pila.

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