San Fray Junípero, las golondrinas y las coronas de espinas

Un título largo, bien es verdad, sobre todo para mí que siempre me gustaron los “reclamos cortos”, pero el tema ya verán como merece la pena haber llamado su atención.

Como ustedes saben -porque están al tanto de todo-, hace unos días al Papa Francisco le ha quedado tiempo para, entre tantas cosas buenas e importantes como hizo, tener unas horas para canonizar a Fray Junípero Serra. Aquel fraile mallorquín que un día se fue a las américas para hacerlas en principio cristianas, después todo lo demás, que hizo mucho. Pegado siempre a la costa pacífica en la gran California, aunque ahora está siendo muy contestado, esto es, discutido, por gran parte de la que podríamos llamar todavía -porque es muy fuerte- civilización y cultura de los indios californianos, que fue y sigue siendo muy importante, tanto en su cultura, su arquitectura y su forma de pensar, de ser, de creer en el tiempo que vivimos. Es lo único que ha sido discutido de lo hecho en el último y extraordinario viaje del Papa Francisco a las américas, incluida Cuba, por supuesto.

ok

Durante algunos años, hace bastantes como siempre, porque era cuando podía viajar buscando historias que contar, conocí el sitio del bellísimo pueblo de Serra, en Mallorca, donde nació aquel hombre valiente en primer lugar, que un día se fue en un barco de vela hasta el otro lado del mundo llevando sólo una cruz colgada al cuello sobre su estameña de fraile español, dispuesto a caminar todo lo que tuviera que andar sobre aquellas sandalias de cuero de piel de cabra, sobre las que los campesinos de su tierra labraban el campo y, sobre todo, crecían y creían, aunque estuvieran tan lejos de la tierra firme española.

Total, ajusten cuentas como siempre les digo, más o menos en el año 1776, que es cuando aquel fraile mallorquín fundó las primeras ermitas franciscanas en California.

Por hacer la historia breve, Fray Junípero de Serra creó las Fundaciones Franciscanas cerca del Océano Pacífico, primero convertido en “Caminante de la Fe”, y después levantando toda una nueva civilización, en las entonces llamadas tierras de infieles, que creían, claro que creían, pero en otras cosas de las que muchas aún permanecen.

iglesia

La primera vez que fui a las -ya en mi tiempo- casas blancas con techos rojos de teja color de la sangre, preciosos campaniles, mitad huerta, mitad fuerte, ya no venían golondrinas. Así que ahí sufrí la primera de las muchas decepciones que uno ha tenido a lo largo de su vida.

Porque yo, buscador habitual de tesoros, iba buscando si aún había golondrinas en San Juan de Capistrano, aquellas que desde tiempo inmemorial habían volado en el otoño, desde los lejanos y áridos paisajes del sur de las américas, desde la Argentina, desde aquella Ushuaia que yo he retratado donde da la vuelta el aire, donde el mundo se acaba o se empieza, según se mire, y desde donde había pájaros rápidos, que ya leyó uno de niño en aquellos primeros versos de Bécquer, que decían: “Volverán las oscuras golondrinas, de tu balcón los nidos a colgar…”.

¿Recuerdan? Bueno, pues además de los primeros poemas de nuestra niñez, que nos hacían recitar en los colegios, resulta que servidor conoció a una gitanita del corte de Carmen Amaya, de su edad incluso, flaca, oscura, genial, que dicen que era catalana pero que yo, como cronista oficial de Granada, discuto que donde nació fue en el Sacromonte, cuna de los mejores gitanos del mundo, y a la que sus padres, huyendo de la guerra, se llevaron -eso sí, en burros, a lo largo de una agotadora travesía pegados al Mediterráneo– hasta Barcelona, donde por otro lado y como todo el mundo sabe, hay una fuerte raíz gitana que permanece a lo largo de los siglos.

carmen

Aparte, como muchacho en tierra de cristianos, sabía que la tradición nuestra aseguraba que a las golondrinas -los chavales que le disparábamos a todo con la primera arma permitida que ponían en nuestras manos: un tirachinas, y ahí de los zorzales tan ricos, porque tenían los corazones de aceite de oliva-, lo que sí sabíamos es que no debíamos cazar golondrinas, porque sencillamente, y como si las demás aves no fueran, ella y sólo ellas eran pájaros de Dios.

La razón era divina, sin duda, pero la costumbre era humana: a las golondrinas no, porque la tradición aseguraba que eran los pájaros que, desde aquella noche del calvario, arrancaban una a una las espinas, que dicen eran mil, de la corona de Cristo mientras agonizaba.

Y una a una, en el pico se las llevaban nadie sabe dónde, aunque algunos siguieron su rastro en la historia de los hombres. Incluso yo fui un día a ver una en aquella ermita grande de la vieja Castilla, donde la guardaban entre resplandores. Cuidaba de aquella leyenda un fraile que había vivido mucho tiempo en América y con el que hablamos de mariposas, porque era dueño de una magnífica colección, aprovechando que yo me había traído una caja llena de mariposas andinas, excepcionales, grandes, que terminaron llenas a su vez de polillas y que no tuve más remedio que abandonar en una curva del camino. Espero que la providencia me haya perdonado.

Y por si fuera poco, un día, una tarde, casi en la noche, en aquel patio de la Alhambra de Granada -¡ay, mi Granada!- Andrés Segovia, el mejor guitarrista del mundo, durante un concierto en uno de esos mágicos festivales granadinos, de pronto dejó la mano en el aire, aquella mano gorda, fuerte, mientras su guitarra temblaba de silencio:

– Cuando las golondrinas se vayan seguiré el concierto, no me dejan con sus vuelos y sus trinos… Prefiero esperar.

granada

¡Y nadie se atrevió, yo estaba presente, a decir nada! El silencio se podía cortar con un cuchillo como si de un queso se tratara. Hasta que las aves rápidas de la cola doble desparecieran de aquella esquina mágica del mundo, donde en aquel momento lo único que sonaba era el duende del que Federico dijo en su día:

– Es como si fuera una almendra verde en el fondo de una botella de anís.

Durante años acudí a San Juan de Capistrano, esperando escuchar el sonar y el frenético volar de aquellas aves que habían intentado suavizar el dolor de Cristo en la cruz de sus últimos momentos. No me fue posible. Con los años, volví a pensar que igual algún día…

Volveré cuando regresen a Capistrano, para grabarlo y así poder contarlo a los demás.

Ahora me han dicho, tal vez esperando la visita del Papa, que las golondrinas están regresando después de largos años de ausencia. Incluso me aseguran que las llamaban con extraños artilugios más del turismo que de la fe. Digamos que las llamaban para que regresaran, luego de un largo silencio de casi siglos. Espero que sea verdad, aunque Fray Junípero esté siendo discutido estos días, puesto en evidencia, como los nativos dicen, “ninguneado”.

De otra manera, el Papa Paco ya lo ha hecho con el pico de la palabra, de su palabra, en su visita. Vaya una cosa por otra. La verdad adquiere muy distintas formas. Sin duda -y bien que recuerdo siempre los recuerdos-, aquel día que en su iglesia de Hollywood, aquel fraile, guapísimo, que fue actor de cine en su tiempo, galán de cine por más señas, Fray José Mojica; me confesó en aquel  patio de convento, entre palmeras,  ruiseñores, rosas y fuentes:

– Sepa usted, joven, que algún día las golondrinas volverán a San Juan de Capistrano. ¿Y sabe por qué? Porque ya no habrá espinas en su corona.

Deja un comentario

Tu correo electrónico no será publicado.

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer

Featuring WPMU Bloglist Widget by YD WordPress Developer