Con Carlos, duque de Alba  

Coincidimos en el AVE hace unos días. Iba Carlos, al que no veía hace mucho, muchísimo tiempo, a Sevilla para asistir al funeral por su madre la duquesa Cayetana, a la que como siempre digo, quise tanto. No es la primera vez que cuento, que a esta dama única, sin género de dudas, le escribí hace mucho aquel libro, de La duquesa descalza, que fue su primer documento de memorias del que además, después de tantas como escribí a lo largo de mi vida, me siento más orgulloso.

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Por eso siento un especial cariño y respeto a todos los componentes de esta familia a la que tantas veces entrevisté y de la que tanto escribí.

Y de pronto, Carlos, duque de Alba, nuevo duque de Alba desde que se nos fue la Duquesa. Carlos, cercano, el pelo suave y blanco, como de galán de cine, sonriente y amigo. Se le nota. Se parece mucho a su padre al que yo entrevisté para la revista Careta hace no sé cuánto tiempo. Fue la primera vez que visitaba el Palacio de Liria, el de las  lanzas doradas, que según la tradición madrileña tiene una que es de oro, pero que hay que descubrirla y luego pedirla en la secretaria de la casa o en la portería, según se entra a la derecha donde estaba aquel viejo portero que te decía:

– Pase señor Medina, que la señora duquesa le está esperando. La secretaria saldrá a la puerta a recibirlo.

A mí me gustaba hablar con Cayetana en su estudio y hasta allí subíamos. Era un cuarto de pintora que olía a aguarrás. Pepe Caballero, que fue su maestro, el enorme pintor de Huelva, me dijo un día en su estudio de la avenida de las Américas:

– Cayetana pinta muy bien, tiene un gran sentido del dibujo y del color, es una profesional también en esto, como cuando baila en la academia de Triana de Enrique “el cojo”.

Allí le vi yo bailar muchas veces. Decía que aprendía, pero la verdad es que lo que hacía es que enseñaba. Era una maestra.

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Bueno, pues, cuando yo entrevisté por primera vez al padre de Carlos, el primer marido de la Duquesa, apunté en mi cuaderno de notas:

– Por lo pronto es un señor…

Lo era. Hasta el final, lo fue, tenía el duque de Huéscar, la gallardía, en la forma y en el fondo de los mejores. Don Luis Martínez de Irujo y Artacoz, hijo de los duques de Montemayor. Elegante, correcto, discreto, sencillo y sabio. Le retratamos en su despacho de Liria, con su traje de rayas diplomático, alto, delgado, de sonrisa cercana. Él fue el que primero me enseñó aquel retrato, de la maja que pintara Goya en su tiempo. Solo aquel retrato habría merecido un palacio como el de Liria, que el viejo duque de Alba reconstruyó entero después de la Guerra Civil Española.

Hoy, al encontrarme de nuevo con Carlos, siento la misma sensación de cuando hablé aquel primer día con su padre. Se le parece mucho en el aire, esa cierta prestancia que se hereda, y que es más que por el señorío de la dinastía, por aquello que llamaba Federico García Lorca “la cultura de la sangre”. Carlos, duque de Alba, un gran conocedor del arte que guarda, atesora en su casa, en sus casas podríamos decir mejor, la vida. Sin embargo, aunque parezca lo contrario, no le ha sido fácil. No. Ha sufrido lo suyo en todos los terrenos, y a veces hay en su rostro un aire de tristeza. Hace unos días ha dicho:

– Yo soy la Casa de Alba, como también lo son mis hermanos.

Tiene dos hijos, que ya son noticia, siempre, aunque ellos no lo quieran, muy buenos mozos, y que ya tienen sitio en las crónicas de actualidad de nuestro tiempo. Por ejemplo, el que en su día será duque de Alba, Fernando -que nació en el 1990-, luego está Carlos Arturo, que vino al mundo un año más tarde. En su matrimonio con Matilde Solís, a la que veo de vez en cuando -una mujer aún bella y triste- en el AVE, también de ida o de vuelta a la capital andaluza, no encontró el duque de Alba más felicidad que la justa. Se divorciaron.

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Carlos Fitz–James Stuart y Martínez de Irujo posee, por derecho propio, cuarenta títulos nobiliarios, de ellos, veintidós con grandeza de España. Pero incluso hoy que no lleva corbata, ni falta que le hace, es grande por lo que tiene, sí, pero también por lo que aguanta que no es poco. Le han achacado muchas novias, o por lo menos algunas, pero él se mantiene en su soltería, sonriente en sus trabajos y sus negocios, que no son pocos ni fáciles. Le pregunto, claro, por su hermana Eugenia, que es como saben duquesa de Montoro, y me asegura que está triste, pero bien, está en su trabajo de la casa Tous, en los Estados Unidos, estos días.

También por Cayetano, su hermano, estos días no muy bien de salud según me cuentan, y al que a veces veo en la estación.

– No creas que lo está pasando bien, lo tenemos enfermo, pero de verdad, de verdad…

Unas palabras tan sólo para saber de la familia, incluso me atrevo a preguntarle, siempre de tú, y antes en el vagón. Él de pie y yo sentado, que sé que debí levantarme que no todo el mundo lo hace ante uno de los poseedores de más títulos y escudos de la historia del mundo entero, pero los años y los huesos me permiten tomar ciertas licencias…

– ¿Y cuántos nietos tienes, Carlos?- Se ríe y de buena gana.

– ¡Pero qué cosas tienes Tico, aún no los tengo!

Ajusto cuentas. Nacido el 24 de octubre del cuarenta y ocho, o sea… sesenta y pocos años, ¿no?

Recoge su maleta con ruedas y camina, solo, delante de mí, la gente lo descubre. Con simpatía vuelve la cabeza a su paso. Fuera esperan mis jóvenes depredadores de la fama, los hijos hoy de los paparazzi de toda la vida. Cambia de puerta. Fuera le espera el discreto coche de la casa en La Casa de Sevilla; tan vacía desde que se nos fue hace un año por estas fechas aquella, de la que Oriana Fallaci, en aquella entrevista que dio la vuelta al  mundo, escribió:

– Si esta mujer coincidiera a la puerta de un ascensor con la Reina de Inglaterra, ésta tendría que dejarle paso, porque son muchos más los títulos y la sangre real de la Duquesa de Alba…

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