Asunción Balaguer, 90 otoños como 90 primaveras

Porque la verdad -no es un piropo, aunque podía serlo-, “la Balaguer”, como le dicen en el planeta que frecuenta, que es el de la interpretación, en el del cine, el teatro, la televisión, lo que ustedes quieran, cumplió el domingo los primeros noventa años de su vida. Y digo los primeros porque no es difícil que lleguemos a los cien para disfrutarla.

Porque esta mujer, de cabeza de plata, alta aún a pesar del peso de los años, que pesan cantidad, no saben cuánto, sonriente, a la que rinden homenaje todos los medios estos días, nació para el teatro, aunque en Manresa, en la familia conservadora en la que nació, le tenían preparados otros destinos. Tal vez abogada, porque estudió derecho, aunque al mismo tiempo estudió teatro, que después sería de verdad su vida, toda su vida.

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Hace unos días, muy pocos, me vi con “la Balaguer”, mejor dicho, nos encontramos en una sesión de cine español para hablar de una película en la que ella había interpretado un papel secundario -que siempre era lo suyo-, “una colaboración especial” y letrero aparte, como el protocolo del cine manda. Teníamos que hablar de algo en lo que ella había participado. El programa como siempre lo presentaba, y muy bien, Inés Ballester en el canal 13.

Inés, que está preciosa, mejor que nunca. Bueno, pues, nos dimos como siempre un abrazo -no sé dónde he leído estos días que “es la mujer que mejor abraza”-, y dos besos de mejilla. Nos conocemos desde hace no sé cuántos años, quizá más de cincuenta, le recordaba mientras nos maquillaban:

—Parece que te estoy viendo a aquella elegantísima dama del teatro a la que yo conocí cuando iba a entrevistar a Pepe Tamayo, mi paisano granadino, gran director. Tú acababas de casarte con un muchacho de Murcia muy guapo…

—Que no era actor por cierto.

—Claro, y que estaba en la figuración. Yo le había visto alguna vez, atravesando la escena vestido de romano, con unas piernas musculosas…

—Sí, Paco era muy guapo…

Y entorna los hermosos ojos crepusculares, como quien aún se mantiene enamorada y mantiene vivo aquel amor que fue.

—Nos enamoramos siendo muy jóvenes, imagínate que nos casamos en el cincuenta y uno…

—Y ya estaba servidor allí…

—Claro, claro. Paco tenía además una voz formidable, profunda, nadie ha tenido una voz tan verdadera como la suya…

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María Asunción era una diosa de la escena. Y aquel Mediterráneo también lo era ella. No hay más que ver el mapa. Paco Rabal era de Águilas, donde yo los vi de nuevo más de una vez en aquella casita cerca de la mar, en el paseo aquel que mereció su nombre.

Hicimos la televisión, aquella noche de hace unos días, y quedamos en que hablaríamos el día que iba a cumplir años.

— ¿Sabes cuántos?

—Ochenta y…

—Los que vienen son noventa y además pienso celebrarlo.

Tiene dos hijos estupendos: Teresa, que es la reina del circo todavía, y Benito, que dirige cine con mano sabia y artista. No era difícil que así fuera, hijos de pareja legendaria.

—Porque aquí donde me ves…

—Ya te veo Balagué -con acento en la e-.

—Pues he hecho más de sesenta películas, y además, ahora tengo más ofrecimientos que nunca he tenido, incluso para contar mi vida cerca de una mesa camilla, sola, bajo la luz de un foco.

—Hombre claro, tú sabes mucho de luz.

Se ríe de buena gana.

— ¡Cómo sabes! Paco, antes de nada, era electricista y además, un gran electricista.

A veces, la Balaguer, que sigue enamorada de aquel hombre, vivo, guapo, enamorador, con el corazón siempre a la izquierda, ¡cuántas veces hablamos de su tío! Creo que se llamaba Vicente, aquel que era pescador, o minero, y filósofo de pana, y…

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También hablé con el matrimonio en su casa, cerca de la mía, o la mía muy cerca de la suya. En la carretera de Valencia, en aquella glorieta rodeados de sus fotos, de sus memorias, de sus recuerdos…

Noventa años como noventa rosas de Alejandría. Asunción Balaguer, buena amiga, gran actriz, sonriente siempre, la eterna enamorada… Fuerte además, como una piedra. Premios, todos, aunque algunos muy buenos le faltan, pero aún le queda mucho por delante.

—Mientras pueda aquí me tienen en esto, porque esto es lo que me da vida.

Son curiosas las coincidencias. El mismo día que nació aquella niña de padres tan serios, nacía en Nueva York el hombre que más llegó a saber de las estrellas, aquel Carl Sagan, que nos contó todo o casi todo del universo de los planetas a través de la televisión. Y esta mujer, que hoy cumple años, con la mente abierta de par en par, ha sido y es una de las más grandes estrellas de su tiempo.

¡Felicidades Balaguer, y a por los cien, como poco! Sembradora del amor y la alegría.

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