Se llevan, mucho, los espías

En la novela, serie negra, en las películas… ¡qué quieren que les diga! Acaba de llegar Spectre, con el actor de moda Daniel Craig, y quizá por eso ahora ha vuelto la moda, el estilo, eso sí, James Bond.

Les quiero decir de entrada, que yo siempre quise ser espía. De hecho, alguna vez, más o menos y por razones históricas, no histéricas, a lo largo de más de cincuenta años de oficio vocacional, pienso que más de una vez lo fui. Incluso jugándome la piel, esta piel ahora ya convertida en pellejo que se me -perdón por el verbo- “acocodrila”, que viene de cocodrilo. Se cuartea, se va desgajando como cuando algunos animales innombrables cambien de camiseta. De eso sabe más que nadie Frank de la jungla, que hizo con mi hijo Ignacio, de director, la parte aquella de la serie que se grabó, en Asia.

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Les cuento. He leído que en España hay no sé cuantos cientos de espías. Quizá miles, ¿son necesarios, puesto que además en este tiempo de recortes no hay para tantos? Por lo visto, leo, que se está trabajando en una especie de ERE para espías. En Madrid, a veces me detengo un instante en la Castellana frente al Ministerio de Defensa, como es natural, para asomarme por lo menos al escaparate de una tienda especializada en espías. Ahí tenemos de todo, incluso se puede comprar sin enseñar el pasaporte, que debe ser naturalmente falso, del espía.

Los espías no tienen pasaporte, deben parecer lo menos espías posibles. O sea, si usted ve una mujer tipo Ingrid Bergman, Greta Garbo incluso, que además va vestida de espía, o sea que se le nota enseguida que lleva en la liga una pistola de mano, no es, o no debe ser, espía. Los espías no tienen, no deben tener, uniforme, o sea, los buenos son  los que no parecen ser espías.

Ya conocen el caso de aquel matrimonio americano instalado en un mínimo chalet de Birmingan. Él hacía de dentista en casa, ella de profesora de jardín, con gafas los dos, claro, y lo más importante, durante cuarenta años informaron a Rusia, la enemiga entonces, y ahora con más espías en nómina, de todo lo relacionado “con las armas, en papel todavía, de sus países de origen”. Sólo en las ideas, lo que aún no había sido llevado a la maqueta generalmente mortal.

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Yo he conocido bastantes, no digo sólo de los del cine, sino de los de verdad. No parecían espías. Y si quisiera hablar de ellos, les contaría ahora mismo que no me sería difícil escribir un libro de crónica negra, de espías. Incluso, como he dicho más arriba, he sido espía, a veces queriendo serlo, a ratos, sin saberlo siquiera.

No les voy a desvelar ningún secreto, por si acaso aún está en esa carpeta roja en la que siempre dice en letras, eso sí, minúsculas, y bien negras: Confidencial.

No. Pero sí he conocido de cerca a los padres de las buenas historias de espías. Generalmente grandes viajeros como Graham Greene, que descubrí un día que escribió uno de sus mejores libros, luego película, en un pueblo llamado Albuñol, de la provincia de Granada, en una casa rural desde la que veía, eso sí, o sea una habitación con vistas, la Sierra Nevada y la costa tropical, el edelweiss y el mango al mismo tiempo. También he podido retratarme en la casa en la que Ian Fleming escribía en una máquina Underwood negra, ya objeto de museo, sus películas en Jamaica mientras cantaban los grillos de la noche, bajo un ventilador, como los que giraban en la película Casablanca.

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Humphrey Bogart, mi querido ídolo inolvidable, era el tipo de espía perfecto. Fíjense que hasta hubo un sombrero de fieltro a la caída delantera que fue bautizado con “tipo espía”, y más concretamente “aire Bogart”, que te vendían carísimo en una tienda que había al lado cerca de la Quinta Avenida de Manhattan, en Nueva York, donde habitan miles de espías verdaderos, y al lado, aquella taberna subterránea o café irlandés, donde existía una mesa, en una esquina, como es lógico, para que se reunieran aquellos que pertenecían a la banda, “las ratas del subsuelo” que se bebían todo lo que se podía beber, y que habían dado pie a una pared inmensa llena de botellas, de Drambuie, licor que en su tiempo también se bebió en España y no precisamente sólo por espías.

La Condesa de Romanones, de la que ya hicimos su retrato en su día, Griffit, fue espía de la CIA americana, después de la Guerra Civil Española. Hoy sueña aquellos días en los que se jugó su bella vida, viendo el Mediterráneo al fondo en una hermosa villa de uno de sus yernos.

He conocido también, personalmente, a algunos de los que hicieron de espías en el cine, ni qué decir tengo que ya saben todos, algunos con más suerte que otros. Lo que sí quiero es contarles que en la película de James Bond Agente 007, que ahora se estrena en Madrid, lo que ha causado más impresión es la actriz Mónica Bellucci, que ya no celebrará sus cincuenta primaveras porque ya lo celebró en su día. De lo que dimos cuenta en su tiempo, porque sigue siendo una de las más bellas damas de este planeta, incluso más ahora que nunca.

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En España, sólo una mujer, a la que por lo menos una vez a la semana, beso en la mejilla, y que se llama Eva López, la presentadora con Juan y Medio del programa Aquí y ahora, líder de toda Andalucía, que para la circulación por la calle cuando pasa.

Daniel Craig, el último Bond por ahora, acaba de confesar, sin embargo, que “nunca más volverá a ser James Bond, aunque para evitarlo tuviera que cortarse las venas”.

Ya será para menos, don Daniel, ya será para menos… Porque si hay algo que suaviza la difícil misión de un agente especial, es que es habitual que tenga que encontrarse siempre al  final del día en la alcoba con las más bellas mujeres de su tiempo.

Quizá por eso. Aunque también ahí hay peligro, tanto o más, que el que habita en la ruleta del casino de Mónaco o en la selva de Panamá, allí donde se acaba la carretera panamericana, el Darién ese, donde uno ha estado en distintas ocasiones. Ursula Andress, emergiendo del mar, que yo estaba allí para contarlo, no sólo existe en la sala oscura de un cine, sino también en la vida misma.

De nada.

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