Con Daryl Hannah, que ha vuelto a Madrid

Ayer, cuando escribimos con la lágrima del dolor puesta en París, para que no se me fuera de la cabeza al recordar mis hermosos, siempre, días en la capital de Francia a lo largo de toda una vida, les decía que también, que tengo para recordar un magnífico día inolvidable al pie de la Torre Eiffel, donde también la retratamos con Daryl Hannah-“no te olvides de poner las ‘enes’ de mi apellido”-, que en marzo del noventa y tres conocí y con la que viví un largo fin de semana fascinante por las  calles “y las cosas de París”.

Ahora, Daryl ha vuelto por aquí después de muchos años, ¡imagínense!, ajusten cuentas, casi veinticinco años después. Ha traído con ella la presentación de una serie de televisión que se llama, creo, ‘Sense8‘, y que está causando estupor -no sé si será el adjetivo correcto- por allí por donde pasa. Pronto, o quizá, ya en España entera, espero.

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Sobre todo por ella, esta sirena espectacular a la que ya dejamos nuestro viejo corazón de pirata en el cofre de su corazón. Porque Daryl es una cosa aparte y se lo dice a ustedes un especialista en detectar y en coleccionar  “cosas aparte”, como saben. Ya en París, aquel fin de semana que vino para ser una especialísima modelo en la pasarela del asombro, causó cortes de tráfico. Vino vestida de pantalón roto, el más roto vaquero del mundo, cuando se empezaba a llevar y no como ahora, que todo el mundo lo lleva. Como por ejemplo, el joven Rey de España, don Felipe, cuando va al cine a los cines, en versión directa, del barrio de Argüelles.

Bueno, pues ahí tienen ustedes a esta Daryl, de la que no me atrevo a decir lo que entonces decía porque yo saldría perdiendo en el recuerdo. Pero lo que sí les puedo contar es que era, es -lo sigue siendo- una dama especial, sí, una sirena, después de aquel ‘Splash’ fascinante que nos dejó de por vida un cierto sabor a salmón noruego en el paladar. Porque -y se lo dice a ustedes alguien que va siempre vestido, o disfrazado, de superviviente de un naufragio- las sirenas, que existen en la realidad, saben de ombligo arriba a BB, Brigite Bardot, y de ombligo abajo, a caviar beluga, o en su defecto a salmón de los Fiordos. En mi definición más cercana podría decir que a sardina, espetón asada, de Almuñécar, la costa tropical granadina.

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Aquellas horas en París de esta mujer excepcional, personalísima, distinta a todo lo que se puede ver en Hollywood, con su gorra azul de patrona de océano, sus botas de marine, guantes -porque hacia un frío tremendo-  y, sobre todo, insisto, el pantalón vaquero que dejaba entre girones, carísimos, una rodilla musculosa de guardia de corp, niña rica, altísima.

Y sin embargo, dejando a la vista de los demás un ombligo hacia dentro. Yo decía entonces, parido de millonaria que practicaba el squash en las aguas oceánicas de California. Va a cumplir, el mes que viene creo, cincuenta y cinco años. Según todo parece indicar, es una superviviente de sí misma, porque incluso -que es un dato- siguió de pie luego de la muerte trágica en aquel accidente de avión que la dejó poco menos que viuda de aquel gran amor que se llamó John Kennedy. El chico guapo, hijo de aquel presidente y de Jacqueline, la Primera Dama, a la que servidor le dio un día, una tarde, la mano en los verdes campos del edén de la Casablanca, donde había más guardaespaldas, -escribí entonces- que ardillas por los parterres.

Eran tiempos en los que uno escribía a su aire. Tengan en cuenta que les hablo casi de cuarto de siglo, que muchos de ustedes ni habían nacido siquiera dada su inmensa juventud.

De nada.

ESP-ALTA-COSTURA-PRIMAVERA-

Continúo. Aquel día, en París, en el que la retrató Jesús Carrero, del que me acuerdo mucho, por los sitios más emblemáticos que son hoy de dolorosa actualidad. Cuando al hablar del Óscar, que aún no ha conseguido, aseguraba:

– Tampoco me importa mucho el tío Óscar. Sí, sé que es algo muy glamuroso en el mundo en el que me muevo, pero tampoco me quita el sueño. Le diré que escapo mucho, siempre que puedo, de todas estas cosas. Pero es algo romántico, que si llega, llegará, y si no, pues me quedo igual que estoy.

Vive en un piso oceánico, en Los Ángeles, que le gusta especialmente. Tiene siete hermanos y veinte sobrinos, o al menos tenía.

– Mire lo que le digo, no me importa nada lo que la prensa diga de mí, vivo ajena a todo esto, aunque sé que es mi oficio. Estoy preparada para tener hijos, un antiguo amor mío, con el que viví muchos años, tenía hijos que vi crecer como si fueran míos.

Recuerdo que sentía adoración por su padre, que le gustaba mucho la ropa, sí, pero sobre todo a su manera.

– No puedo ser de otra manera que como soy. No represento papel alguno, créame… Tal como me ve…

“Largas, muy largas, las piernas. Da de comer a las palomas del parque. La gente de París, que ve tanta gente espléndida, brillante, la mira y la reconoce”, escribía yo entonces. Prefiere una piedra de río a una piedra preciosa. Llevaba un anillo de plata en una oreja. Si te miraba de cerca, temblabas como un arbolillo. Una mujer para llevar su tatuaje, contigo, yo le muestro el mío, del brazo derecho, el de aquel barco de Ciudad Juárez, le da un beso fugaz. Gracias, niña.

“Ha estado –escribía el periodista- divertida, asombrada tal vez, mágica”. Comimos en un restaurante del barrio donde ahora se ha sembrado el árbol del dolor estos días.

– Aquí, en este restaurante, la carne es deliciosa. Viene de Normandía. Me trajo un día el poeta chileno, premio Nobel, Pablo Neruda.

– Lo siento, pero soy vegetariana

Y le repregunté, nostalgia de cuando uno era también pirata como ella, valiente y con una pata de palo:

– ¿Ni siquiera la carne humana, niña?

Le encantó que le dijera niña. Claro, siempre que hablaba con ella, siempre peinadamente despeinada, con aquel flequillo de oro, deseaba hacerle una pregunta sobre John, entonces el hombre más atractivo de América. JFK Junior, aquel nene que se retrató con su madre, la gran viuda del mundo, en el funeral de su padre en Arlington saludando militarmente.

– Ese es otro tipo de carne- se reía, con aquella boca grande, fresca, de dientes largos y perfectos- y ni siquiera como pescado… Soy vegetariana total…

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En cuanto a su hombre preferido, su amor ideal, aquí está su confesión:

– Tiene que ser cariñoso totalmente, muy inteligente a ser posible, que también sea generoso, que sea humilde, tierno, y sobre todo con mucho sentido del humor.

Incluso un día se vistió de Barbie para ir a una entrega de los Óscar, en Hollywood. Hacía frío en París, mucho frío. Y ella tiritaba “como un pajarito”, escribí.

– Debes cambiarte de ropa, tal vez un jersey alto, de cuello largo… Cubrirte la rodilla. Te vas a helar, hermosa…

La gente nos miraba. Creo que le presté, ya anocheciendo, un viejo chaquetón caqui con un letrero de marine de guardarropía…

– Adoro los mercadillos, esa es la isla del tesoro de mi vida, siempre encuentro alguna joya falsa que me gusta.

 –  Mejor que sea de verdad…

– ¡Oh, no! Tengo un cofre lleno de monedas que son de mentira… De brazaletes que parecen de oro, pero no lo son, de cristales brillantes que no sirven para nada…

La sirena llega al hotel y nosotros a su vera, tan pequeños. Sube a su habitación. Pronto será primavera en París. Cuando abre la puerta de su suite, con ropa por todos lados, suena un teléfono. Nos mira con los ojos brillantes, que son verdes uva, y corre hacia su mesilla de noche.

Es el joven Kennedy. Ella ha suspirado “John”… Cierra la puerta de su alcoba.

La sirena salta en el mar de sus sueños. Pero no quiero dramatizar. Cuando perdió la vida en aquel accidente de avioneta, ella no iba con él, cayó al agua aquel día…

Tal vez, si ella hubiera sido la sirena que fue un día…

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