Viernes azul

Siempre, a lo largo de los años, este viernes de hoy, fue el día azul. Siempre, siempre, también, la Casa Real me enviaba la invitación al acto del teatro Campoamor de Oviedo, en Asturias. Era el día de la entrega de los Premios Príncipe de Asturias.

Era, soy, medalla de Asturias, porque sin ser de Asturias, siempre escribí de Asturias con verdadera pasión. Además, tengo el Premio Oviedo de periodismo, soy Vaqueiro de Honor, etc, etc… y publiqué hace tiempo un libro que se llamó Asturamericanos, que recogía la historia, muchas historias mejor dicho, de aquellos asturianos que en la emigración y a lo largo de toda una vida, habían hecho que América, que los acogió, en el talento o el talante, fuera más grande, más fuerte, y también más nuestra.

Por eso. Y además, porque desde el primer día que se entregó el primer Premio Príncipe de Asturias, estando mi buen amigo el gran periodista Graciano García de director general de la Fundación, yo estuve presente, a pie de obra, todos los años, todos, allí en ese teatro emblemático de la bellísima ciudad de Oviedo, en ese día grande al que siempre llamé el día azul, porque no hay azul como el de esa tarde, esa noche única, bajo la lluvia o la hoja de otoño, y mira que uno ha visto azules, casi todos, los que por el mundo son.

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Hace ya algún tiempo que no acudo a la cita. Había que preocuparse a veces con la Casa Real y su servicio de protocolo de que lo hicieran. Era también, soy, presidente de honor de los Amigos de Cudillero, donde un tiempo pensé que debía quedarme hasta el último de mis días. Luego la realidad meteorológica me obligó a no acudir a la cita. Cuando vean ustedes nubes negras en el cielo, que sepan que este viejo contador de historias, sin ser el hombre del tiempo, está sujeto a su dolor neuropático incluso con parches de morfina.

Aparte los males, este año tampoco estaré en la entrega de los Premios Príncipe, perdón, Princesa de Asturias. Me consuela el saber que tampoco estará doña Leonor, la hija mayor de los Reyes de España. Por razones que ya se saben, su niñez y algunas otras cuestiones que me callo. Pero, sí sé que ¡HOLA!, como siempre, más y mejor que nunca, dará cuenta, buena cuenta, del acto al que sí asistirán, faltaba más, los Reyes don Felipe y doña Letizia, aparte de los premiados, que por cierto uno está muy cerca de mí por razones emocionales y geográficas.

Ese al que le otorgaron a mi patrón personal, San Juan de Dios, que aunque no es granadino, como si lo fuera. Se lo merece aquel enorme, solidario, gigante de la caridad, espantador del dolor, como alguien le llamó en su día que fue, esa criatura heroica que dio su vida por los demás. Los hermanos de San Juan de Dios. Lo tengo, la estampa, encima de mi mesa, y en su iglesia, la que lleva su nombre, en Granada, hice yo aquella “renuncia” de mis años de muchacho.

Por si fuera poco, les cuento, que fui el encargado de trasmitir en directo a todas las Américas, la primera vez que ya en su sitio como Príncipe de Asturias, aun siendo un muchacho tan solo, don Felipe hizo su primer discurso.

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Fue emocionante, como el recuerdo de aquella noche memorable en la que cada vez que se equivocaba, el heredero, que fueron muy pocas por cierto, levantaba los ojos, la mirada del hijo, a su madre, la Reina doña Sofía, que igual acude esta noche como invitada de honor. Más diría yo, de amor, porque además es la abuela de la que ahora ostenta el hermoso título de Princesa de Asturias.

En fin, que tantas veces he estrechado la mano de los Reyes, hoy eméritos, y de los de hoy mismo, en esa fecha memorable, incluso servidor estaba allí, cerca, muy cerca de aquella noche que se dio el saludo especial del príncipe Felipe, a la que después sería ya su esposa, la asturianísima doña Letizia, entonces tan sólo presentadora de la TVE y de las noticias de la noche.

¡Cómo pasa el tiempo, mis lectores! La fabada del viernes a mediodía, en el hotel único que es el Reconquista, donde tantas veces vivió mi amigo, mi compadre Faustino Álvarez, gran periodista, al que quise tanto, la foto última con Ryszard Kapuściński, periodista corresponsal de guerra conmigo en más de una ocasión, sobre todo en las guerrillas de África, al que por fin le dieron el premio a la Comunicación…

Y el azul aquel del teatro, en ese día, en esa noche, la música de los gaiteros asturianos que siempre me hizo llorar, donde la escuchara, por ejemplo, aquel día en Buenos Aires con don Juan Carlos y doña Sofía…

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El Conde de Latores, el general Sabino, que tanto nos ayudaba siempre y al que tanto quise, y con el que siempre sabía más, aprendía tanto Fernández Campos, que tantos secretos se ha llevado hasta allí donde se encuentre…

Y allí estaré esta noche aunque esté lejos. Con el impresionante azul del teatro encendido, brillante, la música sonando, los jóvenes Reyes, tan asturianos, presidiendo… y en una silla vacía, aunque nunca quedan, San Juan de Dios, mi joven viejo patrono, recibiendo por fin el reconocimiento a su labor. Me gustaría estar a su lado, aunque se nos fuera hace ya cientos de años. Pero permanece su labor, increíble, poderosa, titánica, ayudando, ayudando, ayudando…

Los veré esta noche. Claro que sí, con lágrimas en los ojos como siempre, contigo en la distancia, como dice el bolero, que se ha convertido ya en el símbolo de mi vida.

Leonor puede que algún día sea Reina, después de largos años de espera, me gustaría poder decirle algún día que fui yo el que dio la noticia de que su padre, el rey Felipe, al que ya llaman el hermoso, y llevan razón, aunque sé que no le gusta, tenía una bella novia asturiana, que además era periodista. Si no, seguro que si me decido a escribirlas, algún día lo contaré en mis memorias.

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