Anna Anderson y su gran mentira: no era la Gran Duquesa Anastasia

Tengo por ahí una carpeta que casi amarillea en la que se avisa leyenda de una impostora. Suficiente. Se trataba de cómo aquella mujer que decía llamarse Ana Anderson, una polaca loca que incluso había intentado quitarse la vida hacía tiempo, en el hospital donde se cuidaban de su locura. Sobrevivió, pero no a lo que ya era una leyenda viva cuando vine al mundo, hace tantos años.

Desde el principio, cuando en el huerto de mi abuela Concha, y bajo aquella higuera, ya empezaba a leer Genoveva de Bravante o Los siete niños de Écija, por entregas, la historia de aquella mujer misteriosa ,entonces de alrededor de cuarenta años ,que decía ser la verdadera quinta hija del zar Nicolás, fusilado junto a toda su familia en los bajos de aquella oscura ciudad de la gran Rusia de entonces que, siendo una niña, pudo escapar del magnicidio.

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Así que en cuanto pude ir a Rusia, siendo muy joven y siempre por mi trabajo, ya periodista enviado especial, me ocupé del tema. Compraba los libros que de ello hablaban, aunque fueran en ruso, reunía todo lo que sobre el tema se hacía en viejos documentales ya sepias, fotografías, todo de todo, por si acaso algún día se arrojaba, o no, definitivamente luz sobre la leyenda. Así que busqué a fondo sobre el tema y, siempre que iba a Rusia, cuando era un largo viaje de avión, siempre hacía lo mismo: intentar hacer el  recorrido del transiberiano, cosa que me voy a morir sin haberlo realizado, yo que tanto amo el tren de toda la vida -porque el avión ha hecho desaparecer al enviado especial, porque le ha robado la alegría de la ventanilla- y además reunir todo lo que sobre el tema Anastasia se publicaba y se sabía.

Poco después de muchos viajes hasta Rusia, siempre a otra cosa, hablé con españoles que después de la Guerra Civil se quedaron en la Unión Soviética. La leyenda del campesino, don Valentín, al que luego conocí en La Habana, me confirmó cómo había podido escapar de la Siberia donde estaba deportado, a través de la nieve y el frio, casi descalzo hasta llegar a la libertad, etc, etc.. O Dolores, a la que entrevisté en Moscú el día que Juan Antonio Samaranch entregó sus cartas credenciales como primer embajador de España en Rusia después de tanto tiempo…

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Termino, mis leales. Visité la tumba de Lenin cuando aun disfrutaba de la solemnidad oficial, me retraté bajo la nieve de la Gran Plaza, al pie de las cebollas doradas de las iglesias de Moscú, bajé al metro, aplaudí rabiosamente en la Ópera de Leningrado cuando aun no era de nuevo San Petersburgo, asistí como corresponsal de guerra a la maniobras militares de los rusos y los finlandeses, que fue cuando pude descubrir la solemnidad elegante y funcional de aquella iglesia del arquitecto, que ha vuelto a ser gran actualidad en España, del l’Hermitage, asombroso, la historia del Emperador Pedro, de la Zarina Catalina la grande…

Y la sombra siniestra, fabulosa, de Rasputín, aquel monje venido del frio que terminó con la monarquía zarista de verdad, y al que poco después de que casi todo el imperio acabara, fue asesinado en las escaleras de su palacio, junto al Vorla, por un grupo de jóvenes aristócratas entre los que estaba el Príncipe Yusupov, al que yo tuve la inmensa suerte de apuntar en mi colección de especiales porque le entrevisté en Barcelona.

El príncipe Yusupov, increíble cortesano, familia cercana de los Romanov, fue uno de los que primero le envenenaron, después le arrojaron por las escaleras, le acuchillaron y por fin, “el que siempre volvía de la muerte”, que enamoró a la Zarina, fue arrojado al gran río ruso para que muriera ahogado, aunque flotó durante un tiempo con los ojos muy abiertos. Es curioso el reseñar que de aquel fraile maldito, quizá el más biografiado de su época, solo queda en el fanal de cristal de un modesto museo científico el órgano masculino del maldito Rasputín, lo tengo anotado en mi bloc de “lo que aun me queda” por si acaso tengo la última oportunidad de asistir siquiera una noche más a uno de los ballet aun imperiales de San Petersburgo de hoy una de las ciudades más hermosas del planeta Tierra.

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Hace unos días se exhumó de nuevo la eterna aventura que aún permanece sobre si aquel día tenebroso para la historia, 17 de julio del 1918, en Ekaterimburgo, murieron todos los miembros de la familia imperial: el Zar, la Zarina y sus cinco hijos. No hubo posibilidad de que ninguno de ellos escapara. Su adn después lo demostró científicamente, después de largos años de investigación. Así que aquella mujer que fue envejeciendo hasta morir en febrero del 1984 en la ciudad norteamericana de Charlotemburgo, asegurando que era la Gran Duquesa Anastasia, fue solo una gran impostora, la mayor de las que pretendieron serlo durante tiempo, porque hubo algunas, la última hija del Zar Nicolás.

Puedo decirles, para estar en la verdad más absoluta, que conocí y entrevisté al gran Duque Vladimiro en su casa de Madrid, heredero de la familia Romanov, y que me pareció un entrañable personaje, y yo escribo pocas veces la palabra entrañable porque no me gusta nada, menos hoy que por ustedes la he escrito dos veces, un señor de muy buen aire y de palabra culta y solemne.

Me gustó. Le pregunté igual por Anna Anderson, y me aseguró que todo ya había sido demostrado sobre su gran mentira. A su hija, la gran duquesa, que hoy continua viviendo entre nosotros, lo que demuestra su talento. A ver si un día puedo tomar un té de susamovar a las afueras de Madrid.

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En cuanto a los herederos de aquella mujer, que al final de su vida vivía en una especie de caravana -y que a veces aparecía más como una vagabunda que como una princesa última exiliada-, solo se supo que murió, insisto, en el ochenta y cuatro.

Anoche, un magnífico documental como a los que nos tiene acostumbrada la dos, sobre los zares de Rusia desde hace tres siglos hasta el fin de su imperio, que acaba por cierto, con el nuevo y definitivo enterramiento de los últimos Romanov bajo una piedra escrita, en Moscú, por expreso deseo de Putin, al que ya llaman “el último Zar”, a la vez que se confirmaba que Nicolás, su esposa y sus cinco hijos asesinados en aquella noche del dieciocho, habían alcanzado el título de santos según la iglesia ortodoxa.

De Rusia me queda, sí, un viejo samovar, que hay que limpiar con frecuencia, aunque sea con ese bicarbonato con el que se limpia la plata de las placas honorificas, aunque a veces se lleva uno, alguna sorpresa en cuanto a su verdadera aleación, un huevo de esos rusos, falso, de la firma Saint Honore, que dicen perteneció a los Romanov y que conseguí comprar un día en un supermercado de Moscú, con Yelstin en el papel, después de la división de la Unión Soviética. Y eso sí, todo lo que hay sobre Anastasia, los Romanov, Ana Anderson y todo lo que sobre el tema haya aparecido desde hace cincuenta años. Y un icono, bellísimo, pero que me lo hizo, como regalo, aquel párroco de un pueblo alto de Cuenca,  que los trabajaba envueltos en un frio casi siberiano.

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