Historia del niño leproso de Guinea

Cuando Guinea era española, bueno, quiero decir, cuando la Guinea Ecuatorial se levantaba todos los días al pie de la bandera española, pero era profunda su raíz africana, que no hay más que mirar al mapa, este reportero contador de historias que les escribe, que les cuenta hasta donde recuerda, fue enviado para el periódico Pueblo hasta aquella lejana geografía, donde “empezaba España” o quizá donde “terminaba España”, para escribir una serie que yo había pensado -a veces pienso- que se llamaría El ocaso del Salakov. No había que decir más. Nos íbamos de Guinea, le declarábamos  país independiente, y de paso, abandonábamos un país a su destino con todas sus luces y sus sombras, que de todo hubo en nuestra historia común. Eso sí, inolvidable.

Con ese motivo emocionante, me acerqué hasta un pueblo de nombre curioso. Se llamaba Valladolid de los Bimbiles, porque bajo un cielo ardiente, al pie de un bosque de altas palmeras, había un hospital de leprosos de los que cuidaban unos misioneros españoles. Esa era la historia en un par de líneas narrada. Y allí acudí, consciente de que podría encontrar un reportaje interesante para mis lectores.

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Y así fue. Aquel viejo fraile español, creo que franciscano, de buen acento de Castilla, me fue mostrando los distintos pabellones limpios, como se dice siempre, por lo menos eso, como “los chorros del oro”. Abiertos, ventilados, acristalados, listos para revista como se decía en la mili cuando avisaban de que iba a venir el coronel, a ver lo que estábamos haciendo.

El hermano, ancho, paciente, bueno, héroe anónimo, como tantos otros, -hace poco escribí una página en el sur contando “que menos mal que siempre había un misionero”, porque el enviado especial sólo hablaba español, o sea yo, y regularmente dado mi acento granadino- el fraile me fue enseñando aquella joya de la caridad, aquel templo a la esperanza en el que había, sobre todo, tantos niños. Eran niños con miradas hermosas, bellas criaturas ya comidas, devoradas por el mal implacable de la lepra. Algunos ni podían levantarse de su cama, otros valerosamente, resignadamente, mostraban sus heridas, su carne viva desgarrada.

Como aquel niño que no olvidare jamás. El fraile me lo muestra, el niño, de unos diez años más o menos, ya con la huella inexorable en el rostro, estaba aún en pie, rodeado de silenciosos compañeros de desgracia. Hice lo que pude, no sin necesidad de tragar saliva, acerqué mi rostro al suyo, como si fuera un héroe, y sin pensar en el documento gráfico, le besé en la frente. Aquel niño, ni recuerdo su nombre, que me avergüenza no tenerlo entre los grandes nombres que he conocido a lo largo de mi vida como periodista, me miró despacio, ferozmente, sí, es el adjetivo necesario, no hay otro, me miró a los ojos, y en el español que le habían enseñado los frailes nuestros me disparó, directamente con el kalasnikov de su palabra aguantada durante siglos, y me dijo mientras yo escuchaba el trac de la cámara fotográfica de mi compañero Enrique Verdugo, que me acompañó tantas veces por todo el mundo en misión informativa:

-¿Qué pasa? ¿Qué quiere usted hacerse una foto besando a un niño leproso, de África, para enseñarle como si fuera un valiente, usted, en España?

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Y me volvió la espalda. Hubo un silencio, sólo distraído por el sonido de la selva civilizada que nos rodeaba. Sentí el fuego del disparo, de aquella mirada que ardía en la mitad del corazón. No me quedé allí para siempre, con el sorprendido fraile español, de milagro. Eso era lo que debía haber hecho. Quizá deje a un lado la mejor decisión de mi vida. Lo que sí sé es que aquel niño llevaba razón, y que yo sólo había ido para conseguir ese raro documento.

No sé qué habrá sido de él, y sí sé que conservo por algún sitio la fotografía. Blanco y negro, la tristeza, y un latido de desamor, de culpa en lo conseguido. Lloré aquella noche en el  hotel de la Guinea de la isla mientras sonaba el ventilador del techo, y fuera sonaba el pasodoble Suspiros de España.

Desde entonces, y desde antes quizá, siempre entendí como nadie la labor inmensa de los misioneros, y sobre todo de los misioneros españoles, que “primero debían enseñar a masticar y después a rezar”. ¡Qué gente más especial en esta era espacial! Sufrimiento, lejanía, ahora mismo acabo de escuchar en la radio la historia de un hermano de San Juan de Dios que cuidaba de los niños que más lo necesitaban en Sierra Leona. Un día, una madre angustiada le trajo su hijo a la espalda desde muy lejos atado con una cuerda. “Cuando lo descolgué, el chico ya estaba muerto”.

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Por eso siempre me viene a la memoria, y se me planta en la mitad de la frente como una herida luminosa, el recuerdo de aquel nene andaluz que siempre salía a la calle en el día del Domund con su hucha de barro de colores en la mano. A veces era un chino con coleta, en ocasiones un negrito como el de la canción de la propaganda “yo soy aquel negrito del África tropical” que anunciaba una marca de cacao…

Me gustaba caminar por las calles de mi ciudad, de Granada, con otros tantos compañeros de la época pidiendo para el Domund, agitando a veces la cabeza de niño lejano con una herida en lo alto: “Para el Domund, para el Domund”. Quizá sea de lo más hermoso que haya hecho en mi vida. Hoy, vuelvo a recoger mi hucha – no sólo para monedas, “que también pueden dejarse billetes”, decíamos- con la cabeza herida del niño leproso de Valladolid de los Bimbiles. Me persigue el retrato, aunque no lo encuentre. Lo conservo entre las grandes fotos de mi vida de periodista. Me enseñó tanto, me mostró mucho, me ayudó a seguir. Por eso hoy, viernes, les quiero recordar, que hay muchos de los nuestros por el mundo repartidos, muchos que mueren lejos en acto de servicio. Servicio a los demás. Héroes desconocidos, formidables criaturas ejemplares. No quiero que esto suene a púlpito ni a sermón. Nada más lejos de la realidad.

Ayudemos como sea posible. Ya habrá manera de hacerlo. Por lo pronto, hoy viernes dieciséis, cualquier noticia, por resplandeciente que sea, se queda a un lado, por lo menos para compensar aquel día en el África insular, cuando aquel niño, niño soldado, sin duda me lanzó a matar, a saber, a entender, el cuchillo de monte de su verdad implacable.

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