Por qué quiero tanto a los gitanos

El Papa Francisco, siempre tan atento a que se vea públicamente que ama a los más desfavorecidos, acaba de recibir en el Vaticano a los gitanos de todo el mundo. Es por esa razón que este servidor de ustedes, vosotros, escribe hoy después de un demasiado largo fin de semana sin que nos saludemos, sobre los gitanos y por qué los quiero tanto. Tantísimo.

Vamos a ver.

Primero, porque el primer reportaje que este contador de historias hizo en su vida, o sea hace sesenta años, ¡quizá sesenta y dos!, fue uno que se tituló Nochebuena con los gitanos de Sacromonte. Que es, como ustedes saben, el Sacromonte digo, el monte sagrado, el lugar mágico en el que hay un pueblo de gitanos especiales, en el mundo entero. Gitanos hay por todo el planeta, porque además vienen de uno de los más antiguos pueblos de la tierra, pero el caso es que en Granada los gitanos tienen además una levadura especialísima.

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Todos son artistas, y sé lo que digo. Artistas heredados, artistas no aprendidos, artistas natos, artistas únicos en todos los artes imaginarios, en el talante, en el talento, en el baile, en el cante, en el sencillo modo y manera, por ejemplo, de acompañar con las palmas de las manos…

Nadie como ellos en el momento sublime de bailar, descalzos o con tacones que lo mismo me da. El reportaje aquel que publiqué creo que dos páginas en color en la revista Careta, que se editaba en Madrid y se vendía por toda España. Era una publicación semanal, barata, muy barata, con una buena portada a todo color, que por supuesto, forma parte de mi vida. Sí, mi primer reportaje de viajes fue aquel de la visita que hicimos los alumnos de la academia isidoriana de Granada a Madrid, cuando aquello era toda una verdadera aventura, el primero de costumbres, de paisaje y paisanaje, que fue hasta el Sacromonte de Granada cuando subir desde la ciudad, hasta lo alto, era ya un largo camino.

Les debo decir también que aquella doble página aún se conserva en la cueva de María La Canastera, llena hoy de alumnos japoneses, y se muestra con orgullo, a la clientela de todo el mundo que aún les visita.

Había incuso un famoso retratista de la calle Reyes Católicos de Granada que exhibía la foto, o mejor dicho, el retrato, que es distinto, de un muchacho de largas patillas, con pañuelo de seda al cuello, robado a mi madre para el momento, y sombrero cordobés que te prestaban en la galería del fotógrafo por si querías llevarte un documento acreditativo de tu paso por Granada, tierra de los mejores gitanos del planeta de la gente del cobre.

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Debo decirles también, que por ejemplo, de Granada era una de las más grandes gitanas de todos los tiempos: la bailaora, que no bailarina, que es distinto, Carmen Amaya, aunque los catalanes la hicieron suya. Pero Carmen, según he podido escuchar varias veces ya y con la certeza que da la leyenda, nació en el barrio gitano de Granada. Lo que ocurre es que inmediatamente después de la guerra civil española, Carmen encima de un borrico con sus padres, siguió entonces la oxidada vía del tren desde la ciudad de Los Carmenes, que es Granada, hasta la ciudad condal, donde hay por cierto una muy buena cantidad de gitanos, muchos, muchísimos, como por ejemplo, Peret, o la gran Maruja, o Antonio González, el esposo de Lola Flores, que sin embargo no era gitana del todo porque para serlo tienes que ser hija de gitano padre y Lola no lo era.

Sí lo son sus hijos porque según la tradición calé, con acento en la e, son gitanos totales los que son de sangre gitana por parte de padre. A los que son gitanos, que hay muchos, muchísimos, por lo que ellos llaman de una sola pierna, se les denomina, cariñosamente “cuchichí”.

Carmen Amaya, la más grande entre las grandes, hizo hasta un milagro, por lo que en su tiempo se pensó que se la podía hacer incluso santa. Canonizar, como ahora se pretende hacer con Camarón de la Isla, el mejor cantaor de flamenco de todos los tiempos, momento ese solemne, al que ya me he ofrecido para ser su abogado defensor cuando haya que defender su causa, si algún día hay que hacerlo, en los palacios vaticanos de Roma.

Carmen Amaya hizo que se levantara de su silla de ruedas donde llevaba media vida paralítico el propio presidente Roosevelt de los Estados Unidos de América, porque en un momento dado se levantó de su silla y aplaudió en pie, ante el  asombro de toda la Casablanca, como movido por un resorte divino mientras aplaudía ferozmente.

Carmen Amaya, que sudaba color sangre cuando bailaba, fue una de mis preciosas entrevistadas de hace tantos años. Incluso en una ocasión me hizo unas patatas con bacalao en un sitio no habitual: en el hotel Waldordf Astoria de Nueva york, en la suite presidencial, donde vivía con “toda su familia” mientras bailaba en el sitio más hermoso de la ciudad que nunca se asombra por nada.

Bien. Después, años más tarde, acudí hasta el lugar donde había sido enterrada: en Bagur, frente al mar, en Cataluña. Carmen Sevilla murió del color de la chumbera, pero su muerte fue, por amor. Se enamoró, y fue correspondida, de un marqués de Santander que se llamaba Agüero  y que tocaba la guitarra, como un gitano.

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Podría escribir un libro con las historias de los gitanos que he conocido. Toreros, artistas del baile… Cuando murió la Amaya escribí un artículo en la tercera página de Pueblo, sólo para editoriales no firmadas, hablando de Carmen. Se llamó Orden por la que se ordena llorar a todos los gitanos del mundo, y estaba lleno de metáforas, claro.

No hace mucho, un anticuario de la raza del cobre abrió su vieja cartera de bolsillo para enseñarme el recorte de aquel artículo que fue para mí como un pasaporte moreno ante todos los gitanos del mundo entero.

La fotografía del Papa, escuchando cantar flamenco, que lo cantan mejor que nadie los gitanos, de este lunes unos días en la reunión que con ellos vivió en el Vaticano, me ha emocionado. Y ese documento, de María José Santiago, a la que quiero mucho y ella lo sabe, la última vez en Málaga, en Marbella concretamente, donde la aplaudía rabiar, canta los villancicos gitanos como pocos de su raza lo hacen abrazando, sí, abrazando al santo padre, me ha llenado de alegría.

A lo mejor este miércoles mismo puedo aplaudirla en directo y darle un beso de su parte y de la mía en Sevilla. Ayer mismo volví de Córdoba, donde fui uno de los presentadores del libro, magnífico, escrito por el columnista y abogado gitano Marcos Santiago Cortés, titulado Rivera de primo, una preciosidad de amor, de aventura, de vida. Marcos Santiago que terminó su charla en el colegio de Abogados, llenó hasta la bandera, con un fandango bellísimo, verdadero, dedicado a su mujer y madre de sus hijos, allí presentes. Me ha llamado hoy para darme las gracias, ya que los gitanos no olvidan nunca, en la cara y la cruz de la moneda, incluso en el canto, y para decirme:

– Quiero que por favor, nos deje usted, en mi familia, Tico. Será una forma de agradecerle lo que ha hecho por nosotros.

¡Cómo no voy a quererlos!

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